Candidato demócrata podría llegar debilitado a elecciones

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WASHINGTON. NYTIMES.  Que empiece la recontra-reforma demócrata. Los senadores Barack Obama, demócrata por Illinois, y Hillary Clinton, demócrata por Nueva York, están empantanados en una agotadora y cerrada competencia por la nominación presidencial demócrata, avanzando con dificultades por un cenagal de reglas partidistas diseñadas a lo largo de los últimos 40 años para hacer el proceso más democrático con minúscula. Ahora muchos dirigentes del partido se están preguntando si las reformas y contrarreformas del pasado necesitan de otra ronda de cambios para que el partido cierre el capítulo sin una paralizante riña familiar que deje debilitado a quien finalmente sea el candidato.

Entre tanto, los republicanos, que funcionan con un sistema de nominación abiertamente menos igualitario, que recompensa a los primeros ganadores y castiga a los rezagados, prácticamente se ha puesto de acuerdo en un nominado, el senador por Arizona, John McCain. Sus principales rivales, a excepción de Mike Huckabee, se están alineando con él, que ya está manejando una campaña para las elecciones generales en contra de un demócrata que será designado después.

El sistema de nominación de cada partido refleja sus diferencias ideológicas. O, como dijera el eminente estratega republicano Mike Murphy, quizá en tono de broma, en una reciente aparición en el programa “Meet the Press” de NBC, los demócratas están colgados de las ideas de justicia y equidad.

 “Los demócratas, siendo los buenos liberales que son, califican en una curva”, dijo. “Otorgan delegados por llegar en segundo lugar.”

“Los republicanos”, agregó, “que son unos malvados darwinistas sociales, tienden a castigar al tipo del segundo lugar con muchas primarias en las que el ganador se lleva todo.”

En otras palabras, el republicano que mata al búfalo se queda con toda la carne; el demócrata tiene que acuclillarse cerca de la fogata y compartirla con sus hermanos y hermanas.

Las reglas de las primarias y los caucus demócratas, incluso el mandato clave de que los delegados se asignan en proporción al voto popular a nivel de distrito congresional y estatal, son establecidas por el partido nacional. Los republicanos dejan que cada estado fije sus propias reglas y la mayoría han adoptado desde hace tiempo un sistema en que el ganador se lleva todo.

Los demócratas exigen representación en todas las alas, grupos de interés y demográficos del partido en su lote de 4,048 delegados a la convención. Los republicanos no tienen tal requerimiento, excepto que 168 de los 2,380 asientos de la convención del partido están reservados para los dirigentes estatales del partido y los miembros del Comité Nacional Republicano.

El sistema republicano tiende a favorecer a los conocidos, a los candidatos considerados que siguen en la sucesión: Richard M. Nixon en 1968, Ronald Reagan en 1980, Bob Dole en 1996, McCain este año. Los demócratas, a veces para su desconsuelo, están enamorados de lo nuevo: George McGovern en 1972, Jimmy Carter en 1976, Michael Dukakis en 1988, Bill Clinton en 1992.

La asignación de delegados en las primarias republicanas y demócratas en California del 5 de febrero demuestra crudamente esta dicotomía. Clinton y McCain ganaron el voto popular en el estado de California por un margen similar: McCain derrotó a Mitt Romney por 8 puntos porcentuales, mientras que Hillary Clinton superó a Barack Obama por 9 puntos. Pero McCain obtuvo 158 delegados a la convención, contra los 12 de Romney, mientras que el reparto de delegados entre Clinton y Obama fue de 207-163.

El actual sistema demócrata de nominación es una amalgama construida por capas desde 1968, cuando el partido trató de abrir su sistema de nominación tras las sangrientas divisiones por la batalla entre Robert Kennedy, Eugene McCarthy y Hubert Humphrey. El partido encargó a McGovern y a Donald Fraser, un congresista de Minnesota, que elaboraran un sistema más representativo que el que estaba dominado por los habituales del partido y que fue aprovechado por Humphrey para llevarse la nominación de 1968.

