Balance oneroso

Mientras para muchos políticos con funciones de Estado o vocación por alcanzarlas la prioridad era valorar el costo político de sus decisiones en función de sus expectativas propias, mediatas o inmediatas, se estuvo barajando y eludiendo el deber de enfrentar oportunamente todo aquello que pudiese poner en riesgo la tranquilidad, la paz social, la armonía que se precisa para una sana convivencia.

Se soslayó por mucho tiempo, de manera irracional y pecaminosa, el costo social que tendrían para el país, a la corta o a la larga, de las omisiones, las deserciones al deber, las complicidades y todo lo que abonaba el terreno en que iban germinando las ocurrencias reñidas con la moral y la ética, con el respeto al derecho ajeno y otras prerrogativas de la convivencia social.

El balance que tenemos hoy por causa de ese laborantismo insensato tiene un costo social que para poder solventarlo nos demandará mucho esfuerzo y recursos.

-II-

El informe sobre el Plan de Seguridad Democrática, que ha sido puesto en manos del Presidente Leonel Fernández, retrata ese balance oneroso a que nos referimos. El mismo pone de manifiesto que el hecho de haber actuado de manera irresponsable ante la delincuencia y la criminalidad, cuidándose cada uno de agenciarse los más bajos costos políticos mientras se descuidaban los costos sociales, ha sido un yerro que ahora constituye no sólo una preocupación muy justificada para todos, sino, fundamentalmente, una amenaza grave para la paz social y, aunque parezca exagerado, para el sistema democrático mismo.

Las “naciones”, esas pandillas que siembran el terror en muchos barrios, son hechura de mucha irresponsabilidad acumulada, todo en aras de unos costos políticos que siempre debieron resultar inocuos para las aspiraciones particulares, no así para la paz social.

-III-

No será –podemos asegurarlo- tarea de organismos represivos o fuerza policial el desarticular a estos grupos, que encuentran como aliado y protector al narcotráfico, y líbrenos Dios de que a uno que otro político se le ocurra que pudieren ser útiles para apuntalar sus apetencias de poder.

Durante muchos años los políticos cometieron el pecado de regatearle a la niñez la oportunidad de una buena educación y una estabilidad hogareña, al menos en términos económicos, que resultase aceptable. A la juventud, también, le afectó la mezquindad en cuanto a oportunidades de trabajo  y preparación.

No habiendo dejado otros caminos que los vicios y  la violación de las normas de coexistencia civilizada, los políticos de todos los tiempos nos han dejado esta herencia, que podemos denominar “naciones” o como querramos.

Las precauciones para abaratar los costos políticos se nutrieron de las irresponsabilidades que han acarreado estos costos sociales tan onerosos. ¿Tarea de simple policía? ¡Claro que no!