Bin Laden y Al Zawahiri, dos cabezas valiosas

¿Qué efecto tendría la captura del Dr. Ayman al Zawahiri en la campaña de Estados Unidos contra al Qaeda?

Desde el 11 de septiembre de 2001, muchos de los dirigentes originales de al Qaeda han sido capturados, asesinados o se han dispersado. Los dos sobrevivientes más destacados –Oussama bin Laden y Ayman Al Zawahiri, su lugarteniente– llegarán a ser asesinados o capturados si no en la operación que actualmente se lleva a cabo en Afganistán, sí en alguna otra que le siga.

La captura final de cualquiera de estos dos asesinos terroristas, o de ambos, será un claro y simbólico ajuste de las cuentas pendientes del 11 de septiembre de 2001. Tranquilizará el sentido de justicia de todos los estadounidenses. Sería una retribución para quienes siguen acosados por los sucesos de Nueva York, Washington y Pensylvania.

Empero, a esta fecha tan tardía, la pérdida de estos dos dirigentes, en términos reales, significaría muy poco para la red de Al Qaeda. Los extremistas islámicos que se reunieron en torno de Bin Laden en los años ochenta y noventa regresaron a su país de origen donde, como el cáncer, se esparcieron por metástasis, convirtiéndose en organismos autosuficientes y mortales, que desde entonces han causado la muerte en Estados Unidos y sus aliados, en lugares tan apartados entre sí como el este de +frica, Bali, las Filipinas, Marruecos, el Irak ocupado y ahora España.

Así pues, más que considerar que la yijad que surgió de los campamentos de Afganistán es una estructura jerárquica de muerte, similar a lo que fuera el Comintern, la Internacional Comunista del siglo pasado, o como el organigrama de la familia Gambino con nombres árabes, debemos pensar más radicalmente que lo que ocurría en los campamentos de entrenamiento de Afganistán era una reunión de movimientos diversos, pero relacionados de alguna manera.

Existe una sensación de pertenencia en el movimiento yijadista, diabólico como es, pero nada que se parezca a un mando central.

La mayoría de los muyajidin, los combatientes de la yijad, quieren hacernos creer que derrotaron al ejército soviético al lado de Bin Laden en las montañas de Afganistán. Pero hay que considerar lo siguiente: la mayoría de los 19 muyajidines que secuestraron los aviones el 11 de septiembre tenían menos de 15 años de edad cuando terminó la ocupación soviética.

Los orígenes de al Qaeda pueden encontrarse en un grupo de menos de 300 extremistas islámicos, los muyajidines originales, que juraron fidelidad a su sheik, Ossama Bin Laden, entre diez y veinte años atrás.

Durante esos años, pasaron por Afganistán decenas de miles de aspirantes a Bin Laden, que quedaron atrapados en el espíritu de odio y nihilismo que allí encontraron. Muchos de ellos quedaron registrados en la base de datos (“qaeda” en árabe) elaborada por Bin Laden; de ahí el nombre de la organización. Algunos se quedaron en él; pero la mayoría se marchó, llevando consigo el mensaje.

Washington ciertamente será implacable en su cacería de los restos de al Qaeda, a juzgar por el rastreo de terroristas en el pasado. La CIA y la FBI nunca se dieron por vencidas en su cacería de Mir Aimal Kasi, quien asesinó a dos empleados de la CIA afuera de las oficinas centrales de la agencia en Langley, Virginia, en 1993, ni de Ramzi Ahmed Yousef, quien estuvo detrás del atentado contra el World Trade Center de Nueva York ese mismo año. La CIA y la FBI necesitaron años para localizar a ambos hombres en Pakistán, y todavía más tiempo para que la justicia estadounidense les echara el guante, pero la justicia se cumplió y los casos se cerraron, no se olvidaron.

Pero las expectativas respecto de la captura o muerte de Bin Laden y Zawahiri son mucho mayores. La preocupación de Estados Unidos por Bin Laden y Al Qaeda ha generado la convicción, basada en la esperanza, de que cuando sean neutralizados esos dos terroristas, de algún modo se habrá ganado la guerra contra el terrorismo.

Por desgracia, así no son las cosas. El adversario muyajidin quizá nunca haya sido un mal tan localizado como se considera por lo general. Al Qaeda quizá haya sido el primero y más destructor de muchs grupos consumidos por el odio hacia Estados Unidos, pero de ninguna manera tiene el control central sobre los incontables grupúsculos de muyajidines que esperan enfrentarse a Estados Unidos en alguna parte del mundo. Éste es un movimiento ideológico y espiritual, más que un enemigo unificado y cuantificable.

Si Bin Laden es la estrella polar, el espíritu del movimiento de los muyajidines, más que su controlador, entonces su muerte tendrá poco efecto, aparte de establecer su inmortalidad y espolonear a los enemigos de Estados Unidos para ir a alturas aun más elevadas para dañar a Estados Unidos y a sus aliados. La muerte de Zawahiri tendría aun menos significado.

Esto podría ser similar a las consecuencias de otra gran persecución que se llevó a cabo en mis primeros tiempos en la CIA: la cacería del Che Guevara, la estrella polar de los guerrilleros comunistas de los años sesenta en América Latina. Después de un amplio esfuerzo, el Che fue localizado y asesinado en Bolivia, en 1967. Pero su sueño no murió allí. Su mito siguió inspirando movimientos revolucionarios en América Latina y en otras latitudes –su muerte se conmemora cada cinco años en las capitales de todo el mundo– y el mito perdura gracias a las circunstancias de su muerte. Fue considerado un desenlace romántico y casi glamoroso.

Quizá en Washington haya alguien que esté reflexionando si conviene tratar de capturar a Bin Laden, sabiendo que su muerte le garantizará la inortalidad.

Quizá en la muerte, tanto Bin Laden como Zawahiri alcancen más poder del que hubieran tenido en vida.