Calles y avenidas
Dr. Gilberto Gómez Rodríguez

http://hoy.com.do/image/article/339/460x390/0/88B5FA3F-8150-43B3-BF13-C2DDBBDB84C0.jpeg

Tan pronto recibió el título de Licenciado en Medicina, en 1924, abrió un consultorio en la calle Benito González  para asistir a enfermos sin recursos económicos. La investigación científica, viajar a París a hacer especialidad y encontrar un diagnóstico preciso para los afectados de leucemia eran, sin embargo, los desvelos inmediatos del eminente médico al que siempre caracterizó el servicio a los pobres.

Cuando concluyó su doctorado, en 1930, un microscopio fue su compañero inseparable. Gracias a sus estudios inagotables logró descubrir dos flagelos adicionales a la “Giardia Lamblia” que pasó a ser “Decamitila” en vez de “Optamitila” pues, hasta su hallazgo, al protozoario sólo se le conocían ocho. Su nombre y el de la República se incorporaron entonces a todas las publicaciones sobre medicina tropical.

Pero el doctor Gilberto Gómez Rodríguez se convirtió también en el primer hematólogo dominicano cuando cristalizó el sueño de viajar para abrir su cerebro a nuevos avances. Con una beca estuvo en Estados Unidos donde amplió y actualizó sus experiencias, regresando convertido en bacteriólogo y hematólogo, el primero que tuvo el país, iniciando 1940.

Sus méritos, aportes y obras, empero, no han sido suficientemente divulgados ni reconocidos. Su extraordinaria capacidad diagnóstica, la gran cultura, impresionante inteligencia, fórmulas, tratamientos, sensibilidad social y hasta artística sólo son recuerdo admirable en  discípulos y pacientes. Sus insignes profesores se sorprendieron a tal grado de su ingenio y creatividad que le llamaban “El sabio”

Una calle corta del ensanche Naco es el único homenaje a su labor docente, de investigación, análisis y del eficiente ejercicio desempeñado en época tan precaria. “Papá no sabía lo que era cobrarle a la gente, mamá tenía que coser para completar el dinero de la comida”, cuenta su hijo Gilberto Gómez Sanabia, que conserva la biblioteca de su progenitor como un santuario, con sus libros y viejos frascos de ensayo. Recuerda sus métodos de “tinción” de placas para verlas en el microscopio y evoca el día en que lo vio entintar las mesas donde haría sus trabajos en el hospital “Dr. Salvador B. Gautier”. “Me siento orgulloso de él, no tenía un sentido tan mercurial”

Su casa de la  Santomé 43 se llenaba de niños que se creía tenían leucemia “pero no había medicina ni forma de hacer diagnóstico. El doctor Federico Asmar  le llevó a su hijo, papá empezó a examinarle los linfáticos y le dijo: ese niño no tiene leucemia”

Haciendo exámenes de sangre logró prolongar hasta siete años la vida de muchos afectados que “a veces respondían con ciertos medicamentos, pero había casos muy agresivos”, narra Gilberto. Hacía, además, interpretaciones de otras enfermedades, como hematólogo clínico.

Fundó el Banco de Sangre del hospital “Gautier” y el primer departamento de Hematología de ese centro.

Médico y docente
Rodríguez trabajó también en el “Hospital de Niños Ramfis”, ya desaparecido, del que fue despedido por no demostrar simpatías con el régimen de Trujillo a pesar de haber tenido como paciente a Angelita, hija del tirano.

El doctor Fernando Defilló, su maestro y amigo, le designó subdirector del Laboratorio Nacional durante su dirección. Fue también catedrático de la Universidad Autónoma de Santo Domingo donde impartió Técnicas de Laboratorio, Medicina Interna y Medicina Tropical y fue decano de la facultad de Medicina hasta que ocurrió la matanza de la calle Espaillat cuando renunció en carta al doctor Balaguer a quien expresó: “Su forma de gobernar no se compadece con mi forma de pensar”.

En la calle Pasteur 51, al lado del cine Élite, mantuvo abierto su consultorio al que colegas le enviaban casos difíciles y muchos falsémicos, aparte de los cientos que atendía en el hospital Gautier, sobre todo provenientes del Sur del país. Allí era vecino de sus discípulos José A. Sobá, Tabaré y Luis Adolfo Álvarez Pereyra y Enrique Lithgow Ceara.

Personales. Nació en Santo Domingo el dos de abril de 1905, hijo de Eliseo Gómez Alfau y Amelia Rodríguez Terrero. Estudió en el colegio Santo Tomás de Aquino con Parmenio Troncoso, y en La Normal de Varones. Ingresó después a la Universidad de Santo Domingo.

Dominaba los idiomas inglés, español, francés, latín, tocaba piano y era un apasionado melómano devoto de Beethoven. Dejó inédito un libro: “Versos del insomnio” En 1931 casó con Mercedes Sanabia, madre de sus dos hijos, Gilberto, y Oscar (fallecido)

Hipertenso desde joven, padecía “una cardiomegalia bilateral” Falleció el ocho de septiembre de 1970, “luego de hacer una arritmia perpetua. No tenía dinero para ponerse un marcapaso”, manifiesta el hijo.

“Teniendo su mismo nombre, no puedo meter la pata. Me enseñó a ser honesto, a no ser interesado. A mí el dinero no me sojuzga. Me dejó el ejemplo del trabajo,  lo que he hecho durante toda mi vida”

La calle “Dr. Gilberto Gómez” está comprendida entre la avenida Tiradentes y la “Gracita Álvarez”, en Naco.

Las claves

La calle
El doctor Guarionex López Rodríguez, alumno y amigo del eminente facultativo, solicitó una calle que inmortalizara el nombre de este insigne investigador, científico, médico, maestro, petición que fue aprobada el tres de abril de 1975 por el Congreso Nacional tras ponderar que el homenajeado “fue uno de los más destacados propulsores de la ciencia médica en nuestro país”, entre otras consideraciones.