Beirut vive la guerra entre quienes la sufren
y los que desean olvidarla

Por Fernando Fernández
 BEIRUT,  (AFP) – Desde que comenzó la ofensiva israelí contra Líbano, la capital muestra dos realidades opuestas: la de los barrios céntricos donde resulta difícil imaginar que hay guerra y los suburbios del sur donde el conflicto golpea los sentidos cuando se atraviesa la frontera invisible.

Esta dualidad salta a la vista cuando se llega a la capital libanesa por la única vía de acceso segura en uno de los barcos, civiles o militares, que van y vienen entre Beirut y Larnaca (Chipre).

Al llegar, la primera imagen del conflicto la dan los navíos militares anclados en la bahía, frente a la imponente ciudad y sus edificios modernos y avenidas junto al mar, donde hay gran circulación de automóviles.

Pero la guerra parece más cercana en los muelles del puerto.

En medio de los numerosos militares libaneses que patrullan los muelles llegan los refugiados que huyen del país.

Algunos llegan en autobuses, otros en automóviles, todos protegidos por una garantía, que puede ser un salvoconducto o una bandera blanca o la de un país no beligerante desplegada sobre el techo del vehículo.

La guerra se lee en sus miradas ansiosas hacia la compuerta del transbordador que los llevará lejos de allí, en las expresiones fatigadas y en sus vestidos arrugados.

Fuera del puerto, a unas cuadras, y sobre todo en la avenida Amra y sus arterias adyacentes, en el centro de Beirut, las calles están llenas de gente paseando junto a tiendas con artículos de lujo.

En las terrazas, muchachos jóvenes que se notan acomodados combaten el calor bebiendo limonadas o jugos de frutas mientras miran pasar las muchachas vestidas a la moda occidental.

Uno de ellos comentaba que desde el inicio de los bombardeos israelíes se ha visto un cambio en el centro, pues hay mayor presencia de mujeres con la cabeza cubierta con el “hijab” (pañuelo tradicional musulmán).

No lejos del centro y a sólo cuatro cuadras de la avenida Amra, una escuela pública ha sido habilitada como centro de refugiados.

La mayoría de las mujeres que se ven allí llevan el “hijab”, se afanan con sus chiquillos o extienden los colchones donde duermen en el suelo para ventilarlos. Vienen de los suburbios del sur, donde se han concentrado los ataques de la aviación israelí.

Para ir a los barrios del sur desde el centro se sigue la carretera que lleva al aeropuerto y que la gente ha bautizado Boulevard Ayatola Jomeini, como antes la llamaban avenida Hafed el Hassad, nombre del ex presidente sirio.

La entrada del barrio Haret Hrelk, no lejos de donde se dice tiene su cuartel general el jefe del Hezbolá, el jeque Hassan Nasrala, está marcada por un gigantesco cráter de unos diez metros que dejó una bomba y que ocupa todo el espacio del cruce de cuatro arterias.

Aquí la guerra salta a la vista en los edificios de viviendas populares arrasados y en los puentes destruidos. También huele a humo, a incendios mal apagados y a explosivos.

Las calles están vacías y los únicos vehículos que circulan lo hacen a gran velocidad.

Todos los apartamentos fueron abandonados y desde las ventanas abiertas, cuando no destruidas, flotan las cortinas como si fuesen miles de banderas.

La presencia del Hezbolá se ve en los milicianos poderosamente armados que custodian algunos cruces donde han instalado puestos de control o barreras infranqueables.

Hay muchachos en motonetas que recorren las calles y que se ponen junto a cualquier vehículo que no sea conocido en el sector y que ellos se encargan de guiar hasta uno de los puestos de control.

Para resaltar que se vive la guerra, las escasas personas que hurgaban en algunos escombros corren cuando se escucha el ruido de un avión.

Un miliciano uniformado, con casco y armado, nos hace señales de que tenemos que irnos.