Arden las barbas de tu vecino

http://hoy.com.do/image/article/484/460x390/0/BA084222-4294-44DE-B03C-A0A330E6C1BF.jpeg

Un antiguo refrán dice: “Cuando veas las barbas de tu vecino arder, pon las tuyas en remojo.” Ahora, mientras podemos apreciar la catástrofe de Port-au-Prince provocada por un terremoto de nivel 7.0, debíamos detectar dónde están las debilidades de este caos urbano que llaman Santo Domingo. Es ahora, mientras tenemos tiempo y calma, cuando debemos examinar las fuentes de nuestros potenciales desastres.

Lo primero debía ser evaluar la relación directa entre las variedades de suelos y el tipo de edificación levantada sobre estos. Comprobaríamos nueva vez cuánta razón tenía Frey Nicolás de Ovando en 1505 para ubicar la ciudad de Santo Domingo en la segunda terraza sobre la margen Oeste de la desembocadura del río Ozama. Es esta una zona rocosa calcárea, de alta densidad, con gran capacidad de soporte, en la que, por ser mal conductor de los movimientos de la corteza terrestre, un sismo no podría magnificarse. Prueba al canto está, entre otras, en que el terremoto fuerza 8.1 de 1946 no causó tanto daño porque la capital no iba entonces más allá de las terrazas calcáreas.

La capital no se quedó quieta durante cinco siglos. Tomó 360 años para que la minúscula ciudad de Ovando creciera hasta llegar a las murallas que delimitan lo que hoy se conoce como “zona colonial”. Pero en los 45 años recientes, el anárquico crecimiento urbano puede ser descrito como un caótico desmadre. Creció mayormente hacia el Oeste, dando saltos de expansión en función de las conmociones sociales. Si consideramos la ciudad como un cuerpo humano, ésta fue víctima de un síndrome acromegálico. Vale decir, súbito crecimiento sin que huesos, tendones y músculos ganaran fortaleza para sostener ese cuerpo. La estampida desde el campo dominicano hacia los centros urbanos luego del ajusticiamiento del tirano Trujillo en 1961 y la incapaz caricatura de democracia que nos ha gobernado desde entonces, lograron que se estableciera una capital sin servicios básicos y sin respeto por las más elementales normas del urbanismo.

La explosión social de 1965 hizo que, luego de la ocupación militar estadounidense, la capital cayera en manos de la politiquería más ignorante e incapaz. Los líderes políticos la pusieron en manos de elementos que no tenían idea de lo que es el manejo de una ciudad, ni profesaban el mínimo respeto por esta. Esta indigencia mental perdura hasta el día de hoy. Mientras Balaguer democratizaba la corrupción y el crimen de Estado, la capital se llenaba de arrabales y tugurios como nunca antes. El urbanismo de contrainsurgencia llevó a que unas cuantas avenidas desnaturalizaran lo que debió ser una urbe organizada. Además, se construía donde quiera y como quisiera cualquiera sin que el Ayuntamiento ni el gobierno central fiscalizaran el desorden para frenarlo o eliminarlo.

Ninguno de los síndicos que Santo Domingo ha tenido que sufrir ha demostrado tener noción siquiera de cómo debe controlarse el crecimiento de la capital de un país. Desde 1966 han pasado por ahí psiquiatras, abogados, corruptos, convictos, locutores, comberos, cómicos, en resumen, nada que pudiera semejarse a un conocedor y buen practicante del urbanismo. Sus nombres: Báez Acosta, Guarionex Lluberes, “Manolín” Jiménez, “Papi” Estrella, Franco Badía, Peña Gómez, Corporán de los Santos, “Fello” Suberví, “Johnny” Ventura y “Roberto” Salcedo. Politiqueros todos que, medidos por los resultados morales y técnicos de sus respectivas gestiones, debían ser estigmatizados por condenarnos al caos y a la inseguridad de hoy día.

Santo Domingo está, no sólo en el trayecto del sol, como dijo el poeta Pedro Mir, sino también está ubicado en la ruta de la falla geológica septentrional donde se juntan la placa del Norte de América y la placa del Caribe. Las zonas de mayor riesgo en la capital debían ser observadas cuidadosamente y sus edificaciones revisadas ahora, mientras hay tiempo y calma. Podrían mencionarse como ejemplo de terrenos dudosos o inestables, fuera de las terrazas calcáreas, el área al Norte de la avenida John F. Kennedy y la zona de arcillas expansivas de Los Prados y La Pradera, al Noroeste de la ciudad.

Porque las barbas de Port au Prince han ardido hasta la destrucción total, las de Santo Domingo debemos ponerlas en remojo.