Ayudando a Haití nos ayudamos a nosotros mismos

MARIEN ARISTY CAPITÁN

Desgarradoras, las imágenes dejadas por Matthew destrozaban el alma. Ver casas destruidas y gente que perdió lo poquísimo que tenía, implorando quizás por algo de piedad, fue un golpe duro a la moral. ¿Cómo es posible que las mayores desventuras recaigan siempre contra ellos? La naturaleza, macabra, nunca los perdona; ¿cuándo Haití podrá recuperarse si vive una tragedia después de otra?
Su desgracia también es la nuestra. Lo que se sufre allá repercute directamente aquí. Con nuestra débil y quebrantable frontera, sus miserias son las nuestras: heridos de hambre y abandono, la única vía que encontrarán será la de venir para acá en búsqueda, al menos, de comida.
Si el día a día era difícil, el huracán lo ha complicado más. Por eso chocó la actitud del Senado haitiano que, bajo una soberbia dignidad nacionalista, solicitó el retiro de las tropas dominicanas que fueron a Haití a llevar las ayudas que el Gobierno dispuso en cuanto se conoció el alcance de los devastadores efectos de Matthew.
Aunque al principio parecería que el pueblo haitiano rechazaba la ayuda enviada por la República Dominicana, las posteriores declaraciones del presidente haitiano, Jocelerme Privert, despejaron las dudas: además de agradecer el esfuerzo hecho, justificó la presencia de nuestros soldados. Al oír sus palabras recordamos que tanto aquí como en Haití hay voces nacionalistas que, aunque hagan mucho ruido y traten de joderlo todo, no reflejan el sentimiento de la mayoría. ¿Cuándo entenderán que apoyándonos nuestro futuro mejorará? Un Haití menos agitado detendría la intensa migración que nos llega. Es una apuesta para ganar ganar.