Camaradería sin reglamentos

SEGUNDO IMBERT BRUGAL
El clásico y enjundioso film “Cuidadano Kane,” dirigido y actuado por el legendario cineasta norteamericano Orson Wells, 1941, de imbatible primacía en su técnica cinematográfica, actuación y relevancia temática, nos conduce con estremecedora  fuerza a la tragedia de la  soledad y el desamor.

El protagonista, con su magín ahíto de poder y de dinero, llega deprimido y angustiado al cenit de su gloria.  Busca desesperado un símbolo que lo conduzca a la insustituible felicidad de querer y ser querido. Antes de morir lo encuentra y balbucea su nombre: “Rosebud”, el sencillo pero entrañable trineo de su infancia. Pero ya era tarde, muere solo y sin amigos.

Sin haber sido queridos y sin querer, sin que nos bailaran, como agudamente lo explica el campesino nuestro, no podemos reclamar humanidad. Seremos  deformados diletantes, desalmados. Humanoides, para usar un término de thriller de ciencia-ficción.

Humanos y humanoides, ciudadanos kane o Periquitos Pérez, al final buscaremos la  entraña. Cuando todo esté dicho y hecho, cuando sumemos y restemos, cuando ya arrastremos la cosecha vital en uno o en mil vagones, cuando tratemos de descansar, sentiremos que algo esencial clama con urgencia desde adentro. Será el clamor del  cariño.

 Crujiendo los goznes, situados entre un detrás enorme y un delante impredecible,  incubándose ya la angustia del desamparo, se encienden titilantes las luces cálidas de la amistad acallando soledades; asegurándonos un “Rosebud” en cada amigo y en cada amiga de siempre.

“La gente no hace amigos: los reconoce”, afirma el poeta Vinicius De Morae. Las amistades se escogen con aparente arbitrariedad desde la niñez. Las ambientan  hogares, patios, playas, parques, cines, música y deportes. Se acrisolan en la identidad  sexual que surge, en el romance, la academia, el trabajo, y en la incertidumbre espeluznante de la vida. Templadas en las utopías políticas y la ilusión del futuro.  Se cuecen todas en la calidez incógnita del “caerse bien”. 

Hacemos muchas o pocas amistades al ritmo de nuestra personalidad, coyuntura y oficio; muchas -las mas veleidosas- al mandato de intereses circunstanciales. Pero al sacudir el tamiz y discernir la arena del oro no vacilamos en escoger aquellas de puro querer y desinteresada entrega.

Son las afinidades gratuitas las que resisten en el corazón, como héroes asediados, las pruebas del poder, la riqueza, el peligro y la desgracia. Que no ceden ante diferencias religiosas, políticas, ni de estilos de vida dispares o disparatados. Aquellas que resurgen después de malentendidos y distanciamientos.

Mi primer encuentro con la amistad esencial ocurrió inaugurando adolescencia y fue indirecto, a través de mi padre, en la época aquella en que se “caía en desgracia”. Una vez en ella, se estaba condenado al aislamiento. Los que se apartaron, tenían sobradas y muy entendibles razones. Los que se quedaron, más que ejercer la valentía, ejercieron la  amistad.

 Al lado del cautivo estuvo el maestro de la amistad, Miguel Cocco Pastoriza, su amigo de juventud.  “Mano Cocco”  (nombre que usaban entre ellos, nosotros le llamamos tío),  olvidó el peligro y cuidó del amigo y de su familia. En él y en otros de sus compañeros  sentí un querer distinto, otra categoría de afecto, que recuerdo con frecuencia, admiración y agradecimiento.

En cuanto a mí, no tengo que esforzarme revolviendo el desván de mi existencia buscando cariño. Tengo amigos de urdimbre, de los que nos caemos bien porque nos  da la gana, de los que sin resabio están y yo estoy. De  aquellos con los que es deleite hablar  “las mismas pendejadas”. Los que ya de viejos nos harán sentir jóvenes.

Con ellos y con ellas comparto con desparpajo las vicisitudes de la próstata, la subida del colesterol, la suerte y la mala suerte. En compañía sentimos la alegría del converso y una camaradería sin reglamentos. Puede que, saboteados por el trajinar cotidiano, el acompañamiento sea breve. Sin embargo, la permanencia nos la da el cordial misterio de la cofradía.