“Ayy, mi Santiago… ¡Quién te vio… y quién te ve!”

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“Hoy, en mi edición número cien (#100) de la Colección Píndaro, estoy incómodo… y no debiera estarlo… Hace unos años, mi amigo Herminio quiso retrotraer su pasado en el Parque Duarte de su querido Santiago… Se fue allá, con su cámara y trípode a tratar de recordar su niñez… correteando con la hoy su esposa Carmen Rosa… Me contó que, al llegar, se fue acercando con ojos vidriosos y emocionados… ¡Cuánta alegría retornó a su mente!… Desde la esquina 30 de Marzo con 16 de Agosto –ahora peatonal- …enfiló hacia la hermosa Glorieta con su techo siempre pintado de rojo… disfrutó del verdor de los árboles y se acercó a uno de los bancos… Desde allí, paseó sus ojos por cada detalle… cada pasillo interior… cada pedazo de baranda a la cual se aferraba y ponía su cabecita a través de su herraje para conversar…”.

“Contó que, mientras descansaba, alcanzó a ver Don Tomás… ¡su limpiabotas predilecto!… Se acercó a él con alegría… Ambos conversaron de la belleza que conservaba cada rincón del Parque Duarte y la frondosidad de sus centenarios árboles… Escuchando a Don Tomás, sus ánimos para fotografiar la vida cobraron nuevo impulso… Cariñosamente se despidió, y se trasladó hasta un punto de acceso al parque, desde el cual se divisaba la armónica perspectiva que proyectaba al fondo la magistral Glorieta… Mientras colocaba su trípode y sobre él la cámara, lente y filtro, por su izquierda se le acercó un frutero cuyo manjar principal lo representaban unos apetitosos mangos… Como si él se sintiera parte de esta composición artística, de inmediato se dio el permiso para colocar, justo en la parte baja del lente, su carretilla.”

Todavía recuerda Herminio cómo, mientras a través de él nacía lo que sería un recuerdo histórico del Parque Duarte, frente a él se incorporaban tres señoras que caminaban al descuido y conversando hacia el centro de La Glorieta… Por el otro lado, un señor entraba a escena, estableciendo con el color de su camisa un enriquecedor contraste… Al finalizar la fotografía, me dijo sólo le vino a la mente el bautizar su obra con: “Mangos bajitos”… Hoy, esa fotografía es parte de uno de sus libros y cuelga en paredes de amigos…”.

“Ayyy, mi Santiago… ¡¡¡quien te vio y quien te ve!!!… La semana pasada, fui invitado por Herminio a visitar su Santiago… Tan pronto llegamos, iniciamos un recorrido por sus lugares más céntricos… y, algunos de sus barrios… Aquellos rincones en los que, en su juventud, él acostumbraba transitar sin miedo y en libertad… Sin darme cuenta, eran ya cerca de las nueve y media de la noche… Uyyyy…. ¡El centro de la ciudad parecía –como dicen por ahí- una boca de lobo!… ¡Desierto!… Asombrado, delante de mi llamó a un amigo de años y, al comentarle nuestra impresión, su inmediata respuesta fue muy sincera: “Y tú ta loco!… ¿Y quién sale a esta hora en Santiago… buscándose una vaina y que lo asalten?”… Decidimos, entonces, irnos al hotel para refugiarnos en el descanso…”.

“Al día siguiente, Herminio me invitó a mostrarme aquel escenario captado en “Mangos bajitos” en su querido Parque Duarte… ¡Qué pena ante mis ojos el desastre!… Al parecer, unos depredadores a sueldo se la ensañaron contra su belleza, sustituyendo aquellos frondosos árboles por unas raquíticas y enanas matitas… Dicen en el pueblo, que los desarrolladores de esta barbarie ecológica la sustentan en el argumento de la necesidad de “un cambio de imagen”… Aaayyy, mi Santiago… ¡Quien te vio y quien te ve!… ¿Dónde están los ciudadanos de respeto, que no pararon ese desastre?