Calle para Pablo Neruda

DONALD GUERRERO MARTÍNEZ
En algún momento de principios del 2003, comenté a un entusiasta miembro de la Unión Dominicochilena que en el Distrito Nacional no había, todavía no la hay, una calle que honre el nombre de Pablo Neruda, ilustre poeta continental nacido en Chile en 1904 y allí fallecido en 1973. Neruda es de los pocos latinoamericanos galardonados con el Premio Nobel de Literatura. Le fue otorgado en 1971. De la Unión Dominicochilena forman parte ciudadanos de ambos países que hayan trabajado o estudiado en uno de ellos, o que les tengan simpatías.

El amigo me dio a entender que le simpatizaba la idea de gestionar con el Ayuntamiento que enmendara lo que ha parecido siempre un olvido. Me ofreció que en el acto que se programara para la rotulación de la calle seleccionada dijera yo un discurso. Le dije que no me interesaba ni siquiera dar a conocer que era mía la iniciativa. Me bastaba con asistir al acto. Nunca se hizo la gestión pertinente.

Entonces, en abril 2004 le escribí al síndico planteándole que ya en varios países habían comenzado a programar las actividades conmemorativas del centenario del nacimiento del Poeta. Sugerí que el Ayuntamiento se asociara a las conmemoraciones continentales del momento, con la designación de una calle con su nombre. Le decía que en el caso de que una solicitud similar hubiera llegado previamente diera la mía por no recibida. Realmente, no había ninguna anterior.

Anoté en mi carta que aunque en ese momento se estaba a sólo tres meses de cumplirse la efemérides los ediles tenían tiempo para atender, y decidir la solicitud. Les bastaba diligencia y buena voluntad. Recibió la correspondencia una joven profesional apellido Joa, prenda de buena educación, finos modales y concepto de su deber de los servicios que deben serles prestados a los munícipes, como derivación de sus funciones. La solicitud debía estar acompañada del curriculum o datos biográficos de la personalidad a ser reconocida. Tratándose de una figura de tal dimensión continental, el requisito podía ser obviado, observé. Pero no, los reglamentos no lo permitían. Pocas horas después entregue un ejemplar de una publicación del filólogo Andrés L. Mateo que satisfacía los reglamentos.

Sentí curiosidad, sin decir nada, si el reglamento citado ha sido tenido en cuenta en todos los casos de designaciones de calles y avenidas de la Capital.

Algunos meses después, -ya había pasado la fecha de la efeméride-, indagué la suerte de mi solicitud. Qué bueno, pensé, que los ediles pensaron en algo de más relieve. Resolvieron erigir un parque en honor del autor de Residencia en la tierra, Canto general, Crepusculario, entre muchas otras obras aplaudidas desde siempre.

El proyecto del parque le fue encomendado a una arquitecta apellido Sánchez. Dieciséis meses después, ni calle ni parque Pablo Neruda en la que fuera Atenas del Nuevo Mundo. Empero, hay esperanza. La arquitecta ha prometido hace poco retomar el expediente.

Ahora se anuncia un proyecto loable. Los nombres de poetas, literatos, artistas y escritores dominicanos fallecidos serán asignados a calles conocidas ahora sólo por número, y algunas con nombres repetidos. El matiz patriótico del proyecto no debe ser óbice para que intelectuales de valía reconocida, nacidos en otras tierras, sean honrados aquí dándole su nombre a algunas vías importantes. Siempre ha habido hombres, y mujeres, de nacionalidad sin fronteras.