Camarero de los famosos en el Santo Domingo de otros tiempos

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Trabajó con Alfred Stamm, mayordomo de Adolfo Hitler. Sirvió champaña a Marco Pérez Jiménez en las suites 545 546 del hotel El Embajador. Fue camarero de todos los peloteros del Brooklyn que vinieron en 1948 y se hospedaron en el hotel San Cristóbal. Conoció la afición de Ramfis Trujillo por el whisky Valentine y el filete Sirloine picado que le llevaban tanto al estadio Trujillo como a la mesa cincuenta y nueve de El Embassy y estuvo varios días afectado de los nervios producto de una reacción del dictador Trujillo cuando él le presentó el menú que se serviría en la boda de Tony, el hijo mayor de Manuel de Moya Alonzo, el treinta de abril de 1959.

Don Israel Ramírez conoció gobernantes, reyes, princesas, condes, diplomáticos, y ascendió rápidamente en la carrera hotelera desde que ingresó como mochila al hotel Jaragua, el ocho de marzo de 1948, y tuvo como primer cliente destacado a un norteamericano de nombre Jimmy, instructor de los pilotos de Ramfis. Entonces ganaba veinte pesos y compartía el trabajo con estudios comerciales en el Instituto Benefactor. Con el gringo aprendió lo que era un té frío. Sorprendido, cuando el huésped pidió en inglés la bebida, tradujo al superior el pedido sin entender de qué se trataba. Conocía las tisanas de guanábana, naranja, limón, pero nunca había visto un saco de té preparado con hielo, en un vaso largo.

En el Jaragua, mientras sus compañeros se apresuraban en la atención a los parroquianos para aumentar los ingresos con las propinas, Israel leía The New York Times, London Times, Washington Post, Herald Tribune, Chicago Tribune, que los turistas dejaban tirados o se vendían en la tienda de regalos, para ampliar los conocimientos de inglés que le proporcionaban las películas americanas de su delirio. Al mismo tiempo penetraba en los distintos departamentos “para aprender de todo”, menos al Casino, donde el capitán Ripley, del Servicio de Inteligencia Militar, se erigía en rey de la arbitrariedad y el abuso. “Además, ahí se movía dinero”.

Don Israel es la historia del negocio hotelero en el país. Recuerda nombres, procedencias y destinos de maitres, chefs, encargados de alimentos y bebidas, manjares y tragos preferidos de famosos dominicanos y extranjeros, los números de habitaciones de las visitas y hasta la edificación de obras del sector. De El Embajador comenta: “Ese monstruo hecho en concreto armado del diez de febrero al veinte de diciembre de 1955, a puro cubo de mezcla las veinticuatro horas, lo construyó el ingeniero Merryll Chapman”.

Es ocurrente, lúcido, locuaz, documentado, fino, y sigue en la actividad pese a sus setenta y ocho años, hoy como Gerente de Banquetes del hotel Santo Domingo, desde 1967. Nombres de huéspedes y clientes están registrados en su memoria, asociados a felices o traumáticas vivencias. Recuerda hasta los que eran tímidos de propina, como Porfirio Rubirosa, al que los camareros rehuían atender porque apenas daba veinticinco centavos, contrario a Pedro José Trujillo y Tunti Sánchez. Ramfis no daba: “Casi siempre le cargaban la cuenta”.

[b]“Encontronazo” con Trujillo[/b]

Al llamado Benefactor y Padre de la Patria Nueva lo veía divertido y jacarandoso cada veintitrés de octubre, víspera de su cumpleaños, lucirse en la pista bajo los acordes de Luis Alberti, consumiendo Carlos I y agua Poland. No lo atendía Israel ni el capitán Cirilo Gordon, el maitre, porque el Generalísimo “llevaba su personal, entre ellos Guillermo Ventre, gobernador del Palacio Nacional”.

Pero Ramírez estuvo en dos oportunidades frente al tirano. Una, en Baní, la noche que Trujillo se reunió en el local del Partido Dominicano con Otto Vega, Fausto Caamaño, Anselmo Paulino, Tuto Colón, y la esposa de Otto Vega. “Había que estar frente a él, con una bandeja todo el tiempo. Pero a las diez de la noche se antojó de ir a Jarabacoa, donde lo esperaba una muchachona. Recuerdo que le dijo a Tuto Colón: ‘dile a ella lo que nosotros les hicimos a los americanos”, señalando a la consorte de Vega.

