Barack Hussein Obama

El triunfo electoral de Barack Obama debe ser recibido como lo ha sido: con entusiasmo, con fe y optimismo, realista no desbordante. Obama, como político ducho podría estar inspirado en las más nobles aspiraciones: una sociedad más justa; una democracia mayormente comprometida con el bienestar de las mayorías y no con la ambición desmedida de los todopoderosos (Club Bilderberg) y sus políticas agresivas neoliberales; con una nación más digna, que ejerza su liderazgo natural en defensa de causas y principios humanitarias y éticos, y no basado en “razones de Estado” de un poder hegemónico que apuesta y fortalece intereses lesa patria y lesa humanidad.

Lo importante del triunfo de Obama no es lo que se destaca con un dejo harto racista y discriminatorio: que un negro afro-americano, con nombre extraño y “musulmán” por añadidura, haya llegado a la por primera vez a la Casa Blanca. El hecho es decididamente cierto y significativo. Pero no es lo más importante.

Lo mayormente trascendente debe buscarse en la capacidad de reacción contra el actual estado de cosas de parte de la sociedad norteamericana decidida por el cambio, compuesta por una mayoría blanca y las diversas minorías integradas por otras razas y otras etnias históricamente vejadas, deshonradas, discriminadas.

Lo importante es saber si ese triunfo político-electoral lo produce un voto emotivo –y como tal- cambiante dependiente de las expectativas, individuales y colectivas, forjadas al calor del debate; o si realmente responde a la madurez de una sociedad verdaderamente hastiada de las tantas mentiras, de los crímenes de Estado, de la intolerancia, de las guerras desgarradoras y sangrientas que ocasionan muertes, torturas, desolación y resentimientos, y provocan actos terroristas en respuesta al terrorismo oficial del poder legalizado.

Barack Obama tiene muchos enemigos. Enemigos poderosos que no han renunciado y apuestan a la doctrina del Shock, del capitalismo del desastre, bautizado y denunciado valientemente por Noami Klein, para preservar y acrecentar su dominio indecente. Estas fuerzas ocultas, siniestras, provocarán las condiciones para lograr desencantos y cambios que favorezcan su inacabable codicia.

Como ya advertía el maestro glorificado de los Chicagos Boys y del neoliberalismo, Milton Friedman: “Sólo una crisis real o percibida como tal, produce el verdadero cambio. Cuando ocurre esa crisis las acciones que se emprenden dependen de las ideas existentes en aquel momento”.

La lucha por el cambio será tenaz y difícil. Inevitable. Requerirá integridad y valor, como mucha habilidad y prudencia del nuevo presidente y de su gabinete en el manejo del complejo ajedrez político mundial en el que los Estados Unidos están llamados a jugar un papel estelar.