Carlota, emperatriz de Méjico

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POR GRACIELA AZCÁRATE
En la década de los sesenta, en Buenos Aires había un programa de radio llamado “Las dos carátulas” que recreaba obras de teatro de autores consagrados. Allí escuché por primera vez la vida de Carlota en Méjico, la tragedia que rodeó la vida de ambos esposos, con el trasfondo de Chapultepec, los ópalos de Querétaro que parecían portadores de la desventura que se abatió sobre la pareja.

En la década de los ochenta, en un viaje a Méjico recorrí las salas del Museo de Historia de Chapultepec, y por fin ví los grandes óleos que encarnaban la figura de la trágica emperatriz que pobló de fantasmas mi imaginacion de niña. Hoy día, mirando lo cotidiano, confrontando la historia de ayer y de hoy, releyendo a Balzac, a Stendhal , la literatura que describe a esa Francia que se modernizaba, de la mano de un farsante como Napoleón III, cuarenta años después, redondeo esa historia paralela que delata una época turbulenta y emblemática como la del Segundo Imperio.

El 17 de julio de 1861, el presidente mejicano Benito Juárez promulgó una moratoria de pagos que suspendía por dos años el pago de todas las deudas públicas con las naciones extranjeras.

El decreto fue la excusa para que las potencias europeas ocuparan el país. Las escuadras de Inglaterra, Francia y España desembarcaron en Veracruz para obligar a Méjico a saldar sus deudas. Con la firma de los Tratados de La Soledad los representantes de la expedición española e inglesa, acordaron retirarse de inmediato. La escuadra francesa, por el contrario avanzó hacia la capital mejicana, con directivas precisas de Napoleón III de aprovechar esta circunstancia para implementar una monarquía en México a fin de “detener la expansión imperial de los Estados Unidos”. Francia se apoyó en la petición que hizo un grupo de conservadores mejicanos, encabezados por José María Gutiérrez de Estrada, José Manuel Hidalgo y Juan Nepomuceno Almonte para que fuera enviado un gobernante europeo que derrocara al gobierno liberal de Benito Juárez e impulsara la paz en México.

LA TRAGEDIA DE UNA PRINCESA

María Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina, princesa de Bélgica, hija de Leopoldo I, rey de Bélgica y de la princesa María Luisa de Orleans; nació el 7 de junio de 1840 en el Palacio de Laeken. Era excelente amazona, aficionada a la natación, el piano, la pintura, la literatura, la filosofía, la historia, dominaba varios idiomas y hablaba francés, alemán, inglés, italiano y español.

Se casó por amor a los diecisiete años con Maximiliano de Habsburgo, el 27 de julio de 1857. Maximiliano era hermano del Emperador austríaco Francisco José quien a petición de Leopoldo I, padre de Carlota, que ambicionaba para su hija un puesto importante accedió nombrar a Maximiliano como gobernador del reino de Lombardía y Venecia. Sin embargo, la política liberal de Maximiliano y Carlota en Italia, la injerencia en los problemas internos del país hizo que el emperador lo destituyera y también le quitara la comandancia de la Armada austríaca, en 1859.

Estas pueden ser las razones que los indujeron a aceptar la Corona de Méjico cuando les fue ofrecida en 1861, por los representantes de los mexicanos conservadores. Uno de los miembros de la Comisión mejicana, Ignacio Aguilar y Marocho, describió así a la emperatriz: “La archiduquesa es una de esas personas que no pueden describirse, cuya gracia y simpatía, es decir, cuya parte moral no es dable al pintor trasladar al lienzo, ni al fotógrafo al papel. Figúrate una joven alta, esbelta, llena de salud y de vida y que respira contento y bienestar, elegantísima, pero muy sencillamente vestida: frente pura y despejada; ojos alegres, rasgados y vivos, como los de las mejicanas; boca pequeña y graciosa, labios frescos y encarnados, dentadura blanca y menuda, pecho levantado, cuerpo airoso y en que compiten la soltura y magestad de los movimientos; fisonomía inteligente y espiritual, semblante apacible, bondadoso y risueño, y en que sin embargo, hay algo de grave, decoroso y que infunde respeto: figúrate esto y mucho más que esto, y se tendrá una idea de la princesa Carlota”.

En abril de 1864, Carlota y Maximiliano zarparon de Miramar, en la fragata austriaca Novara y desembarcaron en Veracruz donde la población los recibió con una “acogida glacial” atemorizados ante el peligro que amenazaba la soberanía nacional.

Según el historiador Luis Weckman, Carlota fue una mujer muy culta y preparada, asidua a escribir . En Europa “hay más de 8,000 documentos primero como archiduquesa y luego como emperatriz que evidencian que Carlota pasaba varias horas al día sentada al escritorio, práctica que era habitual en su familia… en la lectura de su correspondencia se entrevé a una mujer que sabía que había nacido para los altos destinos, o sea una verdadera femme d’Etat del calibre, no de la atolondrada Eugenia de Montijo, sino de la Reina Victoria”.

