Caribe Tours- Chevron

Refieren amigos del inolvidable tratadista Manuel Arturo Peña Batlle, Chilo, que a diario repetía a sus básigas que “este es un país insólito”.

El escritor y político de la primera República, Félix María del Monte, a su vez, expresó en lo que interpreto como un símil de una radiografía de la siquis dominicana: “Nuestro país tiene una desgracia especial, una providencia especial, y en él siempre ocurre lo inesperado”.

Ambos lamentos de dos letrados eminentes concuerdan y coinciden con la gresca sostenida desde hace más de un mes entre sindicatos transportistas, que con los de guaguas y conchos entienden conforme a como interpreta mi queridísimo Radhamés Gómez Pepín “los dueños del país”, versus la transnacional Chevron-Texaco, a quienes los primeros impiden usar sus propios medios de transportar combustibles.

En segundo término, esos mismitos “dueños del país” (el país es de todos por igual y el Presidente de la República es el primero entre iguales) “prohíben” a Caribe Tours desplazarse primero hacia Haití y luego por la nueva carretera que conduce de la capital a Samaná.

Ambos casos son insólitos en cualquier país, menos en el nuestro, donde lo insólito es lo real y regular y lo correcto y lógico un concepto maniqueo de poderes fácticos. Donde las normas estatutarias y constitucionales son rehenes de grupúsculos insolentes a los cuales, luego del generalísimo Rafael Leonidas Trujillo, sólo el presidente Joaquín Balaguer supo torear a los miuras que son. Porque aún los dominicanos no sabemos ponernos de acuerdo para cada uno ser parte de la solución y no añadirle soga al bollo, y así en lo atinente a la Ley 241 que todos burlan varias veces a diario, convirtiendo al país en un pandemonium. Los casos insólitos en otros países pero “normales” en el nuestro de Caribe Tours y Chevron-Texaco producen un daño incalculable, porque sus decibeles lo propalan las agencias noticiosas y los inversionistas extranjeros toman notas.