Caerá mucha agua, pero mucha se perderá…

En el país hay un serio desabastecimiento de agua potable y para uso agrícola pese a que nuestra parte de la isla está bendecida por abundantes recursos hídricos.

Las medidas que tomó a mediados de los años ’60 el entonces presidente Balaguer, prohibiendo la tala de árboles, cerrando los aserraderos en las cordilleras e iniciando la reforestación, han resultado en el milagro de que la República Dominicana es de los pocos países del mundo cuya proporción de superficie boscosa es hoy mayor que hace varias décadas. A ello contribuyó también el estímulo dado al consumo de gas para cocinar, eliminando la necesidad de carbón vegetal. Dos políticas públicas impulsadas por sucesivos gobiernos de los tres partidos políticos principales, con apoyo del sector privado, han resultado en un estruendoso éxito.

Pese a ello, en el país hay una seria preocupación por la falta de agua, pues muchas áreas urbanas poseen un pésimo servicio de acueducto y un peor sistema de manejo de aguas negras. Luego de una sequía a finales de los ’80, torrenciales aguaceros inundaron las calles de Santo Domingo y averiaron su acueducto. El diario El Caribe tituló su noticia principal: “Agua, agua por doquier; ¡más no hay para beber!”.

Aquí había en el 2000 una disponibilidad de 21 kilómetros cúbicos de agua dulce. Ese año el consumo total nacional de agua era de 3.39 kilómetros cúbicos, o sea un 16% de la disponibilidad. Ese consumo era 32% de uso residencial, 2% industrial y 66% agrícola. Dada la percibida abundancia y la infrecuente asignación de un costo por su uso, ha habido mucho dispendio y poco ahorro o uso inteligente del agua.

Ese mismo año 2000, el consumo por persona fue de 381 metros cúbicos, o sea más de un metro cúbico diario.

Pese a lo acertadas de las dos políticas públicas (cierre de aserraderos y reforestación, por un lado; estímulo al uso de gas para cocinar, por otro), la percepción de gran parte del público de que el agua es gratis e infinita resulta en un abuso del consumo. Paradójicamente, la construcción de más acueductos podría agravar el problema de escasez, en especial cuando las sequías merman las reservas. Más que acciones concretas como construir presas o acueductos, para enfrentar los riesgos del desabastecimiento hace falta un cambio de enfoque. Las ideas de los habitantes y ciudadanos sobre el agua deben ser modificadas.