Blas R. Jiménez – El peso intelectual

En la década de los sesenta decía el filósofo William Barret, en su búsqueda del hombre irracional, que no importaba si el ser humano moderno sabía lo que hacía pues lo importante era que manipulara las abstracciones con facilidad y eficiencia, haciéndose ecos del presente que hoy vivimos, cuando las ruedas del tiempo nos abren las puertas al mundo maravilloso de las comunicaciones sin barreras, en pleno Siglo XXI.

Recuerdo los tiempos en los cuales las discusiones en los círculos intelectuales del mundo exterior estaban centradas en lo que quedaba de las especulaciones y divagaciones de los grandes existencialistas: ¿Recuerdan a Sastre, Camus. Kierkegaard, Heidegger, Joyce, Beckett y tantos otros nombres?… Se hablaba de la irracionalidad de los hombres y el significado de la nada como un todo y la existencia como la esencia de esa nada que no tenía más que la sensación de la percepción individual, ya que como dijo Nietzsche “después de todo, el individuo tan solo tiene sus experiencias”.

Por acá, por la tierra del inicio de la barbarie que trajeron los ibéricos comandados por el italiano, en esta isla de primacías, nos identificábamos con las revoluciones de otros mundos, insistiendo en hacer de nuestra realidad una copia de cualquier otra. Oíamos rumores de luchas anticoloniales en Africa y Asia, mientras nos llegaban las noticias de las independencias subsidiadas de las naciones del Caribe angloparlante y nosotros nos hacíamos proletarios, hijos e hijas de una conciencia universal que solo en sueños podían darse los descendientes “bastardos” de “amos” coloniales… Así llegaron Los Marines en el 65 y siguieron gobernando los trujillistas, ahora en las industrias heredadas por testaferros de la tiranía y desde los puestos de la administración de las cosas del Estado.

¿Y los intelectuales? ¿Y la palabra? ¿Y la visión de mundo que forjaríamos?

Desgarrando el corazón de la conciencia colectiva de la isla, los hombre y mujeres llamados al quehacer intelectual se dividieron entre revolucionarios y contrarrevolucionarios, fueron gritando consignas de libertad y dejaron para luego el tiempo del análisis de la palabra… Libertad, decía Sastre, es la nada absoluta ya que como seres humanos nuestra libertad es absoluta y nada nos impide, en cualquier momento, hacer las cosas más precipitadas y peligrosas… Recordemos los “mártires” y sus razones para morir.

Nos alejábamos de las tradiciones ancestrales y los ritos a la muerte. Hombres y mujeres libres perdidos en los laberintos milenarios de las historias de un Tolstoy, como cualquier aristócrata de la Rusia zarista. Sintiendo el amor, como duendes y hadas olvidamos las carreras de los olores precipitados entre espesas gotas de sudor. Siendo libres podíamos olvidarnos de la muerte y darnos el lujo de ser la nada. No podíamos ver que, en Sastre, la imagen de la libertad era una imagen de autodestrucción. Que su mundo de postguerras había salido de las ruinas del pillaje de sus ancestros galos germánicos, mientras que nuestro mundo, producto de “La Conquista” y sin un pasado destinado, no tenía palabras con las cuales llorar su desconsuelo.

En el yo globalizado de nuestro siglo interconectado comprendemos que debimos intentarlo. Intentar descubrir la palabra y romper el silencio. Ese silencio que hoy, como ayer, asalta las neuronas cansadas de quienes utilizan la envoltura de “intelectual” para cobrar sin comprometerse con un ideal.

Cuando creemos estar arriba el pensamiento se hace haragán y pasamos de críticos a defensores de cosas indefendibles, porque hay que decir lo que agrade al patrón. Hasta ahí el compromiso de una intelectualidad amargada por la desgracia de haber creído en ideologías inventadas en otras latitudes.

Olvidamos observar el rostro reflejado en el espejo de nuestra realidad histórica, étnica y socio cultural nos arropó el consumismo del mundo “moderno” y nuestra intelectualidad siguió debatiéndose con palabras y citas aprendidas en retazos de ideas, jamás pensaron tendrían que pasarse la vida en actuaciones alineadas de tiempo completo, viviendo de un plato al otro, como asalariados, comprometidos con el peso en el bolsillo.