Atemorizados por las masacres parisina y dominicana

O1

El mundo occidental se estremeció con el horrendo atentado que los miembros del Ejército Islámico cometieron el pasado viernes 13 en París, Francia, asesinando a sangre fría a más de 120 personas en una noche de sangre y plomo como nunca se había visto en Europa después de sus prolongadas guerras mundiales y la carnicería de los Balcanes de la década de los 90 del siglo pasado.

El Ejercito Islámico enseñó sus garras y alcance de sus células fanáticas para confirmar que ninguna nación está libre de sus ansias de matanza en contra de los infieles occidentales que semanas antes había ocurrido el atentado con una bomba ingeniosamente preparada para derribar en pleno vuelo un avión cargado de turistas rusos que despegaba de un aeropuerto egipcio y 224 personas perdieron la vida.

El mundo está estremecido por esa violencia desatada por los fanáticos musulmanes que se ven acosados en Siria por el ataque conjunto de rusos, franceses, norteamericanos, ingleses y del gobierno sirio para detener una sangría que ha destruido los patrimonios de la humanidad más preciados y llevan el luto a millares de personas y el desplazamiento de otros tantos que no encuentran fácilmente un lugar para radicarse pacíficamente en Europa, lo cual se le pondrá más difícil por la persecución feroz de rusos y franceses de los terroristas islámicos.

Pero esa masacre no solo ocurre en Francia, sino que en un pequeño país caribeño, colocado en la ruta del sol como decía nuestro insigne poeta Pedro Mir, ocurre también ante la vista indiferente de la población, desconocedora de las consecuencias, y con decenas de seres humanos que han perdido la vida a causa del dengue, en donde el principal ingrediente de esa alta tasa de mortalidad, reside en la ineptitud de quienes llevan en sus manos la prevención de la salud nacional y por incapacidades, falta de medicinas y de instalaciones, así como con los diagnósticos mal hechos.

Así leemos y vemos como cada día los medios se hacen eco de la desesperación de las familias sin que ocurra una conmoción social que más bien está más enfocada en los asuntos políticos, como es el caso de corrupción de la OISOE o el de los jueces venales, pero los muertos por el dengue son ignorados por esa atmósfera de la indiferencia, que ya nada sorprende a la ciudadanía, sumergida en un dejar hacer. Y la indolencia arropa a la nación en que los escándalos son parte del diario vivir, y por tanto, todo nos resbala en una coraza de los propios intereses.

Se cree que los casos de dengue se registran solamente en los sectores de clase media baja y de los pobres, sin querer darnos cuenta que el vector del mosquito portador del germen pulula en todos los ambientes. Si continuamos siendo indiferentes a la gravedad de la situación, la masacre parisina quedaría abrumada por la dominicana, que sin balazos ni bombas, con la complicidad de la ineptitud, ocasionan más muertes en un corto periodo de tiempo a las que ocurrieron el pasado viernes 13.

Solo si el mosquito ataca a los sectores de clase socialmente encumbradas es que entonces se produciría una alarma de llevar a cabo un verdadero programa de prevención de largo alcance y no tan solo una acción de fin de semana, como se llevó a cabo recientemente, en que todo el gobierno con vistosos T-shirts se lanzó a las calles para el figureo de que se estaba atacando los refugios del mosquito.
Se pretendió hacer creer al mundo, que con una acción ocasional, la epidemia estaba controlada para consumo del sector turístico que podía colapsar si se descubría que el número de muertes era mayor a la que las autoridades dicen, pues recientemente anunciaron que tan solo eran 75 muertos y no 97 como se estaba pregonando a principios de mes.

El país pareciera estar condicionado a una conducta de la aceptación de los hechos irremediables y se dejan pasar los casos de corrupción que estallan cada día, la ola de delincuencia que arropa todo los sectores, de jueces que impertérritos son denunciados por la venta de sentencias a los narcotraficantes y ver con asombro y espanto de cómo Santiago se ha convertido en una ciudad dominada por la violencia y un gansterismo imbatible.