Caras de “lazarillos” y voracidades trujillistas

Hará cosa de ocho años que no lo veía. Tenía un pequeño colmado en el barrio donde anteriormente estaba yo instalado. Su progreso fue, a mi vista, vertiginoso. De verlo cruzar la calle (vivía frente a su negocio) con una caja de cartón en la cabeza o apoyada en un hombro, llena de latas de pasta de tomate, o de botellas de ron o lo que fuese, me lo encontré una tarde haciendo los arreglos telefónicos para una semana de vacaciones en Disney World, junto a su esposa y cuatro niños.

Por supuesto que por aquellos años el dólar estadounidense no estaba en la estratósfera insoñable en la cual hoy flota ingrávido para nosotros, pero a mí, que colaboraba con los ingresos de la casa de mis padres desde los trece años de edad, cuando ingresé a la Sinfónica Nacional como miembro de la sección de Violines Segundos y ganaba cuarentaicinco pesos mensuales que llegaban cada día 25, nuevos, rígidos y cargados de la portentosa megalomanía del dictador y dueño del país, el temible generalísimo Trujillo, para mí -repito- era impensable, descomunal y alunado, aún muchos años después, viajar de vacaciones a los Estados Unidos, con toda mi familia o solo, a pesar de que yo redondeaba, aquí y allí, entre artículos que me pagaban en el Listín Diario, trabajo en la televisión, trabajo en la Sinfónica y clases en el Conservatorio, más de mil pesos mensuales, a inicios de los años setenta.

Indudablemente que comprar a un peso y vender a cinco, constituye un gran negocio.

Eso lo sabía perfectamente aquel pequeño comerciante, dueño de una formidable cara de bobo, que me hacía recordar a aquel cubano que, viendo en La Cafetera de El Conde a Puro Benítez, le dijo asombrado: “Chico, qué cara… ¡qué cara de pendejo!…con esa cara me hago yo millonario…¿no me la vendes?”.

Otro de los escasos cubanos que aquí vivían por aquellos años, (y no dudo del talento y dignidad de los cubanos) era un sinvergüenza quien, al ser preguntado de lo que vivía, repuso serenamente: “Chico: todos los días cruza un pendejo por esta calle, yo sólo lo espero”.

Aparte de las “Lazarilladas de Tormes”, y de toda la picaresca del mal vivir, hoy tenemos que aquel negociante menor de mi antiguo barrio, vive como un príncipe heredero de la corona.

Lo he visto la semana pasada en la peluquería que visito mensualmente. Luce sereno, agradado, quiero. Es la viva expresión de aquella oración que a diario hacía mi madre: “nada te turbe, nada te espante, sólo Dios basta, a quien Dios tiene, nada le falta…”

Pero sin Dios. Sin bien. Sin conmiseración humana, en su caso.

Todos los presentes allí expresan angustiados sus tormentos y sus temores. El único rostro impasible es el suyo, estacionado en una sonrisa de otros mundos.

Incapaz de reprimirme, le pregunto: ¿Y a tí no te afecta la horrible situación económica que vivimos los dominicanos…los precios inalcanzables, cada vez más altos mientras los ingresos, si no se han perdido, siguen iguales?

-No,- repuso con una sonrisa casi tierna-, si suben, subo. Si me venden más caro, vendo más caro. Para nosotros es lo mismo. Y procedió a indicar como quería que le recortasen la patilla.

Desde la semana pasada hasta ahora, los precios de los alimentos esenciales han escalado precios increíbles. No voy a cometer la torpeza de indicarlos, porque habrán subido cuando estas líneas lleguen a usted.

Sólo quiero dejar testimonio de que en esta mañana de viernes en que escribo, clientes de supermercados, obligados a pagar más de cien pesos por un pollo o un cartón de huevos, hablaban, envenenados de tristeza e impotencia, que se avecinan los asaltos a supermercados, como ocurrió en Argentina. Lo más asustante es que quien me dirigió la palabra, apoyada por los demás integrantes de la cola ante la caja de pago, no estaba alterada, no hizo uso de palabras soeces ni mostró descontrol alguno. Apenas dijo: Estamos al borde mismo de Argentina.

El gobierno dominicano debe desechar las voces de sus beneficiarios que nunca soñaron con tales riquezas y que se aferran a un PPH, a una continuidad del mismo disparate financiero, sin que importe otra cosa que la capacidad que ellos tengan par vivir como potentados enloquecidos.

Villas, yipetas, queridas, mansiones…el tesoro del rey Salomón (que por fin no se sabe nada acerca de sus características y proporciones) y toda la locura del dispendio desenfrenado.

Personas hijas del antivalor, que de repente ven sus manos metidas en el cofre sin fin del Estado, que no parece ser de nadie…¿cómo no van a enloquecer?

¿Sería excesivo pedir a quienes manejan el país como su finca privada, aunque pretenden mostrar indignación porque “Trujillo lo hiciera, que abandonen tal actitud?

¿Algún día entenderán que los gobernantes, los jefes, no son más que administradores y que un día tendrán que rendir cuentas?

Y pagar por sus imprudencias, caprichos y malos manejos.