Aquí nada cambia

República Dominicana da la impresión de ser un país que se encuentra inmerso en un círculo vicioso y con tendencia a resistirse a la superación.

Pasan los días, las semanas, los meses y los años y todo sigue igual. Y, en ocasiones, peor.

Cualquier ciudadano de aquí cuando sale del país al ver como en otras latitudes del mundo funcionan tan eficazmente las instituciones, los servicios, las organizaciones y las entidades, tiene la esperanza de encontrar por lo menos algo parecido a su regreso a su terruño.

Sin embargo, por más que se vea por allá y acullá, y por más que pase el tiempo, aquí nada cambia. Somos el macondo de tiempo muerto y de acción estática.

El servicio energético es lo más pésimo que pueda uno encontrar en cualquier parte del mundo. Los apagones no dan tregua. Lo peor del caso es que la factura se ha incrementado exorbitantemente en medio de la espantosa oscuridad.

El desequilibrio económico, generado por la tasa de la moneda extranjera y el valor de los combustibles y cuantas cosas se les puedan agregar, dispara los precios de los alimentos de primera necesidad.

Las familias pobres y, hasta, de clase media, ya no saben como podrán sobrevivir. Imagínese usted, si el huevo y el pollo que eran los salvavidas de la mesa dominicana han experimentado unos aumentos inalcanzables. Les ha pasado lo mismo que al bacalao, al arenque y a la famosa pica pica. Estos productos eran considerados como la comida de los guardias y de los policías. Sin embargo, qué guardia o policía puede colocar en su mesa un plato con cualquiera de estas exquisiteces? Y para colmo, la berenjena y las tallotas como que han desaparecido de los supermercados.

Estando en Atlanta, Georgia, casi se me salieron las lágrimas al comparar un centro médico de allá con uno cualquiera de aquí. Estoy hablando de los hospitales públicos, a donde van los pobres.

Cuando podríamos nosotros aspirar a vernos acostados en una cama que casi lo hace todo, que solo requiere del monitoreo de un médico o de una enfermera? Habitaciones confortables que si una de nuestras mejores clínicas las tuvieran aquí, le sacarían a cualquiera el alma y los riñones.

Nuestros políticos andan mucho. Lo primero que hace un candidato cuando llega al poder es y hasta mucho antes-, es recorrer naciones y más naciones. Son viajes que le cuestan al pueblo mucho dinero. Sin embargo, uno nunca ve que esa gente trata de incorporar en nuestra nación las cosas buenas y eficientes que ven por allá.

Todo lo contrario, en cuanto a salud, cada vez que sienten un dolorcito espantan la mula para Miami, Nueva York o cualquier otra lugar de Estados Unidos.

Este es uno de los países en donde la pobreza nos da en la cara cada vez que salimos a la calle. Da vergüenza montarse con un extranjero en un vehículo. ¿Cómo podría uno explicarle esto de tantos niños descalzos y sucios vendiendo florecitas o limpiando vidrios de autos en las calles? ¿Y qué decir del cojo, inválido y desmembrado que se bate entre los carros extendiendo las manos para que les den una limosna?

La falta de un sistema social y de la aplicación de leyes eficientes hacen que estas necesidades convertidas en vergüenzas se exhiban públicamente, sin el rubor de nadie.

Y qué decir de la clase política. Siempre más de lo mismo.

Críticas y más críticas. Se acusan unos a otros sin cesar. Corrupción, ineficiencia e incapacidad son siempre los términos que se tiran en contra, cual pelota que va de rebote en rebote. Todo depende de quien esté en poder y de quien esté en la oposición.

Pero nunca se hace nada. Los de la oposición hablan de robo, estafa, engaño y patraña contra el Estado. Sin embargo, cuando llegan al poder no comprueban las acusaciones ni las hacen valer dentro de las cárceles. Hoy por ti, mañana por mí.

Este es uno de los pocos países del mundo en donde más ideas, discursos y peroratas se producen. Páginas enteras en periódicos y en espacios radiales, televisivos y electrónicos en general. Todos nos sentimos con el derecho de sugerir, opinar, plantear, considerar, exponer. Algunos por interés y, otros, como forma de ganarse la vida o por pura devoción. Pero nada se hace. Todo sigue igual a pesar de las riquezas de ideas.

Vivir aquí requiere de mucha paciencia, estoicismo y, sobre todo, de una adaptación irracional a una realidad espeluznante. A riesgo de sufrir consecuencias en el orden intelectual, económico, social y, hasta en la propia prolongación de la existencia.