Caldera franco-haitiana

JOSE B. GAUTIER
La República Dominicana, -su pueblo, su gobierno-, debe establecer una política de Estado coherente, agresiva e inteligente en defensa de los sagrados intereses de la Patria para contrarrestar los efectos nocivos de lo que ha sido en el tiempo una perturbadora cultura convertida en doctrina de expansión territorial franco-haitiana en la Isla de Santo Domingo. Para tales fines, se deben conocer y hasta reinterpretar e injertar episodios históricos desconocidos, marginados o minimizados en su importancia.

Recuerda. Mucho antes de estallar la histórica “revolución francesa” en 1789, -la monarquía gala-, casi cien años antes, había iniciado su expansión colonial en América, presionando, en nuestro caso, a la monarquía española (Tratado de Rynswick de 1697), por un espacio territorial en las disputadas islas “Inútiles” del Caribe, convirtiéndose la Colonia de Saint Domíngue francés, bajo un bárbaro sistema económico basado en la explotación inhumana de esclavos importados de Africa-, en la joya de la corona francesa, su colonia más ricas y productiva, resultado de millares de esclavos muertos anualmente, fruto del trabajo forzado. No satisfecha Francia con el espacio territorial occidental de la isla Hispaniola para producir más riqueza con mano de obra esclava, exigió de la monarquía española, mediante la firma del Tratado de Basilea en 1795, la entrega de la parte Este a las autoridades francesas.

Esta política de expansión territorial colonial netamente francesa ha sido muchas veces confundida por amplios sectores dominicanos como de hechura y ejecución haitiana, cuando en verdad la nación haitiana no existía. Por tal motivo debemos concluir que el expansionismo territorial haitiano fue una herencia dejada por Francia a su excolonia, aunque absorbida por Haití en defensa propia.

Los vertiginosos acontecimientos de libertad, igualdad y confraternidad que se suceden con una rapidez espantosa e increíble a partir de 1789 en Francia y en su colonia de Saint Domingue, verdaderos momentos estelares de la humanidad, con la declaración de los derechos del hombre, la abolición de la esclavitud en la colonia francesa, el surgimiento de la primera república independiente integrada por libertos de la colonia francesa, el nacimiento de la República de Haití a partir de 1804, hasta llegar la nueva República haitiana a hacer lo que Francia y Napoleón no pudieron hacer: la ocupación de todo el territorio de la parte Este en 1822, convirtiéndola en una e indivisible por temor a que se restableciera el sistema esclavista en toda la isla con la pérdida de su unidad e independiente política.

En esta vorágine social, plasmada de choques revolucionarios y contra revolucionarios, hay que destacar el intento fallido de quien sería el gran Napoleón I, Emperador de Francia, de restablecer por la fuerza en 1802, la esclavitud de los habitantes libertos de una colonia de Saint Domingue que pronto, dos años después, luchando a sangre y fuego, sería convertida en república independiente y la reacción de los antiguos esclavos, ahora libres, ante esa amenaza. También vale la pena destacar el retorno de la Monarquía Española esclavista a la isla de Santo Domingo en 1861, teniendo España a sus colonias de Cuba y de Puerto Rico sometidos a ese oprobioso régimen social. Los Estados Unidos de América en 1865 luchaban entre si, el Norte y el Sur, en la llamada Guerra de Secesión que determinaría la abolición de la esclavitud en aquel país. Motivo había de sobra para que Haití, su pueblo, reaccionara con violencia revolucionaria ante tanta amenaza externa.

Reitero que el gobierno nacional no puede, para la seguridad de la nación dominicana, enviar señales equivocadas al gobierno haitiano y a otros gobiernos titiriteros de naciones pobres, como las contenidas en la nueva Ley General de Migración que abre una Caja de Pandora a interpretaciones acomodaticias e interesadas del texto para favorecer a determinados intereses políticos y económicos nacionales y extranjeros que bailan al compás de la música norteamericana y de la Unión Europea, con los vicios inherentes de nuestra sociedad como la corrupción gubernamental y privada bañada por el oro como anatema en ambos lados de la frontera. ¿Qué es el “debido proceso de ley” aplicado a un delincuente extranjero radicado ilegalmente en el país multiplicado por un millón de casos? ¿Qué dicen los Estados Unidos en el caso de los mejicanos? ¿Qué dicen España y Alemania en los casos de el Maghreb y de los turcos?

Los dominicanos debemos evitar desorientar o confundir a las autoridades gubernamentales haitianas mostrando signos de debilidad institucional como falta de unidad en un proyecto de nación libre e independiente, para que no se repitan episodios trágicos entre ambos países como el ocurrido durante la matanza de haitianos en 1937 que se desató lamentablemente cuando el gobierno dominicano se vio precisado a utilizar la fuerza para que el gobierno haitiano entendiera que los tiempos de penetración territorial incontrolada y antojadiza habían pasado, y reconociera y respetara la línea de demarcación fronteriza acordada un año antes, en 1936, mediante la firma del Protocolo de Revisión del Tratado de Fronteras Domínico Haitiano, suscrito el 21 de enero de 1929, acogiendo en gran medida las Cinco Dificultades de Interpretación al enunciado originalmente en el Tratado, presentadas por el gobierno haitiano en diciembre de 1930, negociaciones por las cuales la República Dominicana perdió en 1936 dos mil kilómetros cuadrados de su territorio señalado en el Tratado Fronterizo de 1929.

Esta política de Estado frente a la República de Haití debe ser elaborada con el consenso de todos los partidos políticos dominicanos legalmente reconocidos y estar basada en la no intervención en los asuntos internos del vecino país, no solo de palabras que se las lleva el viento, si no de hechos materiales. Aquí no caben las mentiras ni la hipocresía. En el estado de derecho en que vive este país, resulta indignante que sus autoridades permitan a ciudadanos haitianos convertidos en bandas de forajidos cruzar armados la frontera hacia Haití desde territorio nacional para derrocar a un gobierno constitucionalmente elegido por el pueblo haitiano. El síndrome de expansión territorial franco haitiano que hierve como una caldera causado por el miedo a su destrucción, debe desaparecer de la psicosis defensiva haitiana. La República Dominicana no debe ser, ni constituirse en una amenaza para la libertad del pueblo haitiano.