¿Bueno o malo? La gran pregunta. Tomás Moro decide soñar

DICHOSOS los que saben reírse de sí mismos, porque no terminarán nunca de divertirse.

DICHOSOS los que saben distinguir una montaña de una piedra, porque se evitarán muchos inconvenientes.

DICHOSOS los que saben descansar y dormir sin buscarse excusas: llegarán a ser sabios.

DICHOSOS los que saben escuchar y callar: aprenderán cosas nuevas.

DICHOSOS los que son suficientemente inteligentes como para no tomarse en serio: serán apreciados por sus vecinos.

DICHOSOS los que están atentos a las exigencias de los demás, sin sentirse indispensables: serán fuente de alegría.

DICHOSOS ustedes cuando sepan mirar seriamente a las cosas pequeñas y tranquilamente a las cosas importantes: llegarán lejos en esta vida.

DICHOSOS ustedes cuando sepan apreciar una sonrisa y olvidar un desaire: vuestro camino estará lleno de sol.

DICHOSOS ustedes cuando sepan interpretar con benevolencia las actitudes de los demás, aún contra las apariencias: serán tomados por ingenuos, pero es el precio justo de la caridad.

DICHOSOS los que piensan antes de actuar y rezan antes de pensar: evitarán muchas tonterías.

DICHOSOS ustedes sobre todo cuando sepan reconocer al Señor en todo lo que se encuentran: habrán logrado la verdadera luz y sabiduría.

Tomás Moro

Algunos se resistieron a los planteamientos tremendistas y extremos de personajes como Maquiavelo. Uno de ellos fue Tomás Moro, el sacerdote convertido en santo, que decidió proponer un lugar nuevo, diferente, en el cual el bien prevalecería por sobre todas las cosas. Ese lugar se llamaba Utopía.

Nacido en Londres en 1478 y muerto en julio de 1535, a la edad de 57 años; Tomás Moro abrió los ojos al mundo en el momento del esplendor del Renacimiento y del surgimiento del humanismo renacentista, para contrarrestar las ideas del pensamiento medieval. Estas transformaciones culturales y filosóficas del mundo conocido impactaron sin duda su pensamiento y su vida. Fue un agudo pensador, teólogo, político, humanista, y además de escritor, fue también poeta. Su obra más conocida es Utopía.

Por su posición defendiendo los preceptos de la Iglesia Católica de Roma, fue enjuiciado por orden directa del rey Enrique VIII, y acusado de alta traición, por no haber querido prestar el juramento antipapista, y adherirse a la Iglesia Anglicana, pero sobre todo, por oponerse al divorcio con la reina Catalina de Aragón. Su negativa implicaba no aceptar el Acta de Supremacía, que declaraba al rey como cabeza de esta nueva iglesia.

El juicio se efectuó. Fue declarado culpable. Recibió la máxima pena: la muerte. El 6 de julio de 1535 fue decapitado. En 1886 fue beatificado y canonizado en 1935 por la Iglesia Católica, y es considerado santo y mártir. La Iglesia Anglicana también lo reivindicó al proclamarlo en 1980 como un santo, mártir y héroe de la Reforma Protestante.

EL libro Utopía fue escrito entre 1515 y 1516, durante su estadía en Flandes. Fue publicado en Lovaina en 1517 y fue prologado por Francisco Quevedo; y como bien afirma el prologuista de la obra, es corta, como lo es la vida misma. Como El Príncipe de Maquiavelo, Utopía es un pequeño ensayo, pero a diferencia de las reflexiones del italiano, Moro expone en cada una de sus páginas la ilusión de un hombre que reniega de su tiempo y sueña con un mundo mejor.

Al releer a Utopía después de tantos años, pensé inmediatamente en el Mito de las Cavernas que aparece en el libro República de Platón. La obra de Tomás Moro expone su visión muy personal sobre cuál debía ser la sociedad idílica para el autor. Propuso una república, la república de sus sueños, que garantizaba la felicidad a todos sus habitantes a cambio de trabajo, esfuerzo y colaboración mutua.

En su isla Utopía, Moro abogaba por el trabajo cooperativo. Expresó abiertamente su anhelo de que sus habitantes trabajaran de forma activa y equitativa, pues era la única garantía de que la productividad del trabajo fuese equitativamente distribuida. Y, un elemento clave de esa sociedad ideal inventada en el corazón de Moro, fue sin lugar a dudas la libertad, especialmente la apertura a las diferentes creencias religiosas. Un elemento nuevo y novedoso en una sociedad que apenas salía del oscurantismo medieval y en la que la Reforma Protestante supuso serios enfrentamientos. El hecho de que Moro pensara que en Utopía podían coexistir varias religiones, era una forma de explicar indirectamente su negativa a renunciar a la Iglesia Católica de Roma:

“Hay varias religiones en Utopía, no solo en la Isla, sino también en cada ciudad. Unos adoran el Sol, otros la Luna, otros alguna de las Estrellas; y aún algunos veneran por Sumo Dios a algún hombre de una gran virtud que existió en tiempos pasados. Pero la mayor parte, que son los más instruidos, no reverencian ninguna de estas cosas, sino que creen que hay una divinidad oculta, eterna, inmensa e inexplicable, la cual interviene en este mundo …A este Dios le llaman Padre, ya que en él reconocen el principio, el aumento, la mudanza y el fin de todas las cosas…(Utopía, capítulo La Religión)

Como buen cristiano y católico confeso y convencido, Tomás Moro creía en la bondad humana, y que el ser humano que habitaba en la tierra, por haber sido creado a imagen y semejanza de Dios, era, tenía que ser, bueno por naturaleza. Sin embargo, el hecho de que soñara con esa sociedad ideal que llamaba Utopía, reconocía que de alguna manera, y por alguna razón, el ser humano en su relación con los demás tenía una vocación autodestructiva.

Entonces surge una nueva pregunta: ¿nacemos buenos y la sociedad desarrolla la maldad? No tengo la respuesta. La busco. Moro nos legó la esperanza como herencia. Durante sus largos meses de encarcelamiento, antes de su ejecución, fue capaz de reflexionar, pensar y ratificar su fe en Dios, en la sociedad y en la lucha constante para poder construir la sociedad utópica que tanto anheló y que escribió con singular maestría en su brillante obra: Utopía. Seguimos con el tema. espero que no se cansen. Yo estoy entusiasmada.

¿No es acaso injusta e ingrata una sociedad que prodiga tanto obsequio a esos que llaman nobles, y a los orfebres demás congéneres, gente ociosa que vive tan sólo de la adulación y de fomentar vanos placeres? En cambio, ¿qué benévolas prevenciones se hacen a favor de labradores, carboneros, braceros, carreteros y carpinteros, sin los cuales sería imposible que subsistiera el Estado? Porque, una vez que han consumido su edad viril en el trabajo […] se les paga, desgraciadamente, con la más mísera de las muertes» (p. 202).

 

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