Bajo los azotes del huracán Belinski

http://hoy.com.do/image/article/331/460x390/0/CFB8F6E1-4E57-466D-BFD8-7229806B4C38.jpeg

POR LUIS O. BREA FRANCO
La publicación de “Trozos escogidos de una correspondencia con amigos” de Gógol, desató en Rusia un violento vendaval, que se manifestó con un intenso intercambio de cartas entre el escritor y sus amigos íntimos, y  públicamente, con un ardoroso debate en periódicos y revistas.

Entre los amigos entrañables de Gógol destacaba el crítico moscovita Sergiev T. Aksakov –padre de los dos máximos exponentes de la corriente conservadora que se oponía a tomar el Occidente como modelo de desarrollo, mejor conocidos como eslavófilos. Aksakov apreciaba verdaderamente a Gógol y cuando éste publicó la primera parte de “Las almas muertas” lo comparó con Homero.

En cuanto leyó el nuevo libro le escribió: “Has cometido un grave y mezquino error. El libro se presenta sin orden, es confuso, y está lleno de contradicciones. (…) En algunos momentos brilla tu anterior talento y es, por lo tanto, un libro que puede hacer daño; difunde las mentiras de tus aberraciones e ilusiones”.

En el plano público la obra provocó una furiosa polémica que resulta imposible reseñar por la diversidad y vehemencia de las intervenciones, aunque casi todas eran valoraciones negativas. A continuación reseño dos intervenciones: la del “despreciable” Bulgarin –como lo llama Turguéniev- y la de Belinski.

Faddev Bulgarin, enemigo de toda idea liberal, era considerado por los jóvenes escritores con cierta apertura mental a los nuevos tiempos, como el representante literario de la más odiosa reacción. Su legado literario es nulo, pues su obra no tiene categoría para ser recordada. Era director de la revista “La abeja del Norte”, y había sido un malévolo adversario de Gógol y de todo lo que su obra representaba como imagen viva de las bajezas y mezquindades, de las injusticias y abusos del sistema de vida vigente en el reinado de Nicolás I.

Bulgarin en su crítica al nuevo libro entona un canto de victoria por la recusación, por parte de Gógol mismo, de sus obras anteriores, que califica como ligeras bagatelas sin algún sentido moral.

Bulgarin proclamaba que sólo él tenía razón cuando juzgaba sin valor las obras del ucraniano. Su triunfo, ahora, aparecía completo, pues era el propio autor el que desautorizaba a los críticos que habían recibido positivamente obras como “El inspector general” y “Las almas muertas”.

La derecha más siniestra, representada por Bulgarin, recibió la nueva obra calificando a su autor como un “confeso hombre enfermo, inquieto y atormentado”.

El otro extremo de la crítica estuvo representado por Belinski. Éste había sido un firme defensor de la obra de Gógol, aunque había mostrado perplejidad por las disgregaciones “líricas” en “Las almas muertas”.

Su primera opinión sobre el nuevo libro del ucraniano la manifestó en privado, en una carta dirigida al escritor moscovita Vasili P. Botkin –muy conocido entonces, quien entre otras cosas dejó un libro de “Cartas de España”, donde describe el carácter y particularidades de ese país y su pueblo-, allí Belinski decía: “En realidad no he comprendido este libro, en él sólo encuentro posiciones equivocadas, es una intencional ignominia artística. Gógol es un Talleyrand, es un cardenal Fesch –tío de Napoleón I, famoso por sus ambiguos comportamientos políticos- que toda la vida ha engañado a Dios y en el momento de la muerte ha engañado al diablo”.

La crítica pública de Belinski aparece en un artículo de unas veinte páginas publicado en la revista fundada por Pushkin: “El contemporáneo”. El artículo fue desarticulado por la censura, según escribe su autor nuevamente a Botkin: “El artículo sobre el infame libro de Gógol habría podido ser extraordinariamente bien acabado si hubiese podido dar rienda suelta a mi irritación y mi furor. El censor, además, le ha cortado más de una tercera parte…”. El escrito a pesar de la queja de su autor es sumamente virulento, cargado de una feroz ironía burlesca.

