Ayer y hoy: 40 años de desorientaciones

FABIO R. HERRERA-MINIÑO
Quienes a hoy todavía nos retumba el ensordecedor ruido de las turbinas de los helicópteros norteamericanos que nublaron el cielo capitaleño en un día como hoy recordamos con asombrosa claridad el discurrir de aquellos momentos, cuando el movimiento, iniciado por los militares jóvenes cuatro días antes, se desvanecía ante el arrollador avance del ejército más poderoso del mundo.

Aquellos días que siguieron a la invasión norteamericana, en que el número de tropas era superior con creces a las que ya tenían en Vietnam, revelaban la seriedad con que los estrategas norteamericanos creyeron  lo que podría pasar aquí, en que tan solo el pedido de ayuda hecho por militares acantonados en San Isidro era una pura formalidad, ya que las tropas llegaban a tierra desde el Boxer y ocupaban la explanada del campo de polo aledaño al hotel El Embajador.

La presencia de 42 mil norteamericanos en el conflicto dominicano provocó un repliegue masivo de casi todos los cuadros dirigenciales de aquella revolución y las embajadas latinoamericanas, ubicadas entonces en la avenida Pasteur, se llenaron de los señores líderes civiles y militares de ese movimiento, en que un corajudo Montes Arache, asistido de su mano derecha el coronel Hernández, tuvo que ir a algunas embajadas para sacar de las mismas al coronel Caamaño Deñó y a otros líderes del PRD para que se reintegraran de nuevo a la lucha, que ya no tenía cabeza visible. Solo quedaron deambulando los dirigentes de la izquierda romántica, que pretendieron controlar el movimiento, pero no tenían agallas y estrategias.

La desorientación cundía entre las filas de los constitucionalistas en esas primeras 24 horas de la invasión norteamericana, que luego de ocupar el recinto de la embajada de su país comenzaron a establecer el famoso corredor, destinado a limitar el área donde estaban los constitucionalistas.

Con ese avance fueron muchos los inocentes masacrados por las ráfagas indiscriminadas de los soldados extranjeros que tiraban y luego averiguaban. Casi ese fue el caso personal cuando iban a ocupar, como parte del límite oeste del corredor, nuestra propiedad que estaba en la esquina de la avenida México con Rosa Duarte, donde, una tarde del 30 abril la lluvia de balas nos obligó por varias horas a estar tirados en el suelo; mi esposa embarazada de nuestra hija Ruth fue la que tuvo que salir a parlamentar con las tropas que luego ocuparon todo el jardín frontal para establecer dos pelotones de tropas, y con cuyos oficiales entablamos relaciones cordiales y eran parte de la famosa división aerotransportada 82, que luego fue enviada y diezmada en Vietnam.

Recuerdo que en la embajada de El Ecuador, al lado del teatro Elite, y en la cual se asiló mi padre, quien había sido secretario de la Presidencia durante el Triunvirato, tuvo de compañeros a los más notables dirigentes de la revolución, que desorientados optaron por buscar la seguridad de un asilo para evitar perder la vida frente al poder de fuego y de soldados de un país decidido a controlar a como diera lugar cualquier evidencia de libre albedrío de un país que estaba ubicado en lo que ahora se conoce como la tercera frontera de Estados Unidos.

Establecido el corredor, que permitía el acceso al aeropuerto de Caucedo, y aislados en un reducto de Ciudad Nueva los civiles y militares constitucionalistas, las tropas de San Isidro, reagrupadas y con la moral en alto, aplicaron la operación limpieza de la zona norte donde las masacres nunca serán conocidas de un todo por la forma en como se eliminaban jóvenes de ambos sexos que románticamente creyeron que una guerra era para disfrutar, sin saber el peligro de las balas que perforaban carne, huesos y órganos para convertirlos en restos de carne sin vida.

De esa ocupación, pese a los pujos de independencia que se pretenden exhibir frente al imperio norteamericano, todavía el país permanece desorientado, atado y obligado a aceptar condiciones perjudiciales como las estipuladas en el Tratado de Libre Comercio, con el cual será necesario utilizar el ingenio para no vernos sucumbir. Quedará como tabla de salvación que el turismo se consolide y se orienten las empresas de zona franca para avanzar hacia su diversificación y competitividad para asimilar la oleada de productos que nos llegarán de Estados Unidos y de los países centroamericanos, de mejor calidad y precios, por persistir localmente la mentalidad fiscalista de las autoridades, las cuales, mientras estaban en la oposición repudiaban esos criterios pero al llegar al poder son los abanderados de los impuestos. De ahí que esos criterios de perjudicar al contribuyente y engordar a los políticos corruptos obliga a reflexionar si realmente valió la pena el sacrificio de tantos jóvenes valiosos hace 40 años.