Caballistas asesinos: galopando sobre nuestras llanuras orientales

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Después de la “Proclama del Capitán Knaap”, la República Dominicana con la cabeza inclinada, tuvo que pasar bajo el arco infamante de “Las Horcas Caudinas”. Pero para honra de la maltratada nacionalidad, sucedió el sacrificio espartano de “La Barranquita de Guayacanes”. Dónde desde el Capitán Maximito Cabral de 27 años, hasta el anciano Pancho Peña, un veterano de la Restauración. ¡Todos se inmolaron, ante la fuerte columna invasora del General Pendlenton, guiada por un Esfialte dominicano, jaibonero, de nombre Octavio Minaya, alias Tavito Cántaro”!

Entonces sobre las comarcas orientales, como una maldición de los avernos, cayeron las hordas infernales del Capitán Mayor Taylor apodado “El Tifus”. Estos bárbaros marca USA, eran verdaderos causahabientes de los famosos arrasadores de pueblos, que a la historia pasaron, como Atila el rey de los hunos y Tamerlán, Timur Lenk o “Timar El Cojo”. El Este fue sacudido por un alud violento de cólera justa y de ira justiciera. Entonces, como si del centro de la tierra hubiesen brotados, surgieron armas al brazo, los patriotas que seguían a los improvisados jefes, que se nombraban: Ferrer, Natera, Batías, Goicochea, Carela y Evangelista. Ellos eran campesinos insurgentes, patriotas iletrados; pero dominicanos ariscos y bravos como abejas de piedras. Estos hombres con el buen jabón del coraje, se propusieron lavar el enlodado rostro de la patria. Enlodado por el Imperio armipotente, que en el 1900 fue justi-presentado por el Minotauro de Colombia José María Vargas Vila, el de la pluma de acero y el verbo de fuego, cuando gritó “El Yan kee, He Ahí al Enemigo”.

Entonces estos dominicanos alzados, estos patriotas rupestres de las llanuras orientales fueron llamados: ¡Gavilleros! era que todavía no usaban el calificativo de “comunistas, para llamar a los patriotas de los pueblos que se ubican, entre el Río Bravo del Norte y las aguas gélidas del Estrecho de Magallanes.

Contra los patriotas orientales del país, los civilizados infantes del caritativo Tío Samuel, organizaron: Las Humanas Cacerías; se impusieron los despiadados Desalojos; se inventaron las arbitrarias Concentraciones; en plena sabana se montaban o se pasaban los juicios sumarios; las celadas plantaron sus mil ojos y las trampas vomitaron sus diez mil aguijones. Y ¡Oh terror de los terrores, sobre todas estas calamidades se imponían las maladades y las crueldades enfermizas del “Diablo Merckle” o las del “Tifus Taylor”. Ahora permitamos que estos uniformados. Testimonió el doctor Alejandro Coradín que él vio como el teniente Perales, subalterno de Taylor y de Meckle, arrastró amarrado a la cola de un caballo, al anciano José María Rincón, de más de ochenta años de edad. El teniente Perales era un verdadero hijo de Caín. Pues él era puertorriqueño y solamente hacía dieciocho años que sus amos, habían desembarcado y entrado por Guánica.

Por falta de espacio hasta aquí por hoy llegamos. Pero si Dios lo permite, continuaremos con CABALLISTAS ASESINOS: GALOPANDO SOBRE NUESTRAS LLANURAS ORIENTALES. Me parece que más de un lector avispado, pensará que en las comarcas orientales, teniendo como maestros a Merckle y a Taylor, hizo sus aprendizajes, un teniente de la Escuela de Haina, que a la República Dominicana le costó ríos de lágrimas, torrentes de sudor y cataratas de sangre.