Boleros
“El bolero es el Edén de la desdicha”

Evidentemente solitario, Carlos Monsiváis iba siempre de camino durante su presencia en el Centro León de Santiago, donde participó en el III Congreso, Música, Identidad y Cultura en el Caribe, que se dedicó a una de las grandes pasiones del intelectual mexicano: el bolero. Fue precisamente el bolero lo que esta vez  trajo al país a este hombre, de humor negro y hablar agreste, que huye de la socialización, y que  provoca la inteligencia en cada una de las observaciones que hace.

A pesar de su estilo lento al hablar, cuando expresa sus opiniones, lo hace consciente de que escandalizará al auditorio, que siendo colectivo, como lo era el que escuchaba su magistral conferencia “El bolero: las estaciones del lenguaje amoroso”, lo agasajó con un festival de carcajadas ante cada ingenio.

Desde que inició su disertación, el ambiente se llenó de ese pensamiento suyo  tan bien estructurado enfatizado  en el bolero, género que venera y que a la vez desgrana en su quehacer racional.

Magnifica la tristeza como materia prima de las grandes creaciones musicales, emoción que considera dio vida a la canción ranchera, al tango y al bolero.  Se declara signatario de la declaración de Federico Nietzche en la que este afirma no poder diferenciar las lágrimas de la música.

“Quien no comprende esto al instante no ha vivido nunca en la intimidad de la música. Toda verdadera música procede del llanto, puesto que ha nacido de la nostalgia del paraíso”, asegura.

Para Monsiváis en la cultura popular la atención a lo que se oye “es el mismo entusiasmo por los sentimientos propios, porque nadie le pone atención a aquello que piensa ajeno a su autobiografía”.

“Si vivo a fondo la canción es como si le quitara el sonido, me conmuevo y lo que escucho se vuelve realidad. ¡Qué lujo vivir como dentro de un bolero, como si el amor expresado en forma muy bonita lo fuese todo!”, afirma.

Para luego desmitificar los cuatro minutos de historia con un relato “padrísimo” de una vida sin trabajo, ni pesares, ni política, ni nada. “El bolero es el Edén de la desdicha. El ensueño que no acaba ni empieza. La existencia acompañada por una o tres guitarras, un piano y trompetas, la voz que es cuna y tumba de ilusiones y anhelos”.

Monsiváis entiende que en los géneros populares de América Latina, el amor es a un tiempo uso y tristeza que mezcla el tono de la elegía y el brío de la victoria.

 “El bolero admite y con frecuencia exige el melodrama, ese idioma real y artificial de las familias, una familia sin melodrama es una familia disfuncional, porque nadie escarmienta en sufrimiento o arrebato ajeno”, explica en medio de la risa colectiva de sus oyentes.

Expresa que si en la música tropical las letras son en buena medida, el romance entre el ritmo y las onomatopeyas, en el bolero, el tango y la ranchera se “expone como en vitrina, los estados de ánimo y las impresiones y aloja la concordia y la discordia, la serenidad o la aventura”.

Sostiene que en su repertorio de situaciones poéticas, el bolero le encarga su sitio de honor a lo inesperado, así se trate de la felicidad, y que cuando se dice que el bolero democratiza, para él lo que democratiza es la ambición de infelicidad. “Las canciones del sentimiento triturado son la coartada perfecta de la amnesia sentimental”, afirma quien defiende las letras, pero no olvida que es la melodía la que le da su significado.  

Sábado en la mañana. Gracias a Gloria Zacarías, del Centro León, logramos concertar una entrevista con Carlos Monsiváis.  Nos sentamos en la cafetería con La última lágrima, de   Los Panchos de fondo, e inmediatamente  se alegra de haber  presenciado a Olga Guillot y Omara Portuondo interpretando improvisadamente “Dos Gardenias”.

Sobre el congreso nos  dijo “la sabiduría acumulada sobre el tema se desborda y ha dado oportunidad de momentos extraordinariamente conmovedores”.

Citó también la emoción que le produjo ver a Luis Kalaff interpretando “Aunque me cueste la vida” y confesó que “todo esto me ha entusiasmado”.

Aprovechamos el encuentro para conversar sobre uno de sus grandes maestros, don Pedro Henríquez Ureña, de quien espera se termine de editar sus obras “se han publicado 6 tomos, y no se consiguen, de una colección que debía tener 26”.

Nos contó que además de los Henríquez Ureña, Pedro y Max, siente un gran respeto por Manuel del Cabral, a quien le profesa la continuidad de la lectura “que es una forma de la manifestación del aprecio”.

“Manuel del Cabral a mí me resulta notable por su calidad y por su maestría retórica en el mejor sentido.  Ese poema sobre la masturbación (La mano de Onan se queja), me sigue pareciendo una obra maestra”.

Dice que estuvo en una librería y que se sintió triste porque a cambio del gusto de ver tan enormemente representado a Juan Bosch con motivo del centenario no encontró “ni un solo libro de Manuel del Cabral,  no había poesía de Pedro Mir, ni estaba la Historia del Modernismo de Max Henríquez Ureña”. “La gran vocación intelectual de Pedro Henríquez Ureña, se da pocas veces” y que por eso lo considera tan importante para todos los jóvenes latinoaméricanos.

Carlos Monsiváis, lucha contra el   “ninguneo” y lo hace con su “juicio de lector con capacidad de admiración, el único lector que verdaderamente existe”.

Esta conversación tendrá otras paradas.

La Mano de Onán se queja

Manuel del Cabral

Yo soy el sexo de los condenados/ No el juguete de alcoba que economiza vida/Yo soy la amante de los que no amaron/ Yo soy la esposa de los miserables. Soy el minuto antes del suicida/ Sola de amor, mas nunca solitaria/ limitada de piel, saco raíces… /Se me llenan de ángeles los dedos,/ se me llenan de sexos no tocados./ Me parezco al silencio de los héroes/ No trabajo con carne solamente…/Va más allá de digital mi oficio./ En mi labor hay un obrero alto…/Un Quijote se ahoga entre mis dedos,/ una novia también que no se tuvo./ Yo apenas soy violenta intermediaria,/porque también hay verso en mis temblores,/ sonrisas que se cuajan en mi tacto,/ misas que se derriten sin iglesias,/ discursos fracasados que resbalan,/ besos que bajan desde el cráneo a un dedo,/ toda la tierra suave en un instante./ Es mi carne que huye de mi carne;

horizontes que saco de una gota,/una gota que junta/todos los ríos en mi piel, borrachos;/ un goterón que trae/ todas las aguas de un ciclón oculto,/ todas las venas que prisión dejaron/ y suben con un viento de licores/ a mojarse de abismo en cada uña,/ a sacarme la vida de mi muerte.