La reforma aportó una representación proporcional que les dio a las mujeres, a las minorías y a los liberales muchos más asientos en la convención, mediante la cual un candidato podía perder un estado y, empero, salir casi con tantos delegados como el ganador. El nuevo sistema permitió entregarle la nominación de 1972 a McGovern, que perdió ante la fácil victoria de Nixon.

   El establecimiento del partido retrocedería diez años después, tras la aplastadora derrota de Carter ante Reagan, e instituyó una contrarreforma, una nueva clase de súper delegados independientes. Estos líderes del partido y funcionarios electos fueron los votos decisivos que en 1984 le negaron la nominación al senador Gary Hart de Colorado, un candidato reformista que trató de derrocar al hombre del establecimiento, el ex vicepresidente Walter Mondale.

   Hoy en día, los súper delegados controlan casi la quinta parte de todos los asientos de la convención demócrata y bien podrían decidir el resultado de la competencia Clinton-Obama. Algunos líderes del partido, entre ellos Hart, ahora exhortan a un nuevo cambio en las reglas de nominación del partido, para reducir el poder de los jefes del partido y asignar mayor proporción de los votos de la convención a los ganadores del voto popular en los estados.

   “Cuando un reformista llega al puesto se convierte en hombre del sistema por definición, y entonces, también por definición, se opone a la siguiente ronda de reformas … es la naturaleza humana”, señala Hart, simpatizante de Obama. “Tiene interés en proteger el statu quo. Eso es lo que son los súper delegados, gente que se opone a que hagan olas y a dar el salto generacional.”

 Anthony J. Corrado Jr., profesor de gobierno en el Colby College y experto en el proceso de selección de delegados, señala que los republicanos no tienen las luchas que periódicamente tienen los demócratas pues no tienen tanto electorado que satisfacer.

   Los republicanos también tienden a preferir soluciones rápidas, conscientes de la nociva lucha entre Gerald R. Ford y Ronald Reagan en 1976, que ayudó a Carter a llegar a la Casa Blanca.

   “Quizá sea por accidente, quizá sea planeado, pero ha funcionado bastante bien y esta vez ha vuelto a funcionar”, señala Steve Duprey, ex presidente del Partido Republicano en Nueva Hampshire y actualmente asesor de McCain, que prácticamente ya se aseguró la nominación republicana con una serie de victorias en los estados grandes del súper martes. “El objetivo es terminar pronto la disputa y ponernos de acuerdo en nuestro candidato. Eso me gusta.”

  Entre tanto, los demócratas agonizan por la posibilidad de que Clinton y Obama lleguen a la convención de Denver en agosto con el resultado pendiente de los caprichos de los súper delegados que no se hayan comprometido. Muchos de los mismos súper delegados no están contentos con eso.

   “Pienso que hay demasiados súper delegados y no creo que los jefes del partido y los funcionarios electos debieran tener la voz que se les da ahora”, comentó Bill Richardson, gobernador de Nuevo México, aspirante sin éxito a la nominación demócrata de este año y súper delegado sin compromisos. Reveló que todos los días recibe llamadas de Clinton y Obama o de sus representantes para pedirle su apoyo.

   Richardson dijo que no sabía cuándo ni cómo tomaría su decisión, aunque señaló que los votos de los súper delegados deben reflejar la voluntad popular. De algún modo.

   “En estos momentos, me doy el lujo de dejarme la barba, lidiar con la legislatura y montar mi caballo”, dijo el gobernador. “No tengo que dedicarme a quienes quieren que los apoya ahora.”

Ventaja mínima

A pesar de los diez triunfos en forma consecutiva del senador por Illinois Barack Obama, la senadora  por Nueva York Hillary Clinton sólo está en desventaja por 77 delegados.

Obama hasta la fecha tiene 1,342 mientras que Clinton 1,265.