Buscando culpables

Buscando culpables

MARIEN ARISTY CAPITÁN
Cada vez que sucedía el resultado era el mismo. El silencio, que surgía más por lealtad que por miedo al castigo, nos hacía culpable a las tres. A causa de ello, ante una falta sin confesión, terminábamos pagando las consecuencias a partes iguales.

Poco a poco, cuando las personalidades se fueron enraizando y era más fácil reconocer a la responsable de una u otra acción, las culpas se hicieron más evidentes y los castigos más focalizados. A partir de ahí, coincidencialmente, comenzamos a portarnos mejor.

Amén de que ya habíamos crecido lo suficiente y teníamos más conciencia de lo que estaba mal, nuestro comportamiento cambió porque resultaba muy incómodo sentirse señalado y abochornado por algo que uno había hecho mal.

Ese rechazo al escarmiento, sumado a las mil lecciones que nos dieron nuestros padres para que supiéramos cómo actuar, hizo que fuéramos reconociendo cuándo estábamos haciendo las cosas bien y cuándo no.

También, porque todos nos equivocamos, aprendimos que antes de justificarse es preferible reconocer los errores y disculparse por ellos. Eso es, precisamente, lo que quiero hacer hoy: mi propio ejercicio de contrición.

El jueves pasado, tal como lo señaló en una carta el doctor Hugo Alvarez Valencia, presidente de la Cámara Penal de la Suprema Corte de Justicia (SCJ), escribí un artículo en el que decía que la Suprema había liberado a los oficiales que se habían quedado con los vehículos que habían sido recuperados por la Policía Nacional.

Pero las cosas, sin embargo, no fueron así: la SCJ remitió el caso a la Corte de Apelación de Santo Domingo para que juzgara a los inculpados y fue la Corte de Apelación, como tribunal de envío, la que entendió que el delito no estaba configurado por falta de pruebas.

Por otro lado, el doctor Alvarez afirmó que en la Suprema la justicia no está ciega ni le da la espalda a la población «toda vez que esta Cámara Penal de la Suprema Corte de Justicia, las veces ha sido apoderada de recursos de casación contra sentencias que han operado descargos de quienes han sido sometidos por el Depreco, las ha revocado y enviado a otros jueces para que sean juzgados nuevamente y si han sido descargados otra vez, no es responsabilidad nuestra».

Por ese motivo, el doctor Alvarez asegura que no puede endilgárseles a ellos las decisiones de otros tribunales, ya que los jueces gozan de absoluta independencia.

Hecha la oportuna aclaración, y pidiéndole mis más sinceras disculpas al doctor Alvarez, paso a otro asunto: cómo los políticos del patio, en lugar de reconocer sus errores, se pasan la vida justificándose y buscando a los culpables de otros delitos para así distraernos lo suficiente para que olvidemos lo que ellos están haciendo.

Así como los perredeístas se pasaron cuatro años diciendo que no podían hacer nada porque el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) les había dejado una bonanza económica ficticia y no les quedaba más que asumir la responsabilidad ante ese lío, los funcionarios del PLD llevan tres años quejándose de que están atados de pies y manos porque todos los recursos van a parar al pago de la deuda externa que les legaron sus predecesores.

Como si eso fuera poco, y mientras vamos pa’lante metro a metro y a pesar del propio Metro, los peledeístas justifican los altos salarios de sus funcionarios diciendo que los dirigentes del Partido Revolucionario Dominicano (PRD) no pueden hablar de eso porque ellos hicieron lo mismo. De igual manera, advierten, no pueden criticar las tasas impositivas porque fue en su gestión que se diseñó la reforma fiscal que implementaron.

Al escuchar a unos y otros, sacándose a la cara trapos sucios que deberían mostrarnos mejor para que sepamos qué clase de funcionamos nos gastamos y hemos gastado, a los dominicanos sólo nos queda persignarnos, porque lo que nos están diciendo es que esté quién esté nos enfrentaremos a lo mismo: gobiernos que jamás recuerdan que, en lugar de reconocer sus desaciertos y enmendar sus acciones, se dan a la tarea de buscar nuevos culpables para así hacerse de la vista gorda, limpiarse y seguir fastidiándonos.

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