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Artistas que no existieron y farsas que convencieron

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¡Patrañas! Biografías inventadas, historias verosímiles de artistas ficticios, vidas literarias donde arte y ficción convencieron a público y crítica por igual, quienes aplaudieron, y con ganas, la obra de creadores que nunca existieron

El neoyorkino “Nat Tate” (1928–1960) vivió en los años 50 del pasado siglo en Nueva York, un artista de la ola expresionista abstracto de Pollock, Rothko… pero prácticamente desconocido para el público en general.

Como no podía ser de otra manera, como pasa con muchos genios incomprendidos, inseguro, al final de su vida fue un alcohólico intratable. Viajó a París, conoció a Braque y, abrumado por la calidad del arte que vio en Europa, al regresar decidió destruir prácticamente la totalidad de su obra.

El pintor acabó suicidándose convencido de ser un estafador -toda una indirecta- en enero de 1960, saltando del ferry sobre las heladas aguas del río Hudson. Tenía 31 años.
El cuerpo del atormentado artista nunca se encontró.

¡Cómo se va a encontrar si todo fue mentira! Una creación literaria, una biografía de ficción del escritor William Boyd, quien estaba harto de la impostura pseudointelectual que siempre rodeó, y rodea, el mundo del arte contemporáneo, en especial a algunos artistas, que más que talento artístico poseían habilidad para enriquecerse.

Boyd se inventó a un pintor arquetipo de esa izquierda elitista y adinerada neoyorquina que retrata Tom Wolfe, el autor de “La hoguera de las vanidades”, y publicó una biografía sin revelar el engaño, un libro editado por el mismísimo David Bowie y que incluía las pocas obras “que sobrevivieron a su suicidio”, pintadas por el propio Boyd.

El escritor contó con cómplices. Gente seria, como coleccionistas y filántropos, incluso el escritor Gore Vidal, quien escribió unas líneas en la solapa del libro para legitimar la farsa.
En marzo de 1998 se convocó en el estudio neoyorquino de Jeff Koons (autor del perro gigante del museo Guggenheim de Bilbao), a la flor y nata de la intelectualidad de Manhattan para homenajear a Tate. Acudió toda la intelectualidad y picaron todos, incluyendo al prestigioso matrimonio de escritores, Paul Auster y Siri Hustvedt, pareja de moda, además de directores de museo y galeristas de vanguardia.
Poco duró la fantasía.

Un crítico del londinense The Independent publicó un artículo con toda una retahíla de dudas acerca de la existencia de Nat Tate, nombre que contenía dos museos londinenses, la National Gallery y el Tate Modern.

Willian Boyd admitió el engaño que, junto a la colaboración de sus colegas, organizó para burlarse de la habitual actitud pretenciosa, casi narcisista, existente en el orgulloso mundillo artístico.

Nat Tate fue un personaje de ficción, fruto de su imaginación, pero este pequeño detalle, no impidió que se llegaran a pagar casi 10.000 dólares, en 2007 en Sotheby’s, por un dibujo de Tate titulado el título “Puente n°114”.

Torres campalans y Max Aub. Si el inexistente Nat Tate se resistía a morir, algo similar le sucedió a Jusep Torres Campalans (1886–1957), el artista catalán inventado por el escritor Max Aub. Se suponía que Torres Campalans era un pintor cubista, de familia catalana que emigró a París a comienzos del siglo XX.

Vividor y juerguista, saboreó de lleno la noche parisina, ¡cómo no!, aunque se sabe que despreciaba a Juan Gris, quizás por representar su competencia ya que ambos se disputaban el tercer puesto dentro del cubismo, con Picasso y Braque a la cabeza, y del que fue gran amigo.

Se precisaba hasta la anécdota de que Picasso lo invitó en Barcelona a un burdel, siendo él todavía inexperto en todo, convirtiéndose, el pintor malagueño, en su principal mentor artístico.

