Aunque sea un guiño para el campo

BIENVENIDO ALVAREZ-VEGA
Poco más de tres de cada 10 dominicanos viven en el campo, en la zona rural. Digamos algo más de tres millones de hombres y mujeres de todas las edades. Esta gente está desparramada por todo el territorio nacional, tanto en la cercanía de la capital de la República o de la provincia Santo Domingo, como en el remoto sur, en las faldas de las lomas de Miches o quien sabe por dónde en el fértil Cibao central.

Para nuestros gobiernos, para los diseñadores de políticas gubernamentales y para la opinión pública esta población existe prácticamente como un dato estadístico.

Sin embargo, esta población, que es cada vez menor en muchos sentidos, todavía es la responsable de producir y recoger el arroz, el café, el cacao, los víveres, las carnes, los huevos y los pollos, las legumbres, los limones agrios, las naranjas, las guayabas, los plátanos y los guineos, los melones, las cerezas, los mangos, los aguacates que los ciudadanos y ciudadanas urbanos consumen gustosamente cada día.

Sin esta gente, digámoslo así, los estantes de los supermercados y otros centros  no podrían exhibir muchos de los productos lácteos que muestran a unos consumidores clasemedistas que vestidos con pulcritud los toman, los pagan y luego los degustan con cierta placidez.

Quienes se ocupan de medir el consumo de los millones de turistas que cada año nos visitan hace dos o tres años que informaban que los hoteles y restoranes compraban cada año productos de origen campesinos valorados en 300 millones de dólares. Si ahora fuere lo mismo  —pero debe ser más—, entonces estaríamos hablando de más de 10 mil millones de pesos. Una cifra nada despreciable.

Si usted quiere más detalles, calcule así el consumo local y las exportaciones de azúcar  —un producto que se mece entre la industria y el campo, por eso es nuestra agroindustria por antonomasia—, de tabaco, de café, de cacao y toda la producción avícola que de día o de noche sale hacia Haití. Cuando lo haga, entonces usted comprenderá un poco el valor, por lo menos monetario, de nuestro campo.

La paradoja de la vida es que los gobiernos dominicanos no suelen mirar hacia el campo. Y mucho menos este, de origen urbano y manejado con criterios urbanos y particularmente capitaleños. Este es el gobierno de los jóvenes capitaleños que conocen poco el interior y mucho menos el campo, jóvenes que pocas veces en la vida han corrido detrás de un pollo por la sala de la casa o por el bohío para, en un salto de maco, agarrarlo por el pichirrí.

Por eso el gobierno del muy estimado doctor Leonel Fernández no siente la necesidad de mirar hacia el campo, ni siquiera para hacerle un guiño a esos tres millones y pico de dominicanos que son los más pobres de los pobres, que todavía arrastran la premodernidad.

Esta gente necesita una mirada misericordiosa del gobierno, porque en su habitat no hay nada, solo la bondad de un ambiente poco contaminado.

(bavegado@yahoo.com)