Barrabás

JOSÉ ANTONIO NÚÑEZ FERNÁNDEZ
Comienzo diciendo que una noche del 1963 invité a mis amigos ya idos, Orfelina Columna Gautier y Guillermo Rodríguez Sthal para que asistiéramos al cine Rialto a ver una película de la cual esperaba sacudimientos y aturdimientos emocionales.  Se trata de una cinta de Hollywood que se basaba en una corta novela por la que en el 1951 se había dado al sueco Par Largerkvist el Premio Nobel de Literatura que otorga la famosa Academia Sueca.

Sabía que Largerkvist era un extraordinario escritor de origen humildísimo, un aldeano hijo de gentes pobrísimas; pero que había logrado graduarse en la Universidad de Uppsala y que a los veintidós años, en la Ciudad Luz, en París, ya se encontraba metido entre los escritores llamados de La Vanguardia. Este hombre ya había merecido laureles por su labor literaria y en el 1951 mereció el Premio Nobel por su sensacional y estremecedor libro “Barrabás”. En verdad, yo conocía del genial escandinavo su trilogía: El Verdugo, El Enano y Barrabás.

Sabía que su primera obra trataba del surgimiento del nazismo hitleriano que a partir de 1933 amenazaba arrasarlo todo y destruirlo todo. Ese libro encierra una defensa de los valores culturales y morales de la humanidad.

En la segunda obra “El Enano” dio a conocer poemas líricos y cantos épicos en defensa de la patria amenazada por la brutalidad de la Segunda Guerra Mundial.

La tercera obra, “Barrabás”, fue la que lo hizo merecedor del Premio Nobel de Literatura. Y como expresamos anteriormente el cine americano convirtió la bíblica leyenda en una sensacional y colosal película. Para mí, muy en particular tal vez, resultaba asaz interesante el tal personaje. Conocía a Barrabás bajo tres puntos de vista: Ya como un foragido, un salteador de caminos; ya como un agitador político; ora como un rebelde, casi como un patriota que espada en mano se había enfrentado a los intrusos romanos, que a todas luces eran los imperialistas de entonces.

Estábamos en el 1963, en pie todavía teníamos el democrático y honrado gobierno del profesor Juan Bosch. Para entonces un desvaído Rasputín y algunos nematelmintos se encontraban en la odiosa tarea de las falsas acusaciones, para santificar en apócrifos altares a una que otra peligrosa figura. Por ende el peligro se cernía y aleteaba sobre las cabezas sanas y pensantes de la nación dominicana.

Pues bien, vamos enseguida a la reiteración. Una noche del 1963 invité al cine Rialto a los amigos Orfelina Columna Gautier y Guillermo Rodríguez Sthal. Fuimos a presenciar en la pantalla, cuando el Pretor de Roma Poncio Pilatos, para la más famosa crucifixión de la historia puso a elegir al pueblo entre el manso y justo Rabino de Nazareth y el salteador de caminos Barrabás. Entonces el pueblo de manera desaforada gritó: ¡Suelta a Barrabás! ¡Suelta a Barrabás!.

El salteador, agitador, o rebelde Barrabás, estupefacto, confundido, sin entender nada, asistió a la Crucifixión.

El escuchó cada una de las Siete Palabras de amor y de perdón que Cristo pronunció. Barrabás no entendió, no comprendió  ninguna de esas divinales palabras.

Ni siquiera aquella mediante la cual perdonado fue el buen ladrón. Barrabás estaba presente, pero no comprendía nada. Vio las tinieblas tras la muerte de Cristo, sintió el sacudimiento de la tierra…Y no alcanzó a dilucidar nada, ni siquiera la confusión mayúscula de los judíos deicidas. Barrabás a la distancia contempló el entierro del Justo y no comprendió nada. ¡Pero ya no sería el mismo! No volvería a robar en los campos, o a agitar en las plazas, o a empuñar hierro contra los romanos. Como un autómata, como un obnubilado buscaría la gracia, la fe y la calma… Y no lograría encontrar nada, absolutamente nada. Su mentalidad era salvaje, era primitiva. La luminosidad de las ideas de Cristo no estaban a su alcance. Estaban fuera de sus límites mentales. No obstante, a pesar de todo continuaría confundido, ensimismado. ¿Habría sido convertido, el salteador de caminos? Solamente era un hombre admirado, sorprendido de lo que había visto… Y nada más.

No recuerdo si el magistral papel cinematográfico lo hizo el gran Anthony Queen.

Veo todavía a Barrabás ya viejo, encadenado en una mina, trabajando como esclavo; como compañero teniendo a su lado a un tal Sahah, que sí tiene el don sagrado de una cabal gracia espiritual.

Qué gran película fue esa. Qué grande aquello; en el final Barrabás sigue detrás de la fe, pero en su mentalidad rústica, casi salvaje, no entra la gracia. Y oh misterio. Como un manso cordero se une a un grupo de cristianos que marchan hacia el sacrificio. No le importan los martirios, Barrabás no cree y sin embargo los cristianos lograron fascinarlo… Y mansamente lo arrastraron hasta la muerte.

Pocos días después de esa impactante película que vimos, en ese 1963 se desbordó el río revuelto del 25 de septiembre… del artero madrugonazo.

¡Perdónalos, Barrabás! ¡Perdónalos a ellos, los culpables!