Inicia señalando que el lector del libro: “… por un lado se sentirá golpeado con dura crueldad por la manifestación desnuda del orgullo humano, mientras que por otro lado, se enriquecerá de curiosos datos psicológicos sobre la mezquindad de lo humano”. Este comienzo marca el tono del escrito. Hacia el final, señala que, en apariencia, el libro lleva derecho al lector, guiado por la voz misma de Gógol, a sostener cinco supuestas “verdades inconmovibles”.

La primera, se desprendería de la confesión de Gógol de que no se siente satisfecho de su propia obra, ello lleva a pensar que al autor le falta talento. La segunda, procedería de la confesión del autor, de que su talento consiste sólo en saber pintar: “la vulgaridad del hombre banal”, en consecuencia, el genio del autor es mezquino e insignificante. La tercera conclusión resultaría de la declaración del escritor, que confiesa estar de acuerdo con quienes han criticado su obra y ser contrario a los que la han celebrado, por ende, los defensores de Gógol son pigmeos que intentan destruir los auténticos escritores.

La cuarta y la quinta consecuencia que algunos han derivado de la lectura de “Trozos selectos…” –según Belinski- se basaría en la confesión de Gógol, que reconoce que lo más importante para él es “salvar su alma”, por lo tanto, sus defensores han sido unos mentirosos; y finalmente, se concluye que como Gógol ha reconocido que debe aún estudiar bien la lengua rusa para luego ponerse a escribir, de ello provendría que todo lo realizado por el escritor no ha sido más que pura tontería que habría que dejar totalmente de lado.

Lo que Belinski describe como las “aparentes” conclusiones que se desprenderían de la lectura de la última obra de Gógol, en verdad, constituyen las líneas directivas de la refutación de Gógol por sí mismo según la han representado sus críticos más reaccionarios, en primer lugar Bulgarin.

Por su parte, Belinski se concentra en refutar la auto denegación de la propia obra realizada por Gógol y sus críticos reaccionarios, basándose en un solo hecho, en una realidad incontrovertible; afirma tajantemente, que ni siquiera el autor puede negar o disminuir la valoración social otorgada a su obra.

En efecto señala: “que importancia puede tener para nosotros si el mismo Gógol no reconoce su propia grandeza y el auténtico valor de su obra, cuando ya toda la sociedad lo ha reconocido y se ha reflejado en ella como ante un espejo. No, señores adversarios del talento de Gógol, habéis festejado en vano… porque a partir de este momento la obra de Gógol se leerá más que nunca y será a partir de ahora, que su talento será plenamente apreciado y celebrado…”.

A este ardiente grito en defensa de lo valioso de su obra, Gógol reacciona dirigiendo una breve carta a Belinski, en que se queja de que el crítico, además de humillarlo frente a todos, se muestra como un ser airado, furioso, destructivo, contra su endeble persona. Insiste en que en todo el artículo sólo encuentra superficialidad y rencor, voluntaria sordera y falta de comprensión, y le manifiesta que ello lo entristece y conmueve profundamente.

Cuando llega la carta de Gógol a las manos de Belinski este abandonaba Alemania por Austria, en un viaje en que intentaba buscar mejoría al grave estado de salud en que lo tenía una tuberculosis que ya comenzaba a entrar en su fase terminal –los críticos de Dostoievski señalan que la descripción del caso de tuberculosis del personaje de Ippolít, un personaje verdaderamente alucinado, en la magistral novela “El idiota”, quizás su mejor obra, fuese elaborado de sus recuerdos sobre la última gravedad de Belinski.

Será en la pequeña ciudad austriaca de Salzbrunn, donde Belinski podrá reconcentrar sus últimas fuerzas para elaborar su respuesta a Gógol, que escribirá como un demente, durante tres días, sin levantarse del escritorio hasta haberla concluido. Después de concluida la redacción la pasó en limpio él mismo. Su exposición no supera las cinco páginas.

