Balaguer y los dominicanos

ÁNGELA PEÑA
Al margen de la pasión política, justo es reconocer que Balaguer fue un gran conocedor de la psicología del dominicano, a pesar del acentuado racismo, de la  acomodada interpretación de algunos hechos o pese a que aprovechara sus saberes para sacar ventaja política a costa de las deficiencias, debilidades, flaquezas y codicias de ese criollo manipulado, burlado, humillado o utilizado por él gracias al dominio que tenía de su carácter ambicioso, su temperamento doblegable, su individualidad fácilmente alucinante e ilusionista, sobre todo si de políticos se trataba.

El ex Presidente escribió muchos libros, algunos novelescos, con poco valor histórico o literario, otros producidos para satisfacer necesidades familiares o complacer su ego que nada aportan a la historia, la política, las letras. Pero hay obras suyas que perdurarán demandadas por los siglos, obligatoriamente consultadas por la esencia válida de su contenido que a pesar de lo añejo de los relatos parecen escritas en este preciso momento. Para estudiar al dominicano, por ejemplo, son imprescindibles La Isla al revés y Los Carpinteros, aunque algunos tratados del pensamiento balagueriano haya que extraerlos con pinzas por el interesado retorcimiento de muchos de sus análisis.

Los Carpinteros es un libro para repasar, aunque hay que releerlo cada cuatro años para comprobar que el dominicano de hoy es el mismo de los tiempos de Lilís, Cáceres, Horacio Vásquez, Trujillo, Hipólito y del propio Balaguer, que tuvo mucho de lo que narra de sus homólogos antecesores, sobre todo de los más funestos. Ahí habla de Manuel María Gautier, al que los Azules bautizaron “El Corcho” porque sobrevivió a muchas tempestades políticas y siempre flotaba, insumergible, en todas las administraciones.

Describe a los áulicos, consejeros, barraganes, correveidiles y calieses de que se rodeó Heureaux, convertido en el amo del país gracias a su sagacidad política y al vigor de su espada, cuyo harén “se fue enriqueciendo con doncellas de todas las clases sociales: rubias de ojos claros, trigueñas de tez mate y soberbios ejemplares de raza negra con la noche en la piel y el día en las caricias”. Lilís, dice Balaguer, “no era un Adonis, como fueron González o Cáceres, “pero era pulcro en el vestir, exquisito en el trato con las mujeres e inagotable en el amor”.

Afirma Balaguer, revelado en este libro como sociólogo, costumbrista, maestro en el arte de amar y, desde luego, político, que el poder, como la luz a las mariposas, atrae a las mujeres, que pocas escapan a la extraña fascinación que ejerce sobre el sexo femenino la ropa militar, lo que explica, según él, el dominio de guardias y policías sobre éstas, principalmente las de condición social ínfima. Por eso asegura que “el que fue un día militar no se acostumbra nunca a vivir sin esa ropa mágica que tiene la virtud de cambiar no sólo su aspecto exterior sino también su misma psicología”.

Desarrolla además los temas de la polilla palaciega, el arribismo, la soledad del poder y toca asuntos ajenos a la política como las relaciones sexuales entre hermanos, el origen de la mangulina, el retorno de las ciguapas, la vanidad, los celos. Revela lo arraigado que es el celestinaje entre los criollos, de lo que hacen carrera muchos hombres públicos e invita a no olvidar esta verdad del refranero popular: “Si quieres saber quien es Mundito, dale un mandito”. Aunque cita a Trujillo, a Johnny Abbes y otras figuras del acontecer reciente, el libro es la historia de los más trascendentes protagonistas dominicanos del siglo antepasado, a los cuales estudió Balaguer tan detallada y detenidamente que tal vez se contagió de sus conductas pues en cada uno el lector parece adivinar un ligero parecido con el autor y muchas de sus nefastas ejecutorias.