Así lo recordaré… con motu proprio

FELIFRÁN AYUSO
Su regreso fue anunciado sin previo aviso por Juanjosé en la peña balconera de todas las noches en su casa de la Canela esquina Estrelleta. Miguelangel Velázquez Mainardy –dijo- vuelve de Venezuela. Viene con su esposa a vivir  con nosotros hasta que encuentren una casa. Marioemilio, Orlando y Héctor, no recuerdo si estaban Pedro, Virgilio, Papi, Ciro y Cuqui, contertulios consuetudinarios,  recibimos la noticia como un acontecimiento político de carácter e importancia nacionales.

Miguelangel Velázquez era dueño de toda una historia entre los dominicanos que en y desde el exilio le habían hecho frente al tirano. A sus ventipocos años su proyección hacia nosotros era de leyenda. Lo que de él se decía, en secreto mientras vivió el tirano, y abiertamente en las peñas políticas, después del 30 de mayo del 61, no era para menos. Inquieto y de  una inteligencia vasta y una profunda preparación política, “Velazquito” era muy querido y hasta mimado por todos los integrantes del exilio antitrujillista en Cuba, Puerto Rico, Venezuela, Nicaragua, y otros países donde la acción y la conspiración permanentes contra el déspota lo habían llevado a residir por temporadas, una vez en uno, otra en otro. Su constante accionar político lo había llevado también al viejo continente, y más allá. Antes de cumplir los veinte, extremadamente joven  para lo que hacía,  había pasado por las sedes de los partidos comunistas de Francia e Italia, en París y Roma, con cuyos líderes había departido. En España conversado con la oposición a Franco. En Moscú conocido personalmente a La Pasionaria y a Santiago Carrillo. En el Kremlyn saludado a Kruschov, y en Pekín, estrechado la mano de nada menos que del Gran Timonel. A Fidel también lo conocía personalmente, y lo veía cada vez que quería.

Miguel Angel Velázquez y sus hazañas políticas se codeaba en las peñas con importantes temas y figuras universales como Marx, el marxismo y el Manifiesto Comunista, Rosseau y su Contrato Social, los hombres lobos de Hobes, Maritain y su política cristiana, con el centralismo democrático de Lenin, con Churchill, Roosevelt, Togliatti; junto a los máximos personajes del exilio antitujillista: Juancito Rodríguez, Juan Isidro Jiménez Grullón, Juan Bosch, Horacio Julio Ornes, Tulio Arvelo, Pedro Mir; con los llamados fundadores de la democracia latinoamericana, grandes enemigos de Trujillo, amigos y defensores de los dominicanos, Muñoz Marín, Betancourt, Pepe Figueres; con filósofos, poetas,  novelistas, cineastas, artistas y cantantes de la talla de Lorca, Sartre, Camus, Malaparte, Tolstoi, Ingeniero, Williams, Neruda, Walt Witman, Guillén, Hitcoch, Brandon, Monroe, Dean, Clift,  la Taylor, la Loren, la Bardot, Benimoré, María Luisa Landín,  La Lupe… Cuando le llegaba su turno, nosotros, con alrededor de veinte años y menos por cabeza, bachilleres apenas, pichones de literatos, cinéfilos empedernidos, aprendices de políticos, soñadores de una República Socialista Dominicana, pero sobre todo orgullosos de haber sido la generación en la que a Trujillo le terminaron sus días  y de haber acabado con los remanentes de su tiranía en los históricos escenarios de las calles del Conde y Estrelleta, en los parques Colón e Independencia, en la quema de  Radio Caribe y en las desiguales luchas contra la represión policial y los paleros de Balá, piedras y pedazos de tapa de contadores de agua  contra balas), apoyando la esperada llegada del PRD, la fundación de Unión Cívica y la salida a la luz del  movimiento 14 de Junio, con Manolo Tavárez a la cabeza… cuando llegaba el tema Miguel Angel Velázquez era tratado con respeto y admiración,  en la consideración de que él era nuestra mejor bandera,  el símbolo real que mejor nos representaba en tanto generación, lugar que nadie le podía contender, tanto menos quitar.

Precedido de ese inmenso bagaje político y Mariita a su lado, Miguel Angel Velázquez volvió al país en el 62.  Apenas bajado del avión me lo presentaron Delfa y Juanjosé, en su casa de la Canela esquina Estrelleta, y así lo voy a guardar en mi memoria.

De los 43 años que pasaron de allá al lunes 25, agrego las facetas de trabajador infatigable, polemista pertinaz, impugnador tenaz, contendor consistente, defensor a rajatablas de sus creencias y opiniones y de su familia, que le vimos una y otra vez durante estos cuatro decenios y pico.

Lo demás, todo lo demás, lo dejo al olvido. Mismo lugar donde lo eché cuando, desde su cama, consciente de la derrota que le inflingía su propio cuerpo, con la hebra de voz que pudo articular y la amargura de un general que muere en un lecho sin nombre ni fecha, me dijo :

“Felifrán, tantas vueltas para terminar aquí”. 

De Miguel Angel Velazquez Mainardy su cuerpo descansa hoy en una tumba. Mas no su espíritu que seguirá entre nosotros vivo y en movimiento constante, como los planetas que poseen motu proprio tal y como fue.