Atrevimiento político

Federico  Henríquez Gratereaux

El miedo a decir lo que se piensa sobre asuntos políticos pone un bozal en el corazón de los dominicanos. Ese bozal no sólo cubre la boca y la garganta; también abarca el pecho y el diafragma. El miedo a la verdad llega a muchísimos dominicanos hasta el ombligo, les encoge las tripas y les acelera las pulsaciones. Cada vez que un funcionario de algún organismo internacional nos visita en misión oficial, nuestros políticos tiemblan y se les aflojan las piernas. Lo mismo si es un representante del FMI o si se trata del secretario general de la ONU o de la OEA.

Los diplomáticos de los países poderosos inspiran parecidos terrores. Detrás de sus gestos intimidatorios están las veladas amenazas de suprimir “las ayudas acordadas para los países subdesarrollados”; o detener el ritmo de “inversión extranjera”, o aplazar la concesión de “créditos a largo plazo con bajos intereses”. Es “comprensible” que tanto su presencia como sus declaraciones públicas, produzcan preocupaciones entre empresarios, políticos, periodistas, funcionarios. El miedo se disfraza entonces de prudencia; y comienzan las vacilaciones, las actitudes ambiguas, los “escritos complacientes” o francamente “entreguistas”. El caso es que, de una manera o de otra, terminamos inclinando la cabeza y plegándonos a los intereses de otros países.

Con la “cuestión haitiana” nos ocurre igual; decimos enseguida que Haití es un importante “socio comercial”, que los dos países son “alas del mismo pájaro”. No tenemos el valor de plantarnos y afirmar nuestros derechos, intereses y puntos de vista. Soportamos toda clase de vejaciones. Finalmente, se arguye que detrás de los haitianos están los poderosos patrocinadores extranjeros; que si endurecemos nuestras posiciones “podríamos sufrir una intervención militar multinacional”. Por tanto, “lo mejor es tragarnos la lengua”.

Pues bien, yo pienso que esa actitud conservadora, acomodaticia y cobarde, nos llevará derecho al fracaso como nación o a una cruenta guerra civil. Me parece mucho mejor el atrevimiento político que la inhibición política. Creo que ha llegado la hora de abuchear, de manifestar, de afrontar los “problemas reales” que lastran la convivencia nacional; que nos impiden respirar a pleno pulmón. No tenemos más camino que despojarnos del bozal y “estrenarnos” en el atrevimiento político. Será la vía salvadora.