Asesores de negocios tramposos

POR FEDERICO HENRÍQUEZ GRATEREAUX
Lamento decirte que el señor Ladislao se ha ido de viaje. – ¿Cómo es eso? yo estaba seguro de que contrataría la semana que viene a un chofer por cuenta de la Unidad de Investigación. – Pues ha preferido atravesar la isla en autobús. Supe que tuvo una pelea con Lidia un día antes de salir de viaje; pero se reconciliaron y se fueron juntos.

Ya tu sabes, Lidia no es una hembra corriente; es muy atractiva; le gusta el húngaro y parece que el húngaro se está apegando a ella. Tú la conoces; tiene un cuerpazo y una risa que es imposible no quedarse mirándola; y otra cosa: baila como un trompo. Han querido contratarla para espectáculos porque es una bailadora completa: caderas, tobillos, piernas, brazos y cara. Desde que da tres pasos reanima al doctor Ubrique. Ojalá se casaran; harían una pareja perfecta.

Azuceno se acercó a la barra de la cafetería, destapó una cerveza y la sirvió en un vaso delgado. Enseguida llevó el vaso y la botella a la mesa de la que se había levantado hacía unos instantes. – Señor Medialibra, beba esta cerveza fría; hace muchísimo calor hoy. Me hará falta el húngaro.

¡Es una persona tan amable! Trata bien a todo el mundo; y se pasa la vida averiguando cosas de Bayamo y de Santiago; le ha cogido con la historia de Cuba y con las canciones viejas. – Me lo dices a mí: he buscado para él en los archivos algunos libros antiguos sobre las creencias yorubas; también grabaciones de música de antes de la revolución; incluso cintas magnetofónicas, en voz de gente anciana, acerca de las costumbres de la época del general Gerardo Machado. Ningún extranjero – y son muchos los que requieren los servicios del archivo – ha sido tan atento y cordial conmigo como el señor Ubrique.

– El húngaro habla muchos idiomas, sabe de la historia de varios países, escribe informes larguisímos que despacha para Budapest, para Nueva York, Santo Domingo o Praga. – Estoy enterado de eso, Azuceno. El escribe cartas, artículos, crónicas, que envía a Checoeslovaquia. Me lo han dicho personas que trabajan en la recepción de su hotel. Todos saben que el señor Ubrique labora en la Unidad, que estuvo enfermo en su cuarto, que tú le has llevado medicinas a la habitación. Conocen a Lidia a través del teléfono. En general, simpatizan con él. Un día me explicó una maldad que hicieron los alemanes en Praga para provocar daños a los judíos. Clavaron un cartel en la puerta de una casa; el letrero decía: Libermann & Blumenthal. Asesores en Negocios Tramposos. Las personas que vivían en ese lugar no respondían a esos nombres; pero eran judíos. Creyeron que el inmueble sería vendido. Leyeron los apellidos en el letrero sin reparar en lo de “negocios tramposos”. Pronto se congregó una turba de fascistas que estuvo a punto de linchar a los inquilinos.

– No entendí bien el asunto al principio. Para aclararlo, me dijo: imagina que en La Habana, en la puerta de tu vecino, peguen un aviso llamativo, con letras grandes: ¡vivan los disidentes! Y que debajo pongan extendida una bandera norteamericana. Se crearía un problema para todos los habitantes del barrio. Lo que contaba el húngaro ocurrió en el sector Josefov, poblado principalmente por judíos. Ladislao Ubrique contó ese día: “de los treinta y cinco mil judíos que vivían antes de la guerra en los alrededores de las calles Cervená y Maislova, solo regresaron de los campos de concentración unos mil doscientos”. Su manera de explicar las cosas tiene algo especial. Habla como si pudiera ver todo desde una torre y él no perteneciera a ningún partido, ni a ningún país.

– Es verdad. Un día me entregó en la puerta de la cafetería un papel con un poema. Al entregármelo me hizo salir a la calle: “Oye, Azuceno, los problemas sociales únicamente se resuelven con grandes esfuerzos; nada opera mágicamente. No discutan por discutir”. El día anterior hubo una acalorada discusión en la barra acerca de las revoluciones en Centroamérica, en especial la insurrección en El Salvador. El poema llevaba el rótulo: “Escrito en Praga”. El título era: “Sobre dolores de cabeza”. El autor, que se llamaba Roque Dalton, fue fusilado. Escuche esto, Medialibra: “Es bello ser comunista, / aunque cause muchos dolores de cabeza. / Y es que el dolor de cabeza de los comunistas / se supone histórico, es decir / que no cede ante las tabletas analgésicas / sino solo ante la realización del Paraíso en la tierra. / Así es la cosa. / Bajo el capitalismo nos duele la cabeza / y nos arrancan la cabeza. / En la lucha por la Revolución la cabeza es una / bomba de retardo. / En la construcción socialista / planificamos el dolor de cabeza / lo cual no lo hace escasear, sino todo lo contrario. / El comunismo será, entre otras cosas, / una aspirina del tamaño del sol”. Al terminar la lectura, Azuceno guardó el texto y contempló la cara estragada de Medialibra. Con los labios temblorosos y mojados de cerveza el archivero no lograba ocultar el temor. – Azuceno, gracias por el brindis, ya es hora de regresar a la Unidad. La Habana, Cuba, 1993.

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