Becas del MESCYT, reforma y desequilibrios

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Haciendo galas de su condición de excelente reportera, la comunicadora Pilar Moreno entrevistó a varios expertos y entendidos en materia de educación superior (incluyendo a este humilde servidor) en busca de respuestas acertadas relacionadas con la pertinencia y calidad del Programa de Becas Nacionales e Internacionales que, desde hace más de una década, han venido llevando a cabo los gobiernos peledeístas a través del Ministerio de Educación Superior, Ciencia y Tecnología, en beneficio de miles de profesionales egresados de nuestras universidades que han hecho realidad su sueño de cursar estudios especializados en encumbradas universidades nacionales y extranjeras.
Al igual que otros, Pilar Moreno no está convencida de que la multimillonaria inversión que esos gobiernos han venido haciendo en el Programa de Becas ha estado acorde con las necesidades de desarrollo económico y social del país. De las personas consultadas por Pilar Moreno al respecto, la comunicadora recibió respuestas diversas y algunas inesperadas como la del doctor Félix Farías Campos, quien consideró que el Programa de Becas al cual nos referimos es “improvisado y medalaganario y no responde a las necesidades del país, porque su implementación no estuvo avalada por un estudio científico”. El autor de este artículo considera justamente lo contrario sin dejar de admitir que dicho programa debe ser revisado para aunar más en su fortaleza y corregir sus debilidades.
El enorme crecimiento de la demanda de educación superior ocasiona problemas difíciles de resolver como los derivados del elevado número de estudiantes, las precariedades del personal docente o las cuestiones de infraestructuras. A su vez, los avances tecnológicos están modificando profundamente la naturaleza de la actividad productiva. Hoy, el desarrollo de un país depende más de la capacidad de conocimiento y de la información que se tenga que la cantidad de energías, de recursos y de capital de trabajo. En la actualidad es dado observar cierta tendencia hacia la desmaterialización del proceso productivo, es decir, hacia la menor utilización de materias primas y mayor incorporación de intangibles. Más claro: hoy se podría producir la misma cantidad de bienes que hace una década con un tercio menos de las materias primas utilizadas antes. Frente a hechos como ésos, las universidades de aquí, y de muchos países del mundo, han ido perdiendo frente a sus estudiantes sus características diferenciadoras y haciéndose cada vez menos intercambiables.
El trabajo profesional de hoy exige nuevos y renovados conocimientos; demanda de quienes solicitan su ingreso al mercado laboral la misma competencia y actitudes que en ocasiones no coinciden con las que deberían desprenderse de la posesión de un título universitario. En ciertas y determinadas circunstancias, podría afirmarse que un título universitario de pregrado ya no abre la puerta del mercado de trabajo. No son pocos los egresados de ese nivel que, luego de haber logrado emplearse, manifiestan que para desenvolverse bien en su trabajo no precisaban de los conocimientos correspondientes a sus estudios. Hemos vivido bastante como para haber sido testigo de la evolución de una sociedad dominicana que ha tenido que recorrer un largo camino entre el atraso y el progreso, entre las viejas costumbres y las más de las avanzadas tradiciones, en un continuo proceso de avance unas veces y de desarrollo otras.