Bogotá desde el lente de los poetas

30_01_2016 HOY_SABADO_300116_ ¡Vivir!1 C

Las ciudades, las personas y las plantas llevan en sus rostros varios más. La capital colombiana es, para Amelia, un espacio palpable, un nido boyante de vientos cruzados, que alberga en sus líneas y curvas, a veces improvisadas, a más de siete millones de habitantes. Gente de varias raíces que camina a diario por sus suelos grisáceos, elevaciones constantes o avenidas agolpadas.

Amelia, joven e idealista, todavía conserva los rastros de sus antepasados. Es de estatura media, ojos cafés rasgados, pelo lacio y lentes amplios. Mujeres como ella componen parte de esta población que se abriga con diferentes materiales, según las posibilidades.

El cerezo, una de las especies típicas de la sabana de Bogotá, tan apetecible para el que ha probado sus frutos, aguarda en algunas orillas de esta urbe caracterizada por su días helados y bullicios frenéticos, que van dejando, entre pasajeros, nubes espesas de humo negro.

El ambiente capitalino, de paisajes cubiertos y claridades difusas, o intensas, contiene una grafía humana revuelta en incontables universos personales, donde se define la real ciudad, la imaginada, un invento que prevalece en el tiempo.
Los poetas, por ejemplo, si bien mortales, son constancias de miradas contenidas. En voz y palabra superan la fragilidad de la vida y narran para los otros hondas apreciaciones.

La astucia y el asombro con que estos caminantes han relatado la ciudad perduran en la memoria como círculos de principios y finales interminables.
Más de cien años después, aunque tímidos por el devenir, alientan, reinventan y rescatan el recuerdo de los inquilinos que los leen.

Rostros y voces. La pesquisa de esa capital primigenia que pasadas las décadas se fue transformando en un conjunto de pequeñas ciudades habitadas por gentes desiguales, cordones viales anudados y series de picos verdes, se encuentra, con gusto, en los versos (des)conocidos.

“Para quien desee pasear por la ciudad a través de la poesía –apunta el escritor, profesor y gestor cultural Federico Díaz Granados– recomiendo leer ‘Rostros y voces de Bogotá’, (Universidad Nacional de Colombia, 2004)”.

Este libro, según la investigadora Carmen Neira Fernández, “es una aventura apasionante”. Un ejercicio sentido que busca “recrear las diversas imágenes de Bogotá y el cambio de sus rostros a través del tiempo”. La ciudad se muestra “coqueta, bajo ese sol dorado de sus montañas y sus tardes, repitiendo en el alma su esplendor”, comenta Fernández.

“Escuchar el llanto de la lluvia tras las ventanas –continúa la investigadora– nos sumerge en el pasado, mientras poco a poco ese arrullo se apaga bajo el eco del crecer de la ciudad. Bogotá aparece siempre antigua y siempre nueva en la lente de los poetas. Con sus contorsiones de urbe moderna, que quiere aturdirse de velocidad, promiscuidad y ruido.

Con la altanería pretenciosa de encarcelar vidrios polarizados de nuevos edificios, con sus diferencias sociales, sus suburbios, sus centros comerciales y clubes, sus mendigos y sus derroches”.

La aldea de ayer. ¿Podría Amelia experimentar la pequeña Bogotá? ¿Sentirla en su vestimenta y en el andar taciturno, algo melancólico, de aquellos días lluviosos que comenzaron en 1900?

La pregunta surgió tan pronto leyó lo que el investigador literario Ángel F. Rivera escribió sobre esta época. “Trato de concretar –dice– las primeras impresiones que produce esta ciudad tan curiosa. ¿Cuál era el estado del alma de las gentes del siglo XIX y comienzos del XX? A 2 600 metros sobre el mar, la primera sensación que ofrecían las calles bogotanas, con sus barrios residenciales (San Agustín, Santa Bárbara, La Candelaria, Las Nieves) y el ir y venir constantes, silenciosos, era resultado de la falta absoluta de vehículos y cierta reserva general de la multitud voluntariamente callada, vestida de negro, silenciosa y sombría”.

El autor de “El informe Rubiano” plantea varios momentos perceptibles en los versos que Amelia transcribió en su libreta a modo de revelación. Rivera sostiene que, “la ciudad poseía ese hálito de historia, de vibración lenta, triste, claustral de las campanas, de cordialidad exquisita, delicada, pero melancólica y lejana (…). Al volver la vista aparecía la sabana, todo un mar sombreado de tintes pálidos. Soplaba el viento que con violencia sacudía las ventanas y se deslizaba entre los ciudadanos. La Calle Real (hoy Carrera Séptima) estaba ya en movimiento cuando apenas sonaban las seis de la mañana en los campanarios. (…). El despertar de la actividad ciudadana era lento”.

Para el académico, este es el lugar del orador sin par Miguel Antonio Caro (1843-1909); del cultivador de todos los géneros, Rafael Pombo (1833-1912); del viajero y compositor de melodías, Diego Fallón (1834-1905); del trovador, dolido y errante, Julio Flórez (1867-1923); del hechizo de Porfirio Barba Jacob (1883-1942); de la predilecta Isabel Lleras Restrepo (1911-1965); del contracorriente Luis Carlos López (1883-1950); de la espiritualidad de José Joaquín Casas (1866-1951); del idealista Diego Uribe (1867-1921) y, sobre todo, de José Asunción Silva (1865-1896), quien abrió el camino a la modernidad, a punta de adornos y rimas sonoras.

Fragmentos de la ciudad. Pasada la mitad del siglo, narra el profesor de Literatura Alejandro Molano, “Bogotá rebosó sus barreras occidentales, barrios como Kennedy y Venecia se convirtieron en pequeñas ciudades dentro de la gran urbe debido al aumento demográfico”.

Desde ese momento, el transporte masivo y la inseguridad se expresan como problemas habituales.