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Cabalgando en caballos de palo con Clemente Soto Vélez

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A Clemente y Amanda

Lo conocí,
Cuando Nueva York era algo más que un lugar donde salta el olor a uvas, a pescado, desfilan las antigüedades y en un balcón, una matita de rojo geranio, prematura, se atrevía a asomarse entre el acero.
Lo conocí,
Cuando esa diminuta mancha de rojo me recordaba la brillantez del color de nuestros orígenes, y Nueva York era el crisol de otra caribeñeidad, la del exilio, y Manhattan una isla donde se forjó la Federación de las Antillas en la determinación de nuestros próceres.
Lo conocí,
Cuando el East Harlem era pasaje, túnel, excursión a los siete infiernos de Dante, no el italiano, sino aquel bongosero argentino que sobrevivía en el Vietnam de la Avenida Ámsterdam; Nueva York del Este donde coincidieron José Martí, Juan Isidro Jiménez Grullón, Juan Bosch, Betances, el exilio de las ideas, resucitando en la poesía de Julia de Burgos.
Lo conocí,
Cuando estudiante ignorante de mi propia historia, de esa que no nos enseñan en los libros de texto, arribé adolescente a Nueva York, ciudad que en su belleza aún me sobrecoge, sobre todo a esa hora en que el sol enciende todas las vidriera y, todo el azul y todo el rosa, el amarillo y lila de la tarde, desciende para suavizar las duras aristas del cemento.
Lo conocí,
Cuando, afortunada, llegué a Nueva York en plena revolución educativa, y negros y puertorriqueños impusieron con su masiva presencia y organización, el acceso de las minorías a las universidades. Allí entré en contacto por primera vez con la inmensa generosidad puertorriqueña y, en una esquina de Manhattan, formada por las calles 105 y Quinta Avenida, Iván Silen, un poeta boricua, me habló del estandarte poético de su isla.
Lo conocí,
Cuando con su poesía, Julia de Burgos me abrió las puertas al corazón y casa del poeta y dramaturgo Víctor Fragoso y este me llevó a la casa de Clemente Soto Vélez, al mismo brandy que este le brindaba a Julia, en terribles noches de invierno; y a la cálida fraternidad de Amanda, con su amor de arroz y gandules para poetas hambrientos de solidaridad y cariño.
Lo conocí,
Cuando miré sus ojos claros y vi en ellos su inmensa ternura. ¿Siempre son tan altos los dominicanos? Preguntó, diminuto y muerto de la risa.
Lo conocí,
Cuando de él solo conocía que era un poeta mayor de Puerto Rico y un promotor cultural de múltiples generaciones de artistas en Nueva York, siempre dispuesto a leer los balbuceos iniciales de alguien que como yo regresaba de su primer Viaje desde el Agua, y a apadrinar su primer libro de poemas en la Casa de las Américas de la calle Catorce, en Nueva York. El que era un poeta mayor y que nunca presumió de serlo, porque la poesía era para él, más allá del ejercicio poético y dominio de la palabra, un amoroso y expansivo ejercicio de generosa fraternidad.
Lo conocí,
Sin saber que era un estandarte de la lucha nacionalista puertorriqueña, curiosamente nacido en Lares, y que con los poetas Fernando González Alberti, Luis Hernández Aquino, Samuel Lugo, Juan Calderón Escobar y Antonio Cruz Nieves, había fundado el grupo “El Atalaya de los Dioses”, e intentado que la poesía fuese más que un bello decir, que fuese la máxima expresión de lo nacional.
Lo conocí,
Ignorando que en Caguas Clemente fue organizador del Partido Nacionalista y ejerció como periodista del periódico “El Nacionalista” y que en 1934 había sido arrestado por participar en la huelga de los trabajadores del azúcar.
Lo conocí,
Obrero y poeta, poeta y obrero de tantas luchas y de tantos exilios, fundador de la Asociación de Dueños de Bodegas, de las Asociación Puertorriqueña de Comerciantes; nunca distinguiendo entre intelectuales y trabajadores, ambos fundamentales a la vida de su Puerto Rico desplazado.
Lo conocí,
Sin saberlo fundador y presidente del Círculo de Escritores y Poetas Iberoamericanos; del Instituto de Puerto Rico en Nueva York; y de La Voz de Puerto Rico en Estados Unidos.
Lo conocí,
Ignorando que había sido un sedicioso impenitente contra la colonia, junto con Albizu Campos, Juan Antonio Corretjer, Luis Velázquez, y preso y exiliado una y otra vez, siete años en Atlanta, Georgia, segundo eslabón de su periplo por Lewisburg, Pennsylvania, y tantas otras cárceles de los Estados Unidos, las cuales pobló de círculos de lectura, de círculos de poesía, de clases de alfabetización para el campesinado desplazado de su país, preso a montones, al igual que otros isleños y centro y sur americanos.
Lo conocí,
Sin haber leído aun Scalion, su ensayo filosófico de 1937, donde declara que sin libertad no hay conciencia y comienza a buscar la plenitud del ser en un diálogo entre conocimiento y creación. “Soy lo que imagino”, decía, y “sin conocimiento no hay imaginación creadora”.
Lo conocí,
Sin leer su Caballo de Palo, donde se coloca fuera de sí, para hablarnos de un Clemente que va desglosando, iniciando cada estrofa con “Lo conocí” (como retomo en este ensayo a modo de homenaje), en tono confesional, para entender y para entenderse, en 1,724 versos, 21 Secciones numeradas y un verso tan libre como él.
Lo conocí,
Cuando al reencontrarme con su infancia descubrí que “el cedro y el mamey hablaban”, y que el surrealismo había sido siempre, y seguía siendo, la forma principal de su visión poética, lo que el definía como la realidad “real” de nuestras islas.
Lo conocí,
Cuando supe que el cedro, “con sus vocales perfectas y preciosas, como el cuerpo que brilla en la respiración de la palabra”, era como el mamey, con “su tronco amanecido, en su carne de delicia aborigen”, y que ambos alzaban en su cuello hermoso “la admiración sencilla y casta” de los niños.
Lo conocí,
Cuando me dijo que el “mamey no era artífice de prosodia oscura” y el cedro sí lo era de “minerales de sílabas que se inventan”, y recién llegada de una realidad sin fantasía, donde Don Pedro Mir había proclamado que Santo Domingo, ubicado en la misma trayectoria del sol, no merecía el nombre de país, sino de féretro, no le supe decir que aquí dialogan las palmeras con las persianas y el verde las derrota.
Lo conocí,
Cuando lo descubrí niño libre de toda influencia materialista, inmune a la búsqueda de reconocimiento literario, que a él siempre le llegó más tarde, cuando su libro, de 1959, revolución de la vanguardia literaria boricua, tuvo que esperar una segunda edición en 1976 y a los ochenta, para que nos enteráramos de que por las calles de Manhattan andaba un poeta cabalgando en un caballo de palo.
Lo conocí,
Cuando lo vi llorar en un hospital de Manhattan, al despedirse de Víctor Fragoso y decidir que era hora ya de regresar a Borinquen. Ahí partimos aguas. Yo decidí regresar a Santo Domingo y él a su amado país, donde guardaría en el armario de los sueños a su caballito de palo y retornaría al alazán con que recorrería, siempre riendo, cabello blanco al aire, los amados trillos de la Borinquen de su infancia.

Santo Domingo
6 de marzo del 2017

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