‘Cambio de régimen’solo no arreglará crisis de Brasil

17_03_2016 HOY_JUEVES_170316_ Economía4 E

Mac Margolis
La lectura más simple de las protestas que se extendieron por Brasil el domingo es que el país más grande de América Latina reclama un cambio de régimen.

Las tres millones de personas o más que llenaron las calles y las plazas de Río de Janeiro, Sao Paulo y decenas de otras ciudades brasileñas lo hicieron para decir que están hartos del imparable escándalo de corrupción que ha hecho caer la economía y paralizó el funcionamiento político en los últimos dos años. Dicen que la presidenta Dilma Rousseff y sus amigos deben irse.

Pero por satisfactorio que esto pueda parecerles a los enemigos de Rousseff, no es el verdadero mensaje. Y cualquier aprovechado que intente hacer de la indignación pública una ventaja partidaria debería pensarlo dos veces o se arriesgará a acabar siendo el próximo blanco.

Las mismas multitudes que llevaban muñecos inflables de Rousseff y su mentor político, el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, con trajes de preso también dejaron en claro que no estaban haciendo campaña por los rivales de Rousseff. Dos altos funcionarios del principal grupo opositor, el Partido de la Social Democracia Brasileña –incluido el ex candidato presidencial Aecio Neves-, fueron insultados por los manifestantes.

Eso no es una concesión a Rousseff. Es difícil evitar la conclusión de que su presidencia ha sido una debacle. Desde que fue elegida por primera vez en 2010, la economía del país pasó de ser un coloso a la categoría de basura y la mayoría de los economistas no ven posibilidades de mejora antes de 2018.

Durante su gobierno, una operación de cambio de dinero dirigida desde una estación de servicio de Brasilia estalló en el escándalo conocido como “lavado de autos”, el mayor esquema de corrupción que se haya visto en el país y que ha dejado a la petrolera estatal Petrobras saqueada y ha desprestigiado a algunos de los magnates y funcionarios públicos más poderosos del país. (El descrédito hace poco alcanzó a Lula, quien presuntamente recibió beneficios de los contratistas involucrados en el lavado de autos. El lunes, la prensa brasileña era un hervidero de versiones no confirmadas de que había aceptado un cargo en el gabinete de Rousseff, puesto que lo eximiría de ser juzgado por un tribunal ordinario).

Conforme su cargo pende de un hilo, también lo hacen los de aquellos que han sido acusados de beneficiarse con el esquema de corrupción de Petrobras. Entre los funcionarios que están en capilla, figuran los tres que siguen a Rousseff en la línea de sucesión: el vicepresidente Michel Temer, que caerá con Rousseff si el tribunal dictamina que la campaña se financió en forma ilegal; el presidente de la Cámara de Diputados Eduardo Cunha, que enfrenta cargos por recibir sobornos; y el presidente del Senado Renan Calheiros, sospechoso de lavar dinero, recibir sobornos y evadir impuestos.