Aprisionados por fechas forjadoras de la dominicanidad

23_01_2020 HOY_JUEVES_230120_ Opinión8 A

En medio de la conmemoración de dos fechas trascendentales de la nacionalidad, los dominicanos tenemos un amplio espacio para sumergirnos si queremos en las motivaciones de las mismas. Estas han marcado por años la dominicanidad y han influido en la vida de todos los habitantes de la isla.
Atrapados entre el 21 y el 26 de enero tenemos espacio, como ya otros articulistas lo han destacado, para sumergirnos en la religiosidad tradicional y heredada de las festividades altagracianas y del fervor patriótico de lo que debe ser el día 26.
Por siglos, la veneración de la Virgen María en su advocación de Nuestra Señora de la Altagracia, gravita en todos los habitantes de la isla. Los vecinos occidentales tienen esta veneración muy en alto en sus especiales creencias desplazando al vudú en muchas de las poblaciones haitianas. Y en la parte oriental los dominicanos tenemos a la Virgen como la devoción más arraigada. Esto se confirma cada 21 de enero por la presencia masiva de miles de isleños, dominicanos y haitianos, que inundan las calles de Higüey y el recinto de la Basílica para expresar sus devociones y peticiones de sus necesidades a la Madre de Dios. A esta se le tiene amplia confianza y creencia firme de que oirá de sus necesidades.
La veneración de Nuestra Señora de la Altagracia se remonta casi a la primera década del descubrimiento de la isla. Su imagen fue traída de España por comerciantes españoles, que establecidos en Higüey, la entronizaron en una pequeña ermita. Se cuenta del mayor milagro ocurrido en 1691 en la batalla de la Sabana Real de Limonade, cerca de Cabo Haitiano entre españoles y franceses, el 21 de enero de 1691 estos fueron derrotados por unas tropas españolas en donde participó un regimiento de hombres provenientes Higüey que le tenían mucha fe a su patrona. Ese día lo escogieron como el día de la Virgen y cambiaron la fecha original que era el 15 de agosto.
Desde aquel entonces, cada 21 de enero, centenares de dominicanos, acompañados de los fieles haitianos, acuden a Higüey en un acto de fe y dar gracias por los favores obtenidos o buscar la intercesión de la Virgen para sanar de sus dolencias o resolver algún problema económico. Fruto de esa acción de gracias de los creyentes favorecidos, el museo de la Basílica, está lleno de exvotos de todo tipo, la mayoría de oro o de plata, que dejan los fieles agradecidos que gracias a la intercesión divina resolvieron sus calamidades.
Y cinco días después, el día 26 del 1813, llegó al planeta un niño que 25 años después sembraría la simiente de lo que sería la Nación dominicana, sacudiéndose del yugo de los vecinos occidentales que desde 1822, ocupaban la parte oriental como de su posesión por aquello de una e indivisible. Juan Pablo Duarte con sus jóvenes compañeros, con el mismo ideal de la separación en mente, iniciaron su faena de concientizar y buscar adeptos para llevar a cabo su tarea emancipadora que culminaría el 27 de febrero de 1844. Fue una tarea llena de sinsabores, persecuciones, fusilamientos y deportaciones que finalmente cristalizó por la temeridad de los jóvenes trinitarios.
La cercanía en el calendario del 21 y el 26 enero, en siglos muy distantes uno de otro de estas dos fechas, inspira consideraciones espirituales muy profundas. Juan Pablo Duarte en su largo exilio en Venezuela fue tentado por sacerdotes amigos a que estudiara para sacerdote. Era que lo veían dueño de una gran devoción y profunda fe, por tanto, preso de una vocación en potencia, era un candidato ideal para sumergirse en el sacerdocio.
Dominicana nació bajo la influencia divina dictada en su escudo con las palabras Dios, Patria y Libertad, dando a entender que la Nación debería ser un legado mariano para que sus gentes tuvieran en todo tiempo el amparo desde lo más alto de los cielos, guiados por Nuestra Señora de la Altagracia de la cual Duarte le tenía una singular devoción.
Se han tejido muchas leyendas en torno a la confección de la bandera dominicana y de sus colores que con el azul y el rojo se asemeja al manto de la Virgen. La bandera haitiana se compone de dos franjas azul y roja de la que los haitianos eliminaron el blanco de la francesa. La noche de la Separación los patriotas dominicanos le cruzaron una cruz blanca a una bandera haitiana, luego con más calma alternaron los colores para dar lugar anuestra hermosa bandera con sus cuatro cuarteles, y en el centro del lienzo, un hermoso escudo con sus palabras inmortales y con el libro de los evangelios de San Juan abierto en el capítulo 8, versículo 32: “Conoceréis la verdad y os hará libres”.