Apuntes de bolsillo

JOSÉ M. RODRÍGUEZ HERRERA
El nicaragüense Félix Rubén García Sarmiento es conocido para la literatura con el nombre de Rubén Darío. El nombre de pila de su tatarabuelo era Darío, y con el transcurso de los años este nombre acabó convertido en el apellido de sus descendientes, reconocido incluso su valor legal. Nació en el departamento de Nueva Segovia, Nicaragua, concretamente en la población de Metapa (actual Ciudad Darío), en 1867. De su educación se hizo cargo una de sus tías, que lo instruyó muy pronto en la lectura -sabía leer a los tres años- y le proporcionó los primeros libros: el Quijote, las mil y una noches, la Biblia, las obras de Moratín, etc. Posteriormente no continuó sus estudios de forma sistemática, pero los viajes y las lecturas le proporcionaron una vasta cultura.

En junio de 1880 se publican sus primeros versos en periódicos y revistas nicaragüenses. Comienza también a escribir artículos periodísticos, de tinte radical. Esta formación le permite continuar colaborando con publicaciones periódicas en Chile, adonde viajó en 1886 para recuperarse de un fracaso amoroso. Es aquí donde publica Abrojos, Rimas y Canto épico a las glorias de Chile. También se publica en este país Azul -1888-, que constituye la obra de afirmación del modernismo como movimiento literario.

Paralelamente a su carrera literaria, Rubén Darío desempeñó cargos diplomáticos en varios países, entre ellos Argentina y Francia. A España llegó en 1892 como representante de su país en los actos conmemorativos del descubrimiento de América. Regresó en 1899 como corresponsal de La Nación (diario de Buenos Aires). Durante el tiempo que pasa en Madrid entra en relación con los escritores españoles de más relevancia. Muchos de ellos colaboraban en la revista Helios, dirigida por Juan Ramón Jiménez, en la que se recibió con entusiasmo y admiración la obra de Rubén Darío, a quien estos jóvenes poetas respetaban como a un maestro indiscutido.

Pasa también largas temporadas en París, ciudad en la que establece fructíferas relaciones con artistas que dejan una acusada impronta en su obra: Jean Moreas, Paul Verlaine, Alejandro Sawa. Nunca ocultó Rubén Darío su admiración por Francia y por la literatura francesa: “He procurado iniciarme en todas las literaturas, pero la de Francia me atrae con viva fuerza y encanto. Me parece muy explicable que América, como todo el universo pensante, tienda hoy a la luz que viene de París”.