Capital es capital …y a qué precio

Mega ciudad que se acerca a una densidad de dos mil habitantes por kilómetro cuadrado, el Gran Santo Domingo de los poderes del Estado y de mayor concentración de actividades no para de conocer los sinsabores de su inmensidad. Poco falta para que en horas pico,que ya son casi todas, los capitaleños que pueblan el tránsito parezcan estar unos encima de otros. Algunos graves efectos contraproducentes del amontonamiento urbano son el precio por crecer sin planificación; con numerosos barrios surgidos sin infraestructuras que garanticen servicios básicos, muchos de ellos sufriendo el resultado de la mala mezcla de lo habitacional y el lucro.
Faltan difíciles tareas para lograr que la Capital de la República, inseparable de una multiplicidad municipal, tenga control sobre sí misma en materia de orden público y homogeneidad de condiciones dignas para sus pobladores. Cientos de miles de ellos sobreviven con las molestias y el alto costo de la insuficiencia de medios colectivos de transporte. El acceso al agua potable es desigual y deficitario como suministro que pocos pagan y las precariedades de la electricidad agravan otros problemas. Las torres residenciales son muchas pero por cada una de ellas hay miles de viviendas carenciadas. Además, el confort y la pobreza viven el padecimiento común de apiñarse entre calles de destinos inciertos por falta de alcantarillados para el manejo de aguas pluviales y negras.

La habilitación que faltaba

Los pequeños productores del agro y la pecuaria son mayoría y gran expresión del campesinado que ha estado pisado por una intermediación que parece en su accionar la viva desigualda entre el huevo y la piedra. Sus frutos, pagados miserablemente por quienes controlan su relación con los consumidores, llegan caros a la ciudad. Los mayoristas se lo ganan todo.
Mediante un decreto seguido de una resolución de organismos competentes, el Estado se ha propuesto ejercer toda su autoridad y medios para que los débiles de la ruralidad dominicana tenga acceso directo al sistema de compras oficiales. No hay dudas de que se trata de un paso importante y justiciero en favor de la gente de pocos recursos que envía alimentos a las ciudades y de la gente que los consume. Solo pierden los acaparadores.