Cárceles 2013

En 1988, hace 25 años, escribimos en este mismo diario un artículo que llevaba el título de “Muerte en las cárceles  dominicanas” y decíamos: “Dadas las pobres condiciones sanitarias y la degradación moral existentes hoy día en las cárceles, con frecuencia se observan actos de violencia relacionados con el tráfico y uso de drogas, promiscuidad sexual, enfermedades crónicas y hechos trágicos que aparecen como muertes repentinas”. La Comisión de Patólogos de Asociación Médica Dominicana había realizado ese año 15 autopsias en reclusos de las cuales seis eran muertes violentas y nueve muertes naturales por tuberculosis e hipertensión arterial. El 18 de diciembre de 1990 escribíamos desde nuestra condición de recluso en la cárcel pública de San Juan de la Maguana: “Resulta espeluznante contemplar a centenares de hombres tendidos en un concreto frío tal cual si se tratara de enlatados de sardinas, sin un mísero cartón en qué apoyar sus espaldas mientras duermen. Las condiciones de los pocos inodoros en función no pueden ser peores. Aguas negras se estancan en el medio del patio. Esa gente vive hacinada cual si fuera un campo de concentración. Fácilmente se identifica a enfermos crónicos, desnutridos, tuberculosos, personas con llagas fagedénicas, paralíticos y dementes”. El 26 de septiembre de 1996 publicábamos “Cárceles dominicanas” donde comentábamos: “Del 1990 a la fecha es bastante el tiempo transcurrido y sin embargo, a nuestro modo de entender las cosas, lo que ha ocurrido de aquella fecha al momento es un empeoramiento de la forma en que se desenvuelven los prisioneros en las celdas nacionales. Hay que elaborar un efectivo plan maestro que sobre la marcha empiece a reparar el gran daño hecho a los encarcelados, el cual deberá por supuesto incluir un amplio capítulo de prevención contra el delito criminal y otras transgresiones a las leyes y buenas costumbres”. El 13 de octubre 2009 colocábamos otro artículo encabezado como “Más escuelas y menos cárceles”; allí plasmábamos: “La baja escolaridad se asocia a una mayor incidencia de robos, crímenes y otros tipos de delitos. Si combatimos con eficacia la ignorancia, educamos a la juventud para ocupar empleos que contribuyan a incrementar los bienes y servicios que la nación demanda, estaremos reduciendo la necesidad del uso de la violencia para mantener el orden y la paz. Cuando falla la inversión en el renglón educación y generación de fuentes de empleos adecuadamente remunerados, entonces se hace necesario invertir grandes recursos en bombas lacrimógenas, cartuchos y escopetas, pistolas y revólveres, policías y recintos carcelarios”. En seis meses de cuarta gestión peledeísta hemos autopsiado a 15 reclusos cuyos decesos se debieron a tuberculosis, SIDA, hipertensión arterial y arteriosclerosis coronaria. La  miopía isleña no me había permitido ver lo que desde Europa  escribe José Luis Segovia en Las Cárceles de la Democracia: “Entre el capitalismo global y la cárcel existe una relación qui pro quo. El primero genera necesidades que no siempre pueden ser satisfechas. Sin las necesidades superficialmente creadas el sistema no funcionaría… Existe una desproporción brutal en torno a los delitos: hay quien de una tacada nos roba a todos (llevándose miles de millones de los fondos reservados) y quien sólo roba a uno, y sin embargo, hay más posibilidades de que el último dé con los huesos en la cárcel”.