Así no

La Cámara de Cuentas, que se muestra con unos bríos de apaga y vámonos, tendrá de todos modos que convencer a una buena parte de la sociedad de que no se está dejando condicionar en sus actuaciones. A decir verdad, algunos de sus expedientes han parecido fuera de época y ahora aflora el duro cuestionamiento del senador Tonty Rutinel Domínguez. El representante de Santo Domingo en el Senado sostiene que la Cámara de Cuentas se abstiene de divulgar resultados de auditorías cuando pueden resultar adversas y comprometedoras para el gobierno anterior.

Se toma en cuenta que los miembros del organismo fiscalizador deben totalmente su permanencia en los puestos a la gestión pasada. Pero como se dice una cosa hay que decir la otra: en este país hay círculos de opinión llenos de escepticismo y preocupación con las funciones que el poder Ejecutivo asigna en demasía a la llamada Comisión de Ética. Eso de atribuir al flamante comité facultades que podrían interferir con las de la Cámara de Cuentas como que se pasa de la raya. ¿Puede un curioso organismo armado inesperadamente por decreto convertirse en una especie de árbitro de otro que, como la Cámara de Cuentas, debe su razón de ser y fundamento a la Constitución de la República?

Rigidez sin equidad

Se está criticando mucho al gobierno porque en una decisión extemporánea – y como para salir de paso tras una omisión de los recaudadores – se inventó una renovación de placas para vehículos de motor que debió ocurrir el año pasado. En su peculiar forma de aumentar las recaudaciones, las autoridades están perjudicando a miles de automovilistas que en los meses recientes compraron vehículos nuevos, para los que tuvieron que sacar placas que deberían estar en vigencia por un año, por lo menos. ¿Y qué ha pasado? Que estarán obligados a renovarlas desde ya, pues el gobierno las declara vencidas aunque acaban de nacer, metiéndolas en el mismo saco de las que venían en uso desde que Hipólito Mejía tuvo el antojo de recrearlas intempestivamente hace como dos años. Observan algunos ciudadanos que la administración del PLD ha incurrido con esto de las matrículas vehiculares, en lo mismo que hizo con las patentes para negocios durante su anterior paso por el poder en el cuatrienio 1996-2000. Se recuerda que el primer gobierno de Leonel Fernández sacó a la luz, de buenas a primeras, una reforma del sistema de patentes y obligó a todo el mundo a adquirirlas cuando apenas hacía dos meses que el universo de los contribuyentes había pagado derechos para amparase en ellas por un año. Aquí, definitivamente, cualquier formulismo con que se pretenda realimentar las arcas del erario puede aplastar leyes, normas… y hasta las buenas costumbres.

De mal en peor

La superficialidad y fragilidad de nuestro “progreso” quedan al desnudo con el informe sobre desarrollo humano 2005, dado a conocer la pasada semana por el programa de las Naciones Unidas conocido bajo las siglas PNUD. Basta de creer que porque en un país se construyen muchas torres de apartamentos, túneles y elevados, se crean unas cuantas industrias, se rompen marcas internacionales sobre el tamaño de los centros comerciales, las cosas van viento en popa para la colectividad. El presupuesto nacional ha crecido de año en año, lo mismo que el monto de las remesas, presentamos el mayor crecimiento económico de esta parte del mundo en los últimos 50 años, pero las cifras crudas de la otra cara de la moneda demuestran que la gente, en sentido general, ha ido para atrás, pues la escolaridad, la productividad, la infraestructura de salud y la cantidad de ciudadanos que puede colocarse por encima de la línea de pobreza, declina y declina en términos absolutos o relativos. Este país, según el estudio, deja mucho que desear en términos de desarrollo social. El turismo, de cuyo supuesto avance nos hemos ufanado, ha tenido un mal crecimiento, con bases frágiles, poca rentabilidad y preocupante impacto sobre los recursos naturales no renovables. Si de verdad vamos a querer que las generaciones futuras encuentren un medio digno para vivir, tendremos que sacudirnos y cambiar de rumbo.