Al llegar, luego, a París, Belinski encuentra Herzen, a quien leyó la carta antes de remitirla. Herzen en esos mismos días escribe a un común amigo en Rusia, al escritor Annenkov, donde lo informa del texto de Belinski y señalaba: “La carta es genial y es, quizás, su testamento”.

En efecto, el escrito de Belinski se considera como una gran joya de la literatura rusa. Los estudiantes, aún en la época de los zares, se lo aprendían de memoria, y después de la revolución del 1917, se considera como el más importante escrito de la crítica radical y era conocido y recitado por todo estudiante en la Unión Soviética.

Además, este escrito tiene para nosotros un valor histórico adicional. Fue por leer esta “Carta a Gógol” a un pequeño grupo de contertulios del “Circulo de Petrachevski”, que Dostoievski fue denunciado, apresado, juzgado y condenado a muerte en 1849. Una condena, que como es sabido, fue conmutada “in extremis” -faltando minutos para la ejecución. Iniciaba, entonces, el gólgota del escritor, cuando fue deportado como forzado a un campo de trabajo en Siberia, situación que a modo de catarsis describiría Dostoievski posteriormente, en sus poderosas  “Memorias de una casa de muerte”.

De hecho, la tercera sección, que era como se conocía entonces en Rusia a la policía política –su nombre deriva por ser los asuntos que le concernían objeto de la tercera sección o gabinete de la Cancillería Imperial, cuyo jefe, el conde Benderker, asistido del represor, general Dubel´t, despachaban personalmente con el zar Nicolás I- sólo entonces se supo de la existencia de ese escrito de Belinski, que el autor envió a su destinatario desde París a Nápoles, donde se encontraba el novelista. La carta de Belinski circuló en Rusia de manera clandestina y, como decimos, no fue conocida hasta dos años después de su redacción y al año de la desaparición del autor, que falleció en Petersburgo en mayo del 1848. Fue publicada en Inglaterra por Herzen en 1855, y en Rusia, completa, sólo en 1905.

La carta de Belinski debería ser conocida íntegra, pues constituye un himno a la dignidad y a la libertad humana. El tono del escrito es de durísima recriminación y las acusaciones son expresadas con claridad y fuerza.

“No se puede soportar la ofensa al sentido de la verdad y a la dignidad humana: no se puede callar cuando bajo la cobertura de la protección de la Iglesia y la protección del knut –las puniciones corporales- se predica la mentira y la inmoralidad como si fuesen verdad y virtud” –escribe Belinki.

“Rusia no busca su salvación ni en el misticismo, el ascetismo o el pietismo, sino en los sucesos de la civilización, de la instrucción, de los ideales humanitarios. Rusia no tiene necesidad de prédicas -¡cuántas ha recibido!-, ni de oraciones -¡cuántas no ha realizado!-; sólo tiene necesidad de que el pueblo despierte al sentido de la dignidad humana, perdida en tantos siglos de fango y podredumbre; tiene necesidad de derechos y leyes, no de la enseñanza de la Iglesia; tiene necesidad de buen juicio y de justicia, y de una aplicación rigurosa de la ley”.

Más adelante recuerda a Gógol los temas que eran de actualidad en la opinión pública rusa y de los que él no habla: la liberación de la servidumbre, la abolición de las penas corporales, la necesaria vigencia de un orden legal y el fin de la arbitrariedad y los abusos. 

Subraya, que la Iglesia es jerárquica y por ello apuesta por la desigualdad,  adula el poder y es enemiga de la hermandad humana. Más cercano a Cristo está: “Voltaire, que con las armas de la ironía apagó las hogueras del fanatismo y la ignorancia, y es carne de la carne de Cristo, más que todos los sacerdotes, obispos, metropolitas y patriarcas”.

“El libro es indigno, su autor es predicador del knut, apóstol de la ignorancia, protector del oscurantismo y la reacción”, concluye Belinski.