Arthur Rimbaud y el suicidio metafísico

DIÓGENES VALDEZ
Tengo la presunción de que Rimbaud ha sido el más inteligente de todos los suicidas. El fue el adolescente que entre los quince y los dieciocho años revolucionó el mundo de la poesía, componiendo los poemas más bellos de la lengua francesa. Este joven ardenés muere a los treinta y siete años en un hospital de Marsella, pobre y mutilado de ambas piernas, no sin antes, en su brevísima vida de escritor, construir el más bello monumento de palabras, no igualado todavía por ningún otro escritor.

La obra de Rimbaud, aunque escrita en breve tiempo, es sin embargo, abundante. El conoce la fama cuando todavía es imberbe y, sorpresivamente, la abandona cuando toda Francia lo aclama. No solamente se niega a escribir, sino también, a que se le hable de literatura, y a él, a quien Víctor Hugo bautizó con el nombre de “Shakespeare niño”, cumple con lo que se había propuesto, hacer irrevocable su decisión de abandonar la creación literaria; entonces se convierte un paria, en un viajero infatigable que camina primero por Europa, ejerciendo los más diversos trabajos, desde vendedor ambulante de llaveros, hasta peón en los campos de cultivo; luego, hastiado, como para convertir en realidad aquello versos suyos que dicen: Ya he hecho mi jornada/me voy de Europa/ el aire marino quemará mis pulmones/me tostarán los perd idos climas, Rimbaud se aventura p or toda Africa y Oriente, trabajando como marino en un barco mercante francés; sin embargo en uno de sus tantos regresos a Francia, esta vez desde Africa, se hacen esfuerzos para conquistarlo nuevamente para la literatura, a lo que él exclama: ¡Ridículo… Absurdo!

¿Por qué esta negativa tan rotunda? ¿No sería acaso que aquel hombre que escribió obras de tanta trascendencia como El barco ebrio, Una temporada en el infierno, Sensación. Los buscadores de piojos, Las Iluminaciones, y El soneto de las vocales, habría sentido que su vena lírica se había gastado, y por esa razón decidió retirarse a tiempo?

Resulta difícil aceptar la anterior sentencia, pero muy bien pudo haber sido éste el motivo principal por el cual hizo mutis del escenario de la literatura. Rimbaud nunca quiso entrar en razones y mucho menos explicarlas. Dejó que cada quien sacara sus propias conclusiones y volvió a marcharse, ahora con rumbo a Oriente.

En 1873, Rimbaud se había costeado la primera edición de y al día siguiente de estar los ejemplares en la calle, salió a recogerlos con la intención de destruirlos, logrando salvarse poquísimos ejemplares.

Acerca de Rimbaud se ha escrito torrentes de palabras elogiosas en todos los idiomas. El fue un cometa perturbador que intranquilizó toda la constelación literaria de su país. El fue un hombre ardiente e impetuoso y el propio Verlaine recuerda en uno de sus libros, el incidente en el cual el joven poeta ardenés le asestó un bastonazo en la cabeza, a él, que en ese momento era el pontífice de la poesía en Francia.

A despecho del maestro Verlaine, Rimbaud no tenía en alta estima a la religión y a Cristo lo llamaba eterno ladrón de voluntades. Fue a razón de una discusión religiosa que surgió el famoso incidente entre el maestro y el discípulo.

Resulta casi una obligación preguntarse las razones por las cuales Rimbaud consideraba un absurdo todo intento de recuperarlo para la literatura. Es el propio Verlaine quien nos da la respuesta, en el prólogo a las poesías completas de Rimbaud. Dice Verlaine lo siguiente: Rimbaud fue un poeta que murió joven (a los 18 años, puesto que habiendo nacido en Charleville el 20 de octubre de 1854, no poseemos poemas suyos posteriores a 1872…)

Como hombre, también murió joven (a los 37 años, el 10 de diciembre de 1891, en un hospital de Marsella)…

Hay que observar que Verlaine, bajo cuyo techo vivió Rimbaud, precisa dos muertes: la del poeta, ocurrida en 1872, y la del hombre, acaecida en 1891. Surge entonces una preocupación de saber, ¿cómo y de qué forma murió el poeta? La respuesta surge casi de manera espontánea: el poeta murió a manos del hombre llamado Arthur Rimbaud. El hombre asesinó al poeta, y aquella muerte se convirtió en un suicidio metafísico.

Arthur Rimbaud asesinó su ego poético, y por eso que tal vez brota de su garganta, el grito de ¡Ridículo… Absurdo!, cuando se le intentó asimilar de nuevo a la poesía, porque el poeta había muerto, ya, en 1872.

Stefan Zweig no vacila en llamar a Rimbaud “mago que encuentra por arcano los sueños del futuro”. ¿Cuál futuro pudo haber entrevisto Rimbaud en aquellos sueños? ¿Acaso la obligación de tener que elegir entre su muerte como poeta, y la del hombre que amaba la vida? La alternativa debió ser dolorosa, pero como joven al fin, no vaciló ni un instante, eligiendo la más inteligente de todas las opciones, ya que de haber actuado en forma diferente no habría podido salvar a ninguna de las dos personalidades, ya que con su muerte física, moriría también el intelectual que vivía en su interior, el poeta muere en paz con su conciencia, el hombre en cambio, muere de un exceso de vivencias, y el arma que utiliza para quitarse la vida, es el placer. Por eso consideramos a Rimbaud, el más inteligente de todos los suicidas.