Atracos en guaguas

 ÁNGELA PEÑA
Walker González denunció en su muy leído periódico cibernético Cibao News, que en las guaguas de una popular compañía de transporte que viaja a casi todos los pueblos del país están robando o violentando las maletas de los pasajeros depositadas en los compartimientos, al tiempo que criticó las inconveniencias sufridas en esa empresa con la música a todo volumen y otras deficiencias sufridas durante el trayecto.

La revelación se suma a informaciones no confirmadas ni publicadas de que en otra empresa de autobuses, más elitista y de circulación menos amplia, han ocurrido varios atracos a pasajeros despojándolos de celulares, dinero en efectivo, tarjetas de crédito, joyas y otras pertenencias. Esta firma retiró hace unos meses el servicio de un eficiente copiloto que servía refrigerios durante el recorrido y atendía necesidades e inquietudes de los viajeros durante la travesía. El brindis lo ofrecen antes de partir, pero el muchacho se queda en tierra y el usuario percibe una sensación de abandono y desprotección cuando el vehículo arranca. Después de haber escuchado el rumor, no asegurado, de los robos, el viaje se ha convertido en una pesadilla. El chofer, como es comprensible, no se puede molestar, va imperturbable, sin reparar en lo que ocurre tras él, sólo pendiente de su guía y de la pista. Roncan algunos, que tal vez no han tenido noticias de los supuestos salteadores pero el que ya se enteró va con un frío grande en el corazón, presintiendo que en cualquier momento un fortachón va a pararse con un arma en la mano y un ¡No se muevan, esto es un atraco! Las líneas de autobuses deberían tener personal de seguridad para prevenir estos incidentes y tranquilizar a sus clientes.

A la sociedad dominicana la acecha el pánico en los lugares más sagrados. A una señora le llevaron su cartera en plena misa, en un relampaguear, sin que ningún feligrés lograra alcanzar al ladrón en su veloz corrida por el pasillo central. A otra le dieron un tumbe en el cementerio, dentro del panteón familiar. El pasado sábado se informó el horroroso crimen contra doña Aída viuda De Moya, en La Vega, amordazada, asfixiada en su residencia por desalmados antisociales que fueron a robarle.

En cuestiones de horas llegan por Internet los testimonios de víctimas de los asaltos más espectaculares: el de la médico que al salir de una reconocida clínica fue embestida por un maleante al que ella, supuestamente le llevó un espejo retrovisor. Otro es un vendedor de perfumes que rocía a sus víctimas, dizque para que prueben el olor, que provoca la inconsciencia. Están los atracados porque salieron del vehículo a chequear un papel colocado en el vidrio trasero y al regresar a sus autos encuentran al ladrón apuntándole. Y como esos son miles los trucos de avivatos apostados en cabinas telefónicas, cajeros automáticos, estacionamientos, salidas de bancos y cines que han dejado muertos, heridos, violados o a los que han sobrevivido hombres y mujeres milagrosamente, abandonados en matorrales como Dios los trajo al mundo, caídos en gancho por ingenuos, curiosos, bondadosos o muy sensibles.

No se sabe si andar neuróticos o despreocupados, broncos, con delirio de persecución o indiferentes, confiados en que no todos los raros son potenciales delincuentes. La situación violenta en que se vive es expuesta y discutida pero al mismo tiempo que se escuchan las voces denunciando, una nueva embestida estremece a la nación. Ahora cuentan de las guaguas y el que evade todos estos temores y dolores abordando un autobús aunque el pasaje lo suban constantemente, pero sólo porque aunque sea ver el paisaje tranquiliza el espíritu, no tendrá para donde coger y deberá conformarse con permanecer encerrado, pero intranquilo, pues hasta en las residencias mejor resguardadas penetra el enemigo. ¿Irán a dejar que este país siga perdiéndose?