Baní: esplendor natural

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POR MARIEN A. CAPITÁN
LAS CALDERAS, BanÍ.- La paleta se ha desperezado temprano. El sol, consciente de su labor, la ha tomado de la mano para guiarla por cada uno de los caminos del sur. De repente, sin embargo, detiene su marcha: la arena, hecha eternidad, la obliga a parar.

Partícula a partícula ellas han creado el paraíso.

Son las dunas, grandiosas, que se presentan como un magnífico reto: el de ser capaz de caminar sobre ellas, escalarlas, domarlas… fundirse en su piel y ser parte de sus entrañas.

Los veinte pesos que cuesta atravesar el umbral de la entrada parecerían absurdos cuando se da los primeros pasos sobre las dunas. La vegetación salpicando alguna que otra montaña; el mar a lo lejos; el manglar más allá y las flores bailando, al compás del viento, frente a nosotros. Son muchas las razones para hacer esta aseveración.

Junto al cielo limpio, azul, azulísimo, es un placer dejar que los pies se entierren un poco en la arena (a propósito, por estos predios los jeans y los tenis son las prendas de rigor). También lo será conquistar los espacios y sortear las difíciles subidas y bajadas que se presentan a cada instante. Con suerte, además, podremos disfrutar del espectáculo de encontrar a una chiva recién parida que defiende a su cría con recelo.

Paso a paso la mirada queda corta. Demasiada arena, demasiada inmensidad. Nadie sabe hacia dónde girar. Es por eso, de pronto, que el alma vuela y se entretiene. Luego, al regresar, toca continuar.

Es entonces cuando la incertidumbre llega. ¿Continuar hacia adelante, enfrentando algún camino hostil, o regresar? No, no se puede regresar. Los pasos jamás se pueden desandar. Así podremos confirmarlo cuando se empiecen a suceder los cactus, parte importante de este agreste y desértico follaje que se espesa en algunos rincones.

Después, tras un original jardín de sábila, se llega a los pies del manglar. ¡Qué dolor y qué vergüenza! ¡Qué forma de destrozar un día, una impresión, una dicha! Los desperdicios, las botellas rotas, la inconsciencia, la falta de educación: la muestra de que en este país falta mucha civilización.

Pese a ello, las ollas oxidadas o los restos del fuego que una vez se encendió, volvimos a enamorarnos. Esta vez fueron los troncos mancillados del manglar; los árboles del humedal y el sol que besaba todo aquello con una ternura infinita.

Perdidos en medio de ese mundo casi lúdico, enloquecemos con la imagen de una montaña de caracoles que nos salió al camino. Inquietos, a pesar de su inanimada personalidad, parecerían hablarnos y pedirnos cobijo. Eso hicimos. Y así, llevándolos con nosotros, nos despedimos de esas mágicas e indomables dunas.

SAL, ÓXIDO Y MAR, TRES INGREDIENTES Y UN ESPACIO

Misterio que se presenta ante nuestros ojos sin que podamos descifrarlo. Rosados, marrones, grises… colores que se añejan mientras el mar deja de ser mar y se convierte en sal.

Es domingo. Todo está en calma. Las montañas de sal, que suelen ser parte importante de este escenario, hoy no están. En su lugar, los troncos que las cuidan lucen descubiertos, solos, tristes.

Nosotros queremos consolarlos. Pero no sabemos cómo hacerlo. Lo intentamos. Subiendo hasta la caseta de madera en la que se manejan los oxidados vagones que transportan la sal desde las canteras, deseamos ser parte de ellos. No podemos. Una cruz nos dice que jamás lo lograremos.

No la escuchamos. Después de sortear unas frágiles escaleras y tentar a la suerte estando sobre este espacio que parecería caer en cualquier instante, quisimos entablar una conversación íntima con estos troncos. Ellos, para nuestra sorpresa, no quisieron escucharnos.

La resignación llegó a nosotros. No podíamos hacer nada más. Habíamos robado parte de la esencia de esta mina. Descubrimos sus secretos. Indagamos en el tiempo. Con un lente, y una dosis de inspiración, arrancamos algunas de las fibras que se escondían aquí. Con ellas, y el mensaje de que jamás los troncos nos aceptarán en lugar de la sal, nos fuimos hasta Punta Salinas.

Una vez allí, el mar nos recitó mil poemas. Cada pequeña ola, matizando el horizonte, se vestía de alegría para nosotros. Con ella, y obviando los incómodos mosquitos que nos desesperaban, nos quedamos para siempre.

DETALLES PRACTICAS

Para ir a Baní es imprescindible llevar bloqueador solar y repelente para los mosquitos.

¿Le gustaría un coco de agua antes de llegar? La parada es la Plaza del Maíz, un grupo de casetas en las que encontrará desde una coca cola hasta un majarete o una arepa.

Si come en Punta Salinas apueste por el pescado: no se arrepentirá.

No olvide comprar sus dulces en las Tres Marías.

Si va a caminar por las dunas, llévese un par de botellas de agua. El cuerpo lo agradecerá.