Autorretratos de Ramón Oviedo en los salones de la Embajada de Francia

http://hoy.com.do/image/article/19/460x390/0/02F9E8AB-F098-4F99-9ACA-E40A231D8E02.jpeg

Muros de piedra recobrada, colocación sencilla y armoniosa, juego dinámico de formatos, pinturas y algunos dibujos, son parte de la muestra de Ramón Oviedo, en los espacios de la Embajada francesa destinados a exposiciones, donde destaca su coherencia. El tema –aparentemente único– del autorretrato favorece los acordes visuales, pero sobre todo demuestra la maestría de su autor.

No consideramos fortuito el hecho de que la institución internacional de arte más prestigiosa con una obra de Oviedo, tenga un autorretrato. En 1999, la famosa Galería de los Uffizi en Florencia acogía una versión expresionista del artista representado por sí mismo. Una admisión difícil, en una colección única, reservada a grandes pintores cuidadosamente seleccionados, donde no hay más de cinco latinoamericanos.

[b]¿Por qué el autorretrato?[/b]

La práctica del autorretrato se pierde en los arcanos del tiempo y ha generado discusiones, interrogantes, dilemas interminables. Hasta cuando un artista decía haber retratado a otros, se le podía imputar que en realidad él se pintó a sí mismo, como se pretendió respecto a la pareja de los Arnolfini por Van Eyck especulando que se trataba de él y de su mujer. Es que también, aparte de las autorrepresentaciones evidentes y que “motivan” un cuadro, existe una escala de interpretaciones, disfrazadas, parciales, fragmentadas, que adrede el pintor “presta para la confusión.”. O a la fusión entre sí mismo y el supuesto modelo.

Ahora bien, ¿por qué razón un pintor se autorretrata? Las razones sobran, y siempre se descubren más. La primera consiste en que, para un artista es el modelo siempre disponible, sin costo, sin problemas. Ramón Oviedo dio ese argumento, comentando su exposición, agregando que él era la persona a quien mejor conocía y más observaba. Y ponderó que además él recibía muchos encargos de su propia imagen, apreciada y solicitada por los coleccionistas.

Basta un espejo –por esa razón Van Gogh siempre viajaba con el suyo, obsesivamente empaquetado o, si se prefiere, interviene el reflejo de la memoria, que entonces aumenta la libertad de interpretación, llegando a la fantasía pura y la deformación voluntaria. Así se presentan dibujos de Ramón Oviedo, bastante recientes, impactantes, colgados en la segunda sala, para no mencionar una curiosa momia con espejuelos, de parecido inconfundible.

Oviedo no se idealiza y jamás busca los mejores ángulos que le rejuvenecerían. Todo lo contrario. En los retratos realistas, él acentúa los defectos naturales, los bolsones debajo de los ojos, las arrugas y pliegues que surcan un rostro singular. La mirada dramática, subrayada o no por las gafas, escruta y penetra. Ese énfasis despiadado nos recuerda a Rembrandt, cuya ruta por el avance de la edad podemos seguir a través de autorretratos geniales e inclementes.

Si se menciona a Van Gogh, surge otra motivación. El artista se siente amenazado en su integridad y sufre temores existenciales. Él fija su imagen para afirmar su pertenencia al mundo, sino para reconocerse, exorcizando así el miedo de un extravío mental y emocional. Para el incomprendido y perseguido de Arles, era un medio de sobrevivir, de protegerse, de demostrar que, pese a los quebrantos, él conservaba la normalidad. Es evidente que esa encrucijada no se plantea para el maestro Oviedo. Sin embargo, en un período alarmante, que duró menos de cinco años, con un clímax en 1975, él estuvo plasmando inquietudes y tormentos. Una supuesta enfermedad le hacía el futuro incierto. Fueron entonces los autorretratos más punzantes, que se insinuaban en distintos planos y lugares del lienzo: vemos algunos en esta exposición. El pintor cuestionaba el destino y vaciaba su angustia vital. Afortunadamente el sombrío panorama se despejó, pero dejó para la posteridad obras maestras.

Un factor frecuente percibido en el autorretrato es el narcisismo, el ego del autor impulsándolo a llevar su persona a la creación plástica. Aparte de la satisfacción de multiplicar su propia imagen, hay una cristalización de la condición humana en el retrato personal: el rostro del artista se convierte en memoria y testimonio de los demás. Pablo Picasso, verdadero maniático del autorretrato desde la juventud hasta el final de su vida, se señala como paradigma de esa egolatría que produjo obras extraordinarias. Ramón Oviedo niega, con vehemencia aun, esa característica que obviamente considera algo desplazado y negativo, si la atribuyen a la frecuencia de sus autorretratos. Habría materia a discusión, y, después de todo, lo importante se encuentra en el resultado, en la calidad de la obra. Para el espectador, deslumbrado ante tantas versiones interesantes del Yo, sólo cuenta la contundencia de la iconografía oviediana.

[b]Distintas modalidades[/b]

Cuando recorremos los dos salones de la exposición, notamos que fechas y formas de autorretratos evitaron un orden sistemático para comunicar una sensación de unidad en la diversidad, a través de casi 40 años, si tomamos como punto de partida temporal la incomparable pintura del “24 de abril de 1965”.

Tres modalidades alternan, probando la reflexión y un interés constantemente renovado. La primera consiste en el autorretrato, motivo único de la obra y monumental por su proporción heroica en relación con el espacio de la tela. Así, colocados uno frente al otro, nos miran los autorretratos en rojo –de estilo post impresionista y pincelada divisionista– y en azul –óptimo ejemplo del expresionismo de Ramón Oviedo–, sin olvidar aquel rostro magnificado y atravesado por la transparencia de un cuerpo femenino.

La segunda modalidad, estremecedora, apasionada, admirable por la virtuosidad del dibujo, un dominio insuperable en la distribución espacial y el tratamiento de la distancia, propone el retrato insertado en un contexto más amplio temáticamente, combinado con otras figuras. Corresponde mayormente al período de la crisis y las angustias personales, empezando con el Gran premio de la Bienal 1974.

El tercer enfoque lo llamaríamos el retrato invisible. No está la cara de Ramón, pero el hombre se proyecta intensamente según referencias ideológicas y un compromiso militante. No hay mejor representación que la histórica pintura, un fresco, un casi mural, una epopeya nacionalista. El luchador sin rostro que enfrenta la boca de los cañones es Ramón Oviedo. Indudablemente el Guernica del maestro, y nos alegramos de que los organizadores hayan conseguido esta pieza espléndida.

El Departamento Cultural de la Embajada de Francia, la Alianza Francesa y la Fundación Ramón Oviedo han realizado una excelente exposición homenaje, que ningún admirador de Ramón Oviedo y amante de la buena pintura se debe perder.