Napoleón III , instigado por la ambición desmedida de Eugenia de Montijo y mal asesorado por sus generales inició la guerra contra Prusia, motivo por el cual retiró las tropas francesas que apoyaban a Maximiliano en México. A punto de abdicar fue convencido por Carlota que inició un viaje a Europa para exigir a Napoleón III el cumplimiento del Tratado de Miramar además de entrevistarse con el Papa Pío IX para recabar apoyo.

La negativa de Napoleón III fue terminante y testigos de la época dicen que “la conferencia fue larga y violenta”. Según Armand Praviel, Carlota le dijo al emperador: “Una Habsburgo no huye” para agregar entre sollozos: “¿Cómo he podido olvidar lo que yo soy y lo que es Vuestra Majestad? ¡Debí haber recordado que por mis venas corre la sangre de los Borbones, y no haber humillado mi raza y mi persona arrastrándome a los pies de un Bonaparte”

En septiembre de 1866, la emperatriz de México salió con su séquito hacia Roma. En El Vaticano, el Papa les negó la ayuda que necesitaban.

ENTRE LA TRAICIÓN Y LA LOCURA

Traición, presiones, negativas, provocaron el extravío mental de la Emperatriz que empezó a delirar que los agentes de Napoleón III la querían envenenar.

Su hermano Leopoldo II, fue a buscarla a El Vaticano para llevarla al Castillo de Miramar. Carlota se enteró del fusilamiento de Maximiliano, recién en 1868 y durante sesenta años vivió su locura en el castillo de Bouchout en donde murió en 1927.

En 1987, el escritor mejicano Fernando del Paso escribió una novela titulada “Noticias del Imperio” donde Carlota, loca y desde su encierro en Bouchout, vuelve a contar la Historia de un modo irónico, lúcido y crítico. Su locura es el resorte para que un personaje alienado cuente muchas historias, todas distintas, todas entrecruzadas con una manera libre de condicionamientos sociales o ideológicos. Si la imaginación que es “la loca de la casa” impera, todo se puede decir, y todo se dirá por medio de la emperatriz : “es mi privilegio, el privilegio de los sueños y el de los locos, inventar si quiero un inmenso castillo de palabras, palabras tan ligeras como el aire en el que flotan”.

Lo que la historiografía esconde, lo que como decía Stendhal no se puede decir por temor a la demanda se revela en esas “Noticias del Imperio” donde reina el “reescribir lo que no se escribió”. Porque la historia privada de Carlota y Maximiliano abarca esas otras historias de Napoleón y Eugenia de Montijo, el tropel de una burguesía en ascenso, frívola y codiciosa, los sueños de una aristocracia irrreal y decadente o la historia de América con sus miserias más allá del mito y del héroe

Benito Juárez es esa otra historia paralela que encarna los complejos y conflictos de conciencia del poder.

En “Noticias del Imperio”, como toda novela es ambigua y aprovecha para escribir otra historia del héroe/mito nacional que es Benito Juárez. El”Benemérito de la Américas” no se escapa a una reflexión histórica desencantada que desmitifica su figura: “A las carencias propias de su raza y a sus defectos como individuo -demagogo, déspota, jacobino, vendepatria y tirano rojo formaban parte de la sarta de adjetivos que le colgaban sus enemigos- el Presidente de México agregaba una fealdad física notable”.

A la realidad europea, a las alianzas entre facciosos, a los delirios de una aristocracia arruinada, a las ambiciones desmedidas de los “rastacueros y advenedizos”, se agrega la figura del indio americano, líder de la Reforma que muestra ese ángulo “contaminado” por un complejo étnico-cultural que le hace decir: “Nos salió bonito el Archiduque”, o en un coloquio con su secretario y hablando de sus hijos comenta que “algunos me han salido bonitos… mucho menos prietos que yo”

La novela, como la historia muestra que tanto Maximiliano como Carlota son víctimas de las mentiras.

 Leyendo las historias paralelas de la época, leyendo la novela de Del Paso, o las novelas de Balzac y Stendhal, la emperatriz aparece como el resultado del engaño de las apariencias.

Su viaje de retorno a Europa es como desprenderse de su ceguera para despertar a la lucidez al darse cuenta de que todo a su alrededor no era más que traición y engaño.

La historiografía de Europa y América, la historia peculiar de Francia y Méjico, la tragedia de Carlota y Maximiliano, la novela de Fernando del Paso ponen en evidencia la ausencia de valores sólidos tanto en la sociedad mejicana como en la francesa, no ya los valores de una sociedad de hace ciento cincuenta años sino que existe una reciprocidad, un paralelo con el presente, como eso que dice Carlos Rincón cuando comenta la obra del mejicano: “Noticias del Imperio” nos enfrenta con “nuestro horizonte moderno sometido a la deflación ideológica y a la concepción del mundo como un campo de batalla donde todo se justifica, incluyendo la mentira, el engaño y la traición, sin importar que la obtención de propósitos se logre a costa del aniquilamiento del otro”.