Siendo “room service” de El Embajador, rememora la noche en que el alemán Marco Openhaimer, encargado de alimentos y bebidas, ordenó que se movilizara de mesa al general Pérez Jiménez, porque sólo eran dos en un espacio para cuatro. “Yo me voy, porque a mí me pararon de ahí”, dijo el dictador venezolano al general Pérez Román, que se le acercaba. Al día siguiente, semioculto tras las columnas del vestíbulo “estaba Marco Openhaimer con una maleta y dos guardias de seguridad, con órdenes de deportación por el mal momento que le hizo pasar a ese invitado del Jefe”.

Don Israel Ramírez pasó el más duro momento con el tirano Trujillo el día que fue a presentarle el menú de la famosa boda de Tony Alonzo, para seiscientas personas. “En ese tiempo no había ley del diez por ciento ni Itebi, el menú más caro que hacíamos costaba nueve pesos por persona”, refiere, y respecto a la orden del Perínclito, comenta: “Trujillo le pedía a usted una cosa, pero era para ayer, había que hacerlo al momento. Al otro día Guillermo Ventre había llamado tres veces preguntando por el menú. Clody Bernal, la secretaria de Memencho Lovatón, el gerente, lo pasaba a máquina, y no había llegado”.

Los efectos de ese menú son tan históricos en su vida que no ha olvidado detalles como que “a ese se le puso doce pesos más un doce por ciento”, que consistía en “galantina de pavo, camarones en palmito, langosta Bella Vista, filete Mignon, pescado meniere, etc., inclusive caviar y salmón Lox”, que ese día el Benemérito caudillo estaba irritado, tocando sin parar la chicharra de su escritorio, echando carajos, que los funcionarios, atemorizados, comentaban en los pasillos “que el que quiera orinar orine en una botella” y que ninguno deseaba acercársele.

Él salió para el Palacio a las nueve y quince de la mañana y tal era el pánico en la casa de Gobierno que el oficial, asustado, no recibió el menú sino que lo mandó a entregarlo personalmente a Trujillo. “Yo feliz, ¡iba a hablar con el Jefe! Como nunca he tenido miedo escénico, me quedé de pie, él está viendo el menú pero no dice nada y yo, parado como un guardia, le comento: como usted puede ver, ese es un menú muy bien hecho, un poco caro… Él se quitó unos lentes finitos y reaccionó:

¡Mire joven, yo no le estoy preguntando si está bueno o está caro, yo lo que quiero es que esto quede bien, para que no se jodan! ¡Dele valor a eso!

¡Sí señor! replicó Ramírez y narra: “Pasé una semana que no iba al baño, nervioso, me espantaba de cualquier cosa”.

Conserva fotos, infinidad de placas de reconocimiento, una pelota que es pieza de colección por sus años y porque tiene la firma del equipo de Brooklyn que visitó la República cuando él se iniciaba. En su mente están frescos los nombres de Jackie Robinson, Rodríguez Olmo, Nene y Pedro José Trujillo, Pirulo Rubirosa, José Luis Rodríguez, Vicentico Valdez, Alfredo Sadel, las Winnie Hoveller, y de personalidades del sector, como Víctor Cabral, los hermanos Vicioso, el cubano Pepe González…

Nació en Puerto Plata el cuatro de diciembre de 1925, hijo de Israel Castellanos y Eulalia Ramírez. Vivió en Santiago y en 1945 se trasladó a Santo Domingo. Está casado con Miledys Desangles, madre de sus hijos Mayra, Amalia, Israel, Dionnys y Bryan. En cincuenta y seis años de servicio sus experiencias han sido gratas, menos “la del boche de Trujillo”. Aun así, recuerda pormenores de las complacencias nacionales y extranjeras para satisfacer los caprichos de bebidas del “Jefe”. “La Pedro Domecq, que era fabricante de Carlos I, mandaba unas cajas que decían: “Envasado especialmente para el Generalísimo Doctor Rafael Leonidas Trujillo Molina, República Dominicana”. “Eso lo tenía en la botella, porque era lo único que el hombre bebía”.