Bienaventurados los que luchan

Uno de los más hermosos pasajes del Evangelio es el capítulo 5 de Mateo, que cuenta cuando Jesús subió al monte y contemplando la multitud que le seguía comenzó a bendecirles cantando las buenaventuras de los pobres, de los mansos, de los pacificadores. Llama la atención esa de bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados, y los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

Algunos no hemos podido entender la primera buenaventura, la que se refiere a “los pobres de espíritu”, a quienes se hace compartir también el reino de los cielos. Tal vez Jesús quería referirse a los humildes, a los sencillos, pero no a lo que en nuestra época entendemos por pobre de espíritu, que son los que se tiran a muertos, los que se dejan vencer, los que se resignan a la “mala suerte”.

Si el humilde rabí de Galilea nos permitiera agregar una buenaventura, la dedicaríamos a la antítesis de los pobres de espíritu, a los que luchan no un día, ni un mes, ni un año, sino toda la vida. A los que no se resignan frente a las adversidades, a los que creen que siempre es posible cambiar el curso del mundo.

Siempre hemos tenido admiración por los que en las empresas y en las comunidades reclaman, promueven cambios y mejorías colectivas. Esos son los que sirven, los que producen y encarnan el progreso. Nos disgustan los cobardes que viven del lamento, los que nunca se atreven a elevar la voz, los eternamente cabizbajos.

Entre los que luchan hemos sentido particular respeto y estima por los que emigran buscando mejorar sus condiciones de vida y el progreso familiar. Ellos son y han sido siempre la sal de la tierra.

Hay que sentir comprensión  para esos millares de seres humanos que se lanzan a cruzar mares y desiertos buscando la tierra prometida del progreso, donde una vez ponen sus pies se convierten en los mejores trabajadores, en los que no pierden horas ni circunstancias para buscársela. Como  los dominicanos y dominicanas en Estados Unidos, en Puerto Rico, en Europa, y a los haitianos y haitianas  aquí.

Por eso cada vez que zozobra o desaparece una yola sufro una profunda descargada espiritual, como si todos los perdidos fueran de los míos, y al mismo tiempo  me invade  una indignación con los traficantes que abusan del deseo de progreso de la gente y los embarcan en condiciones tan inhumanas.

Hace apenas unas semanas sufrimos dos zozobras casi seguidas, en un caso con muchos que fueron capturados al llegar exhaustos a una playa de Florida, en el otro cuando cuatro fueron rescatados casi moribundos de un naufragio en el que murieron más de treinta, contando que pudieron sobrevivir alimentándose de los que iban muriendo. Esta semana la comunidad de Villa Rivas llora por la suerte de unos 90 que partieron el 13 de noviembre para Puerto Rico pero una semana después no se sabía su paradero. Todavía estamos orando y esperando que aparezcan vivos en cualquier parte. Para que puedan volver a aventurarse, aunque reconozcan que “la mar estaba que comía gente” como expresó  Belkis Lugo,  rescatada de un naufragio hace justo cuatro años.

He conocido muchos que han naufragado hasta dos veces o que han sido capturados en múltiples casos. En Teleantillas trabajó un joven rico de espíritu que llevaba nueve intentos frustrados por llegar a Puerto Rico y aseguraba que el décimo sería el de la victoria. Dejé de verlo y no he podido establecer si alcanzó su objetivo.

Debemos deplorar las extremas condiciones en que muchos se aventuran y perseguir a los responsables de una explotación que reúne a 90 personas en una frágil embarcación. También que se nos vayan tantos miles de emprendedores, de los que no se resignan, que no son los pobres de espíritu, sino los ricos en iniciativas y valor.

Donde quiera que hayan ido a parar los 90 de Villa Rivas, desde aquí levantemos los sombreros del alma para saludarlos y desearles la recompensa que esta sociedad niega a una alta proporción de sus hijos. Bienaventurados los que exponen la vida de un solo cantazo para no morir poco a poco en la desesperanza. Sus sufrientes familiares deberán recordarlos como emprendedores y valientes.