Cápsulas genealógicas: Los Benzo: de Perlo, Cádiz y Santo Domingo

“Más vale un ginovés quebrado que cuatro poetas enteros.” Miguel de Cervantes.

El de Benzo es un antiquísimo cognome italiano de origen longobardo (pueblo de la familia de los suevos, que invadió la península itálica en el siglo VI bajo el mando del rey Alboino), derivado del germánico Bendizo, que significa alférez. Sin embargo, dentro de la tratadística genealógica, existe otra vertiente que lo considera una variable más, aunque menos difundida, de las formas Benza, Benzi y Penzo. En todo caso, las primeras fuentes escritas sobre el particular datan del año 986 EC, cuando la región ya se encontraba ocupada por los francos, y aluden a un funcionario real de la época del emperador Otón III, hijo de Otón II y Teofanía de Bizancio.

Dicho esto, el itinerario histórico y geográfico de este apellido no puede entenderse sin antes reflexionar sobre la eterna propensión de los genoveses al comercio y sobre su idílica relación con el elemento marino. Hablamos de genoveses, así, en términos amplios y genéricos, porque el primero de la línea que abandonó Perlo, lugar de origen del solar familiar en el Piamonte, se incorporó en Cádiz, por vía de matrimonio, a la abundante y próspera colonia ligur que pululaba desde antaño en tierras xericienses y que aglutinaba allí a todos los “italianos”, sin establecer distinción alguna entre regiones o ciudades de procedencia.

Para entender mejor el marco en el que se desarrolla la cuestión, es también conveniente aclarar que el periplo familiar inmediatamente posterior incluyó estancias en otras dos sedes del circuito comercial gaditano-caribeño: La Habana y Santo Domingo.

Por eso emplearemos las primeras líneas de este breve estudio para explicar los grados de influencia y participación que ejercieron Génova y Cádiz, ciudades portuarias incorporadas en las encrucijadas políticas y económicas del levante y el poniente peninsular, entre los liminares y el ocaso de la Edad Moderna. Desde luego, no hay que olvidar que, a partir de la decimosexta centuria, la actividad comercial comenzó a bascular gradualmente desde el oriente (Mediterráneo) hacia el occidente (Atlántico).

Si bien es cierto que la república de Génova nació en 1096 como una más de las minúsculas ciudades-estado (repúblicas marítimas, talasocráticas y oligárquicas, de matiz netamente comercial) típicas de la Italia altomedieval, no lo es menos que, con el tiempo, fue ensamblando y desarrollando un aparato mercantil –fundamentalmente naval – de notable envergadura, que motorizó el proceso de expansión subsiguiente, ayudando a colocar la república en pie de igualdad con las demás potencias de la zona.

Y, lo que es igualmente importante, es que todo esto se tradujo en un formidable éxito económico y político, que permitió a los súbditos de la serenísima, dotados desde siempre de una extraordinaria movilidad, proyectar su influencia sobre toda la cuenca del Mare Nostrum.

Ya fuera por cuestiones políticas, ya por motivos de afinidad religiosa, lo cierto es que la península ibérica se convirtió en un auténtico vivero de colonias mercantiles genovesas. De suerte que, durante las siguientes centurias, surgieron comunidades de consideración en lugares como Sevilla, Cartagena, Málaga, Valencia, Granada, Alicante y Cádiz. Como ejemplo de esta masiva presencia, contamos con el resultado arrojado por el registro patrimonial de los mercaderes residentes en Cádiz, levantado en 1771, en el que los italianos conformaban el tercero de los grupos más numerosos.

Instituto Dominicano de Genealogía, Inc.