Bajaban de La Diferencia

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JUAN JOSÉ AYUSO
Murió el 25 de noviembre de 1960,  asesinado a palos y arrojado loma abajo por un risco de la carretera de Puerto Plata a Santiago. Parecía vivo pero no. Cayó junto al grupo de tres mujeres y otro hombre y el hecho era irremediable. Mientras vivía después, él mismo no se explicaba porque ni cómo, con una lucha ciega y sin pausas trataba de llenar lo que le había quedado.

La rabia de la impotencia llenaba de nuevas maldiciones los días desde el 14 de junio de 1959. Quizá no era tiempo ya de vivir. Dulce y decoroso es morir por la patria. O de conservar una vida miserable.

En enero de 1960 hubo más presos de los que soportaban la farsa y las cárceles. Los traían de todos los lugares y apellidos. La redada multiplicó a los prisioneros y la tiranía y sus vicarios militares, policías y agentes secretos entendieron que no se podía matar a tanta gente junta. Sobrevivirían casi todos.

Bajaban del Alto de La Diferencia. A mediodía, a un paso del invierno, el sol no calentaba. Los dieciséis hombres caminaban. Hacía frío. Algunos se movían con normalidad. La mayoría, con gran esfuerzo, mudaba apenas un paso tras otro. Casi todos habían sufrido veintitrés días de descubrimientos, resistencia y agonía por las montañas del norte, el sur y el este, y ya no tenían más que las fuerzas para rendirse. Entregarse todos para garantizar la vida de todos. Se había aprendido ya que siempre es difícil asesinar a un grupo grande. Y combatir hasta el último tiro y el último hombre hubiera significado aceptar la antítesis suicida de la insurrección.

     Él bajaba en medio de la columna, como correspondía, pero se ocupaba de ayudar a dos de los más débiles, cuyas mochilas habían tenido que cargar desde días antes porque ellos ya no podían hacerlo. Todos habían perdido el alerta del combatiente, vigilancia constante, movilización constante, desconfianza constante. La sentencia quedaba en el manual ya cerrado. Bajaban.

Desde ese instante,  él empezó a ver abajo y a lo lejos la figura de la mujer que le sonreía. No se pintaba como en un cuadro o en una fotografía sino real, de carne y hueso aunque rodeada de una débil luz azul. El hombre sonrió en respuesta y sintió recuperar casi todas sus fuerzas. Percibía delante y detrás la presencia de Tony, Rubén, Papito, Federico, Jaime, Caonabo, Reyito, Piculín, Manchao, Fonsito y José pero su vista, allá abajo, estaba fija en la mujer que le esperaba.

Para negociar la rendición, se decidió adelantar una comisión de cuatro de los que conservaban mayores fuerzas. Un par de horas de camino más abajo, Emilio, Leonte, Monchi y Alfredo se encontraron con la guardia. Traían en alto el código universal de la guerra que terminaba: pañuelos, camisetas y otros trapos blancos enganchados en las puntas de palitos, recogidos de las orillas del camino.

Una mueca de la suerte quiso  que, de la avanzada, solo uno sobreviviera. Les dispararon a los cuatro, que en los segundos del ataque se movieron, tres por un lado y uno por otro. Cayó el grupo y Emilio resultó con un rasguño en el antebrazo mientras sintió cómo acribillaban a sus compañeros. Los guardias no quisieron escuchar lo que les decían y dispararon como si respondieran para defenderse. Obedecieron a los instintos de la orden y de la costumbre de golpear y asesinar a gente indefensa. La comisión se redujo a ese único quien, apresado, no pudo hacer valer su información de que doce compañeros bajaban más atrás, desarmados también y con banderas blancas, para rendirse. La orden irrevocable del asesinato la había impartido el Embajador desde una semana antes a los civiles y generales subordinados. Había puesto en Palacio los puntos sobre las íes sobre una lápida sin nombres en una fosa común. No habría sobrevivientes del grupo principal.

En el yip militar en que lo conducían herido y detenido, y más tarde en el cuartelito donde lo confinaron, Emilio no escucharía las nuevas ráfagas y los solitarios tiros de gracia del atardecer pero sintió que sus doce compañeros eran también asesinados. Desde ese momento y siempre después se preguntaría porqué y para que había sobrevivido. También él llevaría a cuestas su vida como el suplicio de una muerte lenta y minuciosa.

Desde la solitaria número  nueve de la cárcel de la Policía, escribió a un director de periódico, con el cabito de un lápiz y sobre papel de cigarrillos y de la etiqueta de una lata. Estremecido por el dolor y la ira contra la muerte de que le había negado la gloria que repartió entre sus quince compañeros, contó de las banderas blancas y del asesinato masivo. El director no la publicó, con la intención de preservar la vida de Emilio o la suya, lo que quedó claro ni queda, cuarenta y cuatro años más tarde.

 (Miguelina empezó a transcribir la encomienda de un último documento, antes de salir a la misión más importante de su vida. El peor presentimiento le daba vuelta en la cabeza pero prefirió pensar en la victoria y sonreír. La secretaria tecleó sobre la Olivetti: 28 de noviembre de 1963 pero dejó todo así y tomó su cartera. Tenía que acompañar a los muchachos en el viaje que los acercaría a las montañas. Al regresar cumpliría el encargo pendiente.)

Bajaban con lentitud desde el Alto de la Diferencia. A lo lejos, Manolo concentraba toda su atención en la figura de Minerva que lo esperaba allá abajo. Detrás de ella, empezó a distinguir también a María Teresa, a Patria y a Rufino. Y volvió a renovar sus fuerzas. Bajaban. La brisa hacía ondear los pañuelos, camisetas y trapos blancos, como banderas de rendición, atados a las puntas de palitos que habían recogido como astas de mano.

En un momento escuchó el tableteo de los rifles automáticos y la boca le supo a metal. Delante, detrás y a su lado sintió caer a sus compañeros mientras él caía también. En los ojos fijos se le fijó la figura de Minerva. Días después, quienes lo desenterraron se sorprendieron al ver su cara, que no tenía retratado el espanto de la muerte sino una expresión de sosiego. Ese 21 de diciembre de 1963 saltó atrás los cuadros del calendario hasta el 25 de noviembre del 1960.