¡Cada vez que me acuerdo del ciclón!

POR ALEXIS MÉNDEZ
Y la lluvia se volvió despiadada. El viento gobernó la fuerza de gravedad. Aquella  tarde de 1930, el terror se apoderó de la República Dominicana. Fue el día en que San Zenón se lo llevó todo. Y el trío fue testigo. Era el momento de recoger laureles en otras playas, y la ciudad de Santo Domingo estaba lista a ofrecerlos. Pero el huracán le sorprendió, y no quedó más remedio que guarecerse.

Su lugar de hospedaje ya no era casa. Había quedado sin techos y sin paredes. Miguel, Siro y Cueto decidieron no desapartarse. Juntos querían entonar aquel desagradable son. Se movían de un lado para otro buscando protección. De repente una silla voladora se le iba encima a Cueto y Siro la frenaba, de repente Miguel resbalaba y los otros dos contribuían a levantarlo.

El fogón de la cocina resultó ser el lugar más seguro. Debajo de este se quedaron, y allí encontraron los primeros signos de tranquilidad. Truenos y sonidos espantosos fueron el fondo musical que acompañó las imágenes que llegaron a sus mentes. Quizás las de sus familiares, quizás las de las calles de su Santiago natal, quizás la que los ubica en verbenas donde sus voces preguntaban “de donde son los cantantes”. Ahí permanecieron hasta que la esperada calma por fin llegó.

Decidieron salir a caminar y vieron un paisaje humillado por escombros y muertes. Entonces se ofrecieron como voluntarios  en la Cruz Roja para rescatar los heridos y recoger los cadáveres. Necesitaban un chofer para manejar una ambulancia, y Miguel que lo fue de oficio, estuvo presto. Siro y Cueto lo acompañaron como camilleros. En los días siguientes no se hablaba de otra cosa que de gasas y muletas, y a las guitarras el olvido las guardó.

Mientras ayudaban a los más desposeídos, en Santiago de Cuba se realizaron misas en su nombre. Y no hubo esquina donde un trovador derramara “Lagrimas Negras” en honor a Siro, Cueto y Miguel. Por todas partes corría la noticia de que el Trío había muerto.

Un día inesperado por todos, se les vio bajar de un avión que retornó a la Habana, luego de haber llevado ayudas médicas a Santo Domingo. Regresaron a su patria para seguir cantando su “Promesa”, su “Dulce embeleso”.

Ya en su casa, Miguel recordaba aquel amargo episodio. Mientras los hacía, llegó la melodía que lo llevó a inspirar dos versos: Cada vez que me acuerdo del ciclón/ se me enferma el corazón.

Y así fue naciendo el bolero son “El Trío y el Ciclón”, un documento sólido que da fe de aquel oscuro momento que vivió el pueblo dominicano.

En una tarde de inquietud, Quisqueya
viose de pronto de pavor sumida.
Reinaba allí la lluvia, las centellas
Y la mar por doquiera embravecida…

… Cada vez que acuerdo del ciclón
se me enferma el corazón…
Espiritistas inciertos
que muchos hay por allá,
porfiaban con terquedad
que los del Trío habían muerto.
Cada vez que me acuerdo del ciclón
se me enferma el corazón…

… Esto fue lo más sabroso
que el Trío en un aeroplano
volviera a suelo cubano
para seguir venturoso.

Cada vez que me acuerdo del ciclón
se me enferma el corazón…

… Aquí termina la historia
de aquel funesto ciclón.
Los muertos van a la gloria,
los vivos a bailar el son.

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