Personalidades de las vanguardias, documentos y otros testimonios acreditaron la existencia del misterioso artista. Apollinaire, Gertrude Stein, además de Max Aub dieron fe de que Campalans no sólo existió, sino que pudo ser fundamental para el proceso de creación de las primeras obras cubistas.

Campalans pinta en el París más efervescente, pero abandona de repente coincidiendo con el inicio de la Gran Guerra Mundial, como sugiriendo que se hizo consciente que nunca tendría el genio al que aspiraba. Se pierde en Chiapas, México, donde acaba sus días aislado, país donde vivió y murió Aub.

No fue hasta 1958 cuando se descubre que todo un engaño. El propio Max Aub revela que, pese a que parecía una biografía real, con fotografías y testimonios variados…. todo era mentira. Aún así, el libro de Max Aub titulado precisamente “Jusep Torres Campalans”, es un valioso testimonio sobre los movimientos artísticos de vanguardia.

¿El pintor que resultó ser un chimpancé! Otro periodista sueco se inventa otra historia verosímil, otra farsa que puso en tela de juicio la fiabilidad de los críticos de arte. En 1964 público y crítica encumbraron una exposición de un tal Pierre Brassau en Suecia.

Entre los periodistas que cubrieron la información, el reputado crítico Rolf Anderberg dijo de la obra del enigmático artista: “Mientras que la mayoría de piezas eran “pesadas”, la obra de Brassau no. Brassau pinta con trazos potentes bajo una determinación muy clara. Sus pinceladas se tuercen con una meticulosidad furiosa. Brassau es un artista cuyas piezas se llevan a cabo con la delicadeza de una bailarina de ballet…”.

Los trazos de Brassau eran en efecto frescos, potentes, espontáneos, como pintados con determinación…¡Y tanta!, como que Brassau era en realidad un chimpancé.
Todo fue una patraña del periodista Ake Axelsson, que volvía a poner en tela de juicio la fiabilidad de los críticos de arte.

Cuando se descubrió el engaño, afamados críticos se mantuvieron en sus trece pero perdieron toda credibilidad y, aquella “gracia”, pasó a la historia como una de las grandes burlas al mundillo del arte.

Boronali, otra burla que resultó una burrada! Del siguiente artista, Joachim-Raphaël Boronali, un pintor futurista genovés, dio cuenta el escritor y periodista francés Roland Dorgelès, que pretendía dejar al mundo del arte en evidencia. “París iba a saber lo que era una auténtica vanguardia”, se dijo.

Boronali fue impulsor y único representante del llamado excesivismo, breve movimiento de vanguardia de 1910 que solo duró dos días. De Boronali solo se sabe dos cosas: que escribió el manifiesto excesivista, texto más radical que el futurismo que pide “destruir los museos y pisotear las infames rutinas”; y que pintó el famoso “Y el sol se durmió en el Adriático” (1910).

El cuadro de gran éxito se colgó en el Salón de los Independientes de París, junto a cuadros de Matisse y de Rousseau. La crítica lo tildó de ejemplo de “perspectivas insólitas”, “empastes geniales” y “sentido trascendente del color” y se llegó a vender por 400 francos (unos 600 dólares de antaño), inimaginable para uno de Modigliani en esa época.

Pues bien, para la creación del cuadro, el pintor Pierre Girieud y el crítico André Warnod llenaron unos cubos con distintos colores y ataron un pincel a la cola de un burro (Lolo) al que fueron recompensado con comida, al tiempo que movía su cola de allá para acá, creando así la gran obra maestra.

Cuando a los pocos días se publicó la farsa en el periódico, afirmando que Boronali era en realidad un burro, un crítico les amenazó con querellarse por insultar a tal genio.
Nuevamente, a pesar de descubrirse el montaje, el cuadro tuvo vida propia, su último comprador lo llegó a asegurar en cinco millones de francos